Elecciones en medio de un ambiente polarizado

Dos hechos singulares marcan estas elecciones: parece haber un atrincheramiento en dos visiones de país, y por primera vez desde el retorno de la democracia es posible que ninguna de las dos grandes coaliciones pase a segunda vuelta.



Desde el retorno de la democracia, nunca había ocurrido que los chilenos concurrieran a las urnas con tal de nivel de incertidumbre respecto de quién será el próximo Presidente de la República. La ausencia de una candidatura claramente dominante -conforme las encuestas conocidas, ninguno de los siete candidatos logró capturar más allá del 30% de las preferencias- alimenta hasta hoy el suspenso. No es todo. Si finalmente se da el escenario que han venido anticipado las encuestas, también ocurriría que ninguna de las dos grandes coaliciones que gobernaron el país en las últimas décadas -Chile Podemos Más, y la ex Concertación/Nueva Mayoría- pasarían a segunda vuelta con sus propios candidatos, conformando así un escenario que hasta solo meses atrás parecía inimaginable.

Pero el que no haya candidaturas con amplio favoritismo, no quiere decir que los electores estén dejando de tomar partido. Por el contrario, el escenario parece haberse decantado en dos posturas antagónicas entre sí, donde se ha transitado hacia una lógica en que parece haber dos visiones de país en juego. Los sondeos anticipan que los electores se están atrincherando o bien en la izquierda radical que promete cambios estructurales profundos, buscando hacerse eco de las manifestaciones sociales surgidas a partir del 18-O, o bien en una derecha más dura, con fuerte énfasis en el orden público y en recuperar la estabilidad económica y política.

Es evidente entonces que estas elecciones han llevado a una polarización del electorado, algo que hace décadas no se percibía con tanta intensidad, y como consecuencia de aquello, un vaciamiento del centro político, lo que se refleja en la baja adhesión que hasta ahora muestran las candidaturas que buscan representar ese nicho.

Las razones que podrían estar detrás de la polarización pueden ser muy variadas. Es un hecho que la izquierda extrema ganó especial fuerza tras el llamado estallido social, logrando contundentes triunfos electorales en la elección de constituyentes -y por tanto controlando las manijas de la discusión constitucional- alcaldes y gobernadores regionales, marcando un claro contraste con la centroderecha, que obtuvo resultados paupérrimos. En las elecciones primarias de julio, las candidaturas del Frente Amplio y el PC conquistaron cerca de 1,7 millones de votos, mientras que los cuatro candidatos del oficialismo lograron en conjunto algo más de 1,3 millones.

El destino para las elecciones generales parecía entonces bastante zanjado, pero una serie de hechos que se fueron sucediendo en el último tiempo por lo visto cambiaron bruscamente el escenario. El cuadro económico ha experimentado en pocos meses un fuerte retroceso, con masivas salidas de capitales desde el país y paralización de inversiones, además de algo que tocó especialmente a la clase media: el encarecimiento de los créditos hipotecarios -en buena medida producto de los masivos retiros desde las AFP-, dejando a toda una generación sin acceso a la vivienda propia. En este cambio de ánimo también parece haber sido decisiva la percepción de que la violencia y la delincuencia se han elevado a niveles intolerables, afectando dramáticamente la calidad de vida, colocando a la variable orden público como uno de los elementos centrales.

Es así como los ejes de la campaña experimentaron bruscos desplazamientos tanto para la izquierda como para la derecha -de un cuadro inicial en que se confrontaba el cambio sustancial del modelo versus aquel que proponía reformas graduales y conservando lo esencial del modelo, se transitó a otro en que una parte se atrinchera en los cambios profundos como única forma de alcanzar la paz social, en contraposición a quienes buscan por sobre todo orden y estabilidad-, lo que anticipa que la segunda vuelta será especialmente intensa si es que acaso estos cambios de ejes terminan siendo confirmados en la primera vuelta, y el electorado termina claramente abanderizado.

Una medida que permitirá calibrar esto último será la cantidad de electores que finalmente concurran a votar. Si es que en definitiva lo hace en torno al 40% del padrón, indicará que la polarización ha estado más bien encapsulada en las elites y en los grupos más comprometidos políticamente. Pero si se supera el 50% del padrón y las preferencias decantan por los extremos, se comprobará que el ambiente de polarización está extendido, con todas las implicancias que ello representa.

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