Opinión

E.H. Carr y el liberalismo frente al poder

Pocos libros tienen tanta actualidad para entender nuestro presente reciente como la clásica obra del historiador británico Edward Hallett Carr La crisis de los años veinte (1919-1939), publicada un año antes de la segunda guerra mundial.

Carr (prolífico autor de biografías de Dostoievski, Bakunin y Marx, además de la monumental historia de la revolución rusa) buscó explicar por qué el orden liberal internacional, condensado en la Sociedad de las Naciones y erigido tras el Tratado de Versalles, había terminado en bancarrota. Su diagnóstico sigue siendo inquietantemente relevante.

El Tratado de Versalles de 1919 se presentaba ante el mundo como creador de un orden justo, racional y liberal. En realidad, argumentaba Carr, no era más que la institucionalización del poder de los estados vencedores, que impusieron medidas draconianas contra Alemania. Esa paz punitiva sería, como también vaticinó tempranamente Keynes, la causa última de la emergencia del nazismo.

Pero había un problema más profundo. La Sociedad de las Naciones partía de una premisa estructural: la creencia de que el derecho internacional, el libre mercado y la moral ilustrada de los gobernantes (los pilares del liberalismo) serían suficientes para mantener la paz entre las naciones.

Aquel aparente noble ideal encerraba no solo ingenuidad, sino engaños fundamentales. Primero, solo los estados victoriosos y colonizadores aceptarían esas reglas como un “interés universal”; los derrotados y los no europeos las observarían como imposiciones arbitrarias, sembrando las semillas de la ira futura. Segundo, el libre mercado institucionalizado en el Patrón Oro era incapaz de contener las inestabilidades financieras (que concluye en la Gran Depresión) y las crecientes brechas sociales que se engendraban dentro y entre las naciones. En efecto, ya a mediados de los años treinta, Reino Unido, Estados Unidos, Francia y sus aliados habían abandonado su compromiso con el patrón oro. Tercero, la creencia en que el derecho internacional y la moral ilustrada lograrían la armonía, nunca fue capaz de frenar la acumulación de poder y tensiones entre quienes defendían el orden y quienes comenzaban a impugnarlo.

En último término, recuerda Carr, en los años 1920s el derecho internacional no era neutral, el libre comercio no engendró armonía, las reglas multilaterales únicamente reflejaban los intereses de los poderosos, y la moral internacional no sobrevive flotando en el vacío.

Pero, y he aquí la gran preocupación de Carr, esta matriz de pensamiento que tenían los gobernantes en sus cabezas los hacía incapaces de poder detectar y hacer frente a la emergencia del totalitarismo alemán, ni a gestionar la gran crisis financiera. Mientras Keynes culpaba al liberalismo económico hegemónico en las elites políticas y financieras el no haberles proveído de herramientas políticas para frenar la gran depresión, Carr culpaba al liberalismo político por no tener herramientas, más que la crítica moral, para frenar la emergencia del militarismo alemán, italiano y japonés.

La pregunta sigue resonando: ante la invasión, el unilateralismo y la arbitrariedad de algunos, ¿qué utilidad práctica tiene el llenarnos de declaraciones de presidentes que manifiestan su enorme ‘preocupación y molestia’? ¿de dónde viene esa ingenua creencia que el poder arbitrario se responde con declaraciones y buenas intenciones?

La crítica y advertencia de Carr hoy cobra una inusitada vigencia. EEUU ha intervenido militarmente en otro Estado soberano y las únicas respuestas de países ‘like minded’ han sido declaraciones condenatorias cuyo efecto es cercano a cero. Ni la OEA, ni la ONU, ni ningún foro regional pudieron impedirlo y menos realizar algún tipo de castigo. Pero esta es solo la última acción (y la más impactante, sin duda) de una larguísima lista de intervenciones unilaterales de distinto tipo de EEUU sobre el sistema internacional.

En el plano electoral, Washington ha roto el principio de no incidir en elecciones de países ajenos, como ha sido en el caso de Honduras y Argentina. En el plano comercial, ha impuesto (bajo amenazas arancelarias) reglas draconianas a países como Camboya, Malasia, Tailandia y Vietnam. En el plano multilateral, EEUU ha bloqueado la OMC, se ha retirado del acuerdo de París y ha desfinanciado la ONU. Todo lo anterior, sin resistencia alguna. Los organismos internacionales liberales están dejando de hablar de cambio climático y de cuestiones de género, para no enojar al imperio; y tampoco incluyen a China en sus espacios de análisis y estudios, para no generar sospecha.

Un ejemplo prístino de la ceguera del liberalismo lo constituye la actual situación de la UE. En el plano geoeconómico, su liberalismo político no tuvo herramienta alguna para impedir la imposición de EEUU de sus reglas comerciales bajo amenaza arancelaria, quedando la legitimidad de la UE como guardián del liberalismo multilateral completamente en entredicho. En el plano productivo, su liberalismo económico ha terminado en una Europa desindustrializada ante las importaciones chinas. Esto no es novedad, el propio Informe Draghi sobre la competitividad de la UE reconoce la profunda fragilidad de su estructura productiva. Pero ya es tarde: lo que la UE no previó en los últimos 30 años de fe en el libre comercio, ya no puede ser resuelto. El costo hundido es ya demasiado grande.

“La realidad no perdona ningún error teórico”, decía Trotsky. La ceguera económica y política del liberalismo como ideología dominante entre las élites de los países democráticos, está dejando a las naciones sin herramientas, mapas ni brújulas para enfrentar el unilateralismo de quien fuera, precisamente, el creador del liberalismo internacional contemporáneo.

Por desgracia, no tenemos aún un mapa claro de cómo enfrentar nuestro presente. Pero sí sabemos, gracias a Carr, qué mapas son inútiles. Y reconocer eso es, al menos, un punto de partida.

Por José Miguel Ahumada, académico Instituto de Estudios Internacionales, Universidad de Chile.

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