Por Nicole GardellaInducción de la natalidad

La caída sostenida de la natalidad en Chile suele abordarse como un problema demográfico o económico: envejecimiento acelerado, reducción de la fuerza laboral y presiones sobre el sistema de bienestar. Las explicaciones más recurrentes apelan a cambios culturales, mayor autonomía femenina o transformaciones en los proyectos de vida. Todo eso es parte del diagnóstico. Pero hay algo más incómodo que suele omitirse: durante años, socialmente se nos indujo a no tener hijos. Se los presentó como una carga o un sacrificio, casi como una decisión irracional, y hoy la responsabilidad y la solución pareciera recaer, una vez más, sobre las mujeres.
La natalidad no es solo una cifra que baja. Es también un termómetro social, porque registra el nivel de confianza que las personas tienen en el mundo que se les ofrece para criar: en sus vínculos, en las instituciones y en la estabilidad mínima de la vida cotidiana. Cuando esa confianza se erosiona, la natalidad cae. No es un gesto ideológico ni un capricho individual, sino una respuesta racional a un entorno altamente eficaz en evitar incluso los embarazos deseados. Vivimos en un sistema que ha perfeccionado las condiciones para no tener hijos, mientras invoca discursivamente su preocupación por la natalidad sin hacerse cargo de las condiciones que la harían posible.
Dadas las actuales condiciones estructurales, hoy lo más probable es no tener hijos. Precariedad laboral, sistemas de cuidado débiles, conciliación más declarativa que real y una sobrecarga persistente sobre las mujeres configuran un escenario en que la maternidad aparece como una apuesta de alto riesgo. Tener hijos dejó de ser una posibilidad socialmente respaldada y pasó a convertirse en una decisión racional que exige una alta capacidad individual de absorción de riesgos. No es que se haya perdido el deseo, sino que se ha elevado sistemáticamente el costo de realizarlo.
Aquí surge una pregunta difícil: si el entorno es tan adverso, ¿por qué todavía algunas mujeres deciden tener hijos? La respuesta no exonera al sistema; lo incrimina. La maternidad persiste no porque existan condiciones que la hagan viable, sino a pesar de ellas. La responsabilidad colectiva de los desincentivos se diluye. Esta dilución resulta funcional: permite que, constatada la baja natalidad, el debate se desplace hacia bonos o llamados retóricos, sin revisar el entorno que volvió racional postergar o evitar la maternidad.
Que aún haya mujeres que tengan hijos tampoco debiera tranquilizarnos. Puede ser la prueba de que la sociedad ha aprendido a descansar en su resiliencia, transformando la maternidad en un acto excepcional. Pero las sociedades sanas no se reproducen gracias al sacrificio silencioso de algunas.
Si la natalidad es un termómetro social, insistir en subir la cifra sin asumir la responsabilidad por las condiciones que la hicieron improbable no es solo ineficaz: es una forma de negación política. El desafío no es persuadir a las personas de tener hijos, sino reconstruir un mundo donde tenerlos vuelva a ser una opción razonable.
Por Nicole Gardella, directora de Incidencia Pública Escuela de Gobierno UAI e Investigadora SODAS
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