Histórico

Uzbekistán, corazón de la Ruta de la Seda

<img height="16" alt="" width="60" border="0" src="http://static.latercera.cl/200811/193728.jpg " /><br /> En este país de Asia Central, se encuentran algunas de las ciudades más antiguas del mundo.

No existe un nombre tan evocativo de la Ruta de la Seda como el de Samarcanda, ciudad legendaria de paso obligado para cientos de caravanas que cada año, durante 15 siglos, desafiaron las estepas, montañas, desiertos y bandidos del Asia Central para llevar la preciada fibra china a los mercados europeos.

Samarcanda -Maracanda para los griegos- existía al menos unos 2.500 años atrás, cuando ya era la capital amurallada de la provincia de Sogdiana, un sátrapa del imperio persa Aqueménida. "Todo lo que he oído es cierto, excepto que es más hermosa de lo que me habría imaginado", fue lo primero que atinó a decir Alejandro Magno al entrar en la ciudad recién conquistada. Corría el año 329 a.C.

Curiosamente el territorio de aquella provincia del imperio persa, que se extendía entre los dos ríos más importantes de la región, el Amu Darya y el Sir Darya, guarda una extraordinaria semejanza con el de la actual República de Uzbekistán aunque, como se dice comúnmente, mucha agua -sangre en este caso- ha corrido bajo el puente desde entonces.

No todos los visitantes de esta tierra eran pacíficos y adinerados comerciantes. Su pasado es más bien turbulento y salvaje. La historia de Asia Central y sus ciudades se encuentra salpicada de innumerables episodios de conquistas y reconquistas, levantamientos de nuevos imperios (y su posterior caída) a manos de ejércitos extranjeros o grupos tribales enemigos.

Una docena de distintos clanes turcos han tenido su momento de gloria en la historia de Uzbekistán, interrumpidos por la aparición esporádica de árabes, persas y mongoles y, finalmente, de rusos.

Claro está que la Samarcanda que hoy observa el visitante no es la Maracanda que deslumbró a Alejandro Magno o en la que escribió sus versos más encendidos el poeta Omar Jayyám. Aquella urbe antigua yace a un costado del mercado, convertida en una gran meseta de piedra y arena compacta, que esconde en su seno los secretos más antiguos de la ciudad.

El responsable de su destrucción y de que hoy no la podamos admirar, no es otro que el temible guerrero mongol Gengis Kan quien, en el año 1220, arrasó la ciudad sin dejar una piedra sobre otra.

Todo lo que hoy se puede apreciar en Samarcanda corresponde a una época posterior, principalmente obra de otro gran guerrero llamado Timur, también conocido como Tamerlán. Inspirado por su amor al arte y su devoción a Alá, en los albores del siglo 15  levantó la ciudad desde sus cenizas y la convirtió en la flamante capital de su imperio que se extendió entre Persia y el Cáucaso y que, a partir del siglo 15, se extendió hasta la India cuando su nieto Babur fundó la dinastía Mogol. Durante su reinado, y el de su nieto preferido Ulug Beg, se mandaron a construir la mayoría de las mezquitas y madrazas que todavía se conocen en Asia Central.

La legendaria Plaza del Registán y su trilogía de majestuosas madrasas cubiertas de azulejos de color turquesa es, sin duda, la mayor atracción de la ciudad. Antiguamente a sus aulas acudían miles de estudiantes de todo el imperio para doctorarse en las enseñanzas del Corán y su plaza constituía el centro neurálgico y comercial.

En ella se encontraba el bazar y el caravanserai, hospedaje tradicional construido exclusivamente para dar cobijo a las caravanas de paso. Nada queda de aquella bulliciosa actividad de antaño, ni de sus estudiantes ni de sus comerciantes. Aún así, lo que queda para ver y admirar es fascinante. Sus portales, arcos, cúpulas, arabescos y mayólicas, entre otros, hacen a estas madrazas las más admiradas de todo Uzbekistán.

A poca distancia, la mezquita de Bibi-Khanym representa otro de los hitos de Samarcanda. Mandada a construir por Timur, la mezquita pronto cayó presa de la exagerada ambición de gloria del guerrero y de su amor a Alá, al querer convertirla en la más grande del mundo.

Para satisfacer sus deseos, los ingenieros de la época fueron más allá de las leyes de la física y tan pronto estuvo lista, la mezquita comenzó a derrumbarse. Prácticamente nadie rezó en ella, era tan imponente que la gente tenía miedo de entrar. Un terremoto terminó por echarla a tierra en 1887.

Otras visitas obligadas en Samarcanda son el mausoleo de Guri Amir, lugar de descanso de Tamerlán y su nieto UlugBeg y el Shar-i-Zindah o Tumba del Rey Viviente, un complejo de tumbas donde estan enterrados miembros de la familia de Timur y UlugBeg, además del santo musulmán Qusam-Ibn-Abbas.

A 90 km al sur de Samarcanda se encuentra Shakrisabz, una pequeña ciudad uzbeka muy tradicional, lugar de nacimiento de Timur. En ella se halla el fabuloso mausoleo que el conquistador se había mandado construir y que nunca llegó a utilizar pues cuando su muerte le pilló, en el invierno de 1405, presto a conquistar China, los pasos montañosos que aislan a Shakrisabz probaron ser insalvables, obligando a sus súbditos a enterrarlo en el impovisado mausoleo de Guri Amir.

BUJARA, PILAR DEL ISLAM
Cuando en el año 1220 Genghis Kan mandó a quemar la ciudad de Bujara, conocida entonces como El Pilar del Islám, en sólo horas destruyó todo el legado cultural y arquitectónico de la dinastía persa Samánida, más de dos siglos de esplendor islámico. Entre otros, desaparecieron más de 200 madrazas y una biblioteca con 50 mil libros.

Sin embargo, tres siglos más tarde, al igual como ocurrió con Samarcanda, la historia dio a Bujara una segunda oportunidad, esta vez bajo la ocupación de los turcos uzbekos de la familia Chabánida, que levantó la ciudad y le hizo vivir un nuevo esplendor, reflejado en sus 300 mezquitas y cerca de 100 madrasas.

Hoy, al caminar por el centro histórico de la más sagrada de las ciudades de Asia Central, entre edificios de casi un milenio de antigüedad, se tiene la sensación de experimentar por un momento la vida y sensaciones del Turkestán pre-soviético. Especialmente cuando se observa el ajetreo diario, cómodamente sentado alrededor de la pileta de Labi Hauz, en el centro del caso antiguo.

Hombres de todas las edades juegan a las cartas y toman té, en una ceremonia que recrea una escena que se lleva repitiendo al menos los últimos nueve siglos.

Es de entender que, siendo Bujara un oasis en medio del desierto, piletas como esta proliferaban por todas partes, llegando a contabilizarse unas 200 en toda la ciudad. A ellas la gente acudía a diario para conversar, beber  y darse un baño. Como el agua no se cambiaba muy a menudo, Bujara era famosa por sus plagas y enfermedades.

Los rusos cortaron por lo sano, las vaciaron todas y las tapiaron con cemento. Lo malo es que con las piletas también desaparecieron las cigüeñas que acostumbraban a anidar sobre las cúpulas y minaretes de la ciudad y que se observan en todas las fotografias que se conservan de Bujara de principios del siglo 20.

En Bujara la lista de lugares que visitar es larga y la encabeza una visita a la mezquita y minarete de Kalón, único sobreviviente a la furia de Gengis Kan, quien se enamoró de su majestuosidad al ser el edificio más alto de Asia Central de su época. Frente al imponente minarete, la madrasa de Mir-i-Arab funcionó ininterrumpidamente durante la ocupación soviética.

A 3 km del centro, el Palacio del último Emir de Bujara permite echar un vistazo a la opulencia y mal gusto con que vivían estos personajes que infundieron el miedo durante los siglos 17 y 18. Un poco más alejado, el mausoleo Bakhautdin Naqshband es muy interesante de visitar puesto que se trata de un lugar de peregrinación sagrado para los musulamanes. En el descansa el fundador de la más influyente orden sufí de Asia Central.

KHOREZM Y JIVA
Al noroeste de Bujara, la destartalada carretera corre pegada a la frontera con Turkmenistán, amenazada con desaparecer tragada por los dos grandes desiertos que la flanquean, el Karakum o Arenas Negras y el Kyzylkum o Arenas Rojas. Junto a la carretera corre también el río Amu Darya que, todo a largo de su inmenso recorrido desde los picos y glaciares del Pamir, provee de verdor y vida a la que se han aferrado desde siempre las ciudades oasis de la Ruta de la Seda que florecieron en esta inhóspita región.

Por extraño que parezca, en lo que hoy parece el medio de ningún lugar, prosperó el importante y poderoso reino de Khorezm, desde cuya capital  llamada Konye-Urgench se llegaron a controlar, quince siglos más tarde, los mismos territorios incluidos en el Imperio Sogdiano.

Lamentablemente para ellos, su ascensión al poder tuvo corta vida y estuvo marcada por su mala suerte, al ser el blanco de la furia de las hordas mongolas al tiempo de su irrupción en Asia Central, al ser un conflicto diplomático entre ambos bandos la razón que llevó al general mongol a tomar la decisión de conquistar por la fuerza toda Asia Central.

Cerca de la antigua capital de Konye-Urgench, hoy incluida dentro de las fronteras de Turkmenistán, se encuentra la impresionante ciudad amurallada de Jiva. Su momento de gloria en la historia vino mucho más tarde al convertirse, a partir del siglo 18, en un temido reinado gobernado por unos despiadados reyes que administraban el mayor mercado de esclavos de Asia Central. La mayoría de estos esclavos fueron comerciantes rusos capturados por tribus turcas del desierto.

La ciudad amurallada de Jiva es sin duda la mejor preservada de todas, como si se tratara de un museo al aire libre, aunque en ella se echa de menos aquella vida y sensaciones de Bujara. Todo parece demasiado limpio y ordenado, sin lugar para el bullicio y el comercio. Los domingos, sin embargo, los campesinos venidos de los oasis aledaños se empeñan en ofrecer preciosas y deliciosas sandías, melones, uvas y tomates, además, de todo tipo de verduras, tabaco, fertilizantes y de una gran variedad de artículos para la casa.

Tampoco se deben perder en Jiva, los mediodía de los sábados, el gran espectáculo que ofrecen públicamente docenas de bodas. Observar y seguir en sus distintas etapas una boda tradicional uzbeka es pedir, sin mayor esfuerzo, una invitación para ser invitado a la fiesta en donde se pueden degustar los mejores platos de la cocina uzbeka y, por supuesto, de grandes dosis de vodka.

LA TRAGEDIA DEL MAR ARAL
Ubicado en la esquina noroeste de Uzbekistán se encuentra el que fuera, hasta el año 1960, el cuarto lago más grande del mundo. Moynaq, en su extremo sur, era entonces el más próspero de sus puertos y en el que se capturaban hasta 20 mil toneladas de pescado anuales. Hoy es una ciudad fantasma esperando el tiro de gracia, a más de 70 km de la orilla del mar.

Caminando por las arenas blancas de lo que hasta hace poco fue el fondo marino, es posible sentir el crujir de las conchas marinas que quedaron atrapadas ante la repentina retirada del mar. Desafortunadamente no fue lo único que quedó atrapado.

Caminando por este nuevo desierto blanco es fácil encontrase con cementerios de barcos de pescadores que han quedado varados en la arena. En solo 40 años, en los que el agua de sus tributarios, el Amu Darya y Sir Darya, han sido bestialmente redistribuidas para hacer frente a la creciente demanda de los nuevos campos de algodón del país, el Mar Aral ha perdido el 75% de su volumen. Principalmente, debido a la negligencia humana y la falta de preocupación por el medio ambiente.

Desde donde se le mire, la tragedia tiene ribetes dramáticos que se traducen en altos índices de salinidad en el agua y alimentos de la zona que repercute negativamente en la población, el cambio radical en el clima de la zona, las tormentas de arenas salinizadas y la desaparición de la flora y la fauna.  Y todo por nada puesto que más de la mitad de los nuevos campos de algodón irrigados artificialmente desde 1976, alrededor de un millón de hectáreas, han sido desahuciados por la extrema salinidad del suelo y agua, fenómeno porvocado por la desaparición del mar, como un gato que se muerde la cola.

Aunque no sea del todo agradable llegar hasta Moynaq para observar este espectáculo, la visita es un recursivo muy fuerte que hace tomar conciencia de la importancia que tiene respetar el equilibrio del medio ambiente y lo peligroso de actuar contra él.

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Lo más leído

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

Plan Digital+$6.990 al mes SUSCRÍBETE