Por Sebastián EdwardsJeanette Jara vuelve a casa: qué lastima

Durante la última campaña presidencial, la periodista Paula Escobar me preguntó por qué descartaba de plano votar por Jeannette Jara. Al hacer la pregunta, señaló que la candidata se había esforzado por representar las ideas de la centroizquierda y la socialdemocracia. Mi respuesta fue directa: “Borrar una militancia de cuarenta años en un partido tan ortodoxo como el Partido Comunista de Chile es imposible. Basados en las doctrinas de Lenin y Marx, sus militantes entienden la diferencia entre estrategia y táctica, analizan la correlación de fuerzas y saben cuándo retroceder para luego avanzar”. Y agregué: “No hay ningún indicio convincente de que Jeannette Jara no sea una militante disciplinada del Partido Comunista”.
Hace unos días, la excandidata anunció que, tras un período de reflexión, había decidido mantenerse en el PC y retomar sus funciones en la Comisión Política. Es una mala noticia para la izquierda y para Chile.
Una democracia sana y vibrante necesita una izquierda moderna y dialogante, dispuesta a alcanzar acuerdos que permitan avanzar en la ruta de la prosperidad. El Partido Comunista no es esa izquierda. Desde el retorno a la democracia —e incluso durante los gobiernos en los que ha participado— el PC ha obstaculizado proyectos legislativos apoyados por el resto del progresismo.
Si Jara hubiese decidido dejar su militancia y sumarse a la centroizquierda, habría tenido un futuro político relevante. Al permanecer en el PC, en cambio, reduce significativamente su espacio de influencia.
Es comprensible que en la década de los sesenta muchos hayan sido entusiastas militantes comunistas. La historia reciente estaba cargada de relatos de heroísmo. Aún no se conocían plenamente los horrores del Gulag, las persecuciones sistemáticas ni la completa ausencia de libertades. Tampoco se entendía con claridad que los sistemas comunistas conducían al estancamiento económico, a la escasez y al racionamiento.
En 1968 seguía viva la memoria de la defensa heroica de Stalingrado frente a la Wehrmacht. Muchos creían que los nazis habían sido derrotados principalmente por el Ejército Rojo, que había sufrido millones de bajas. La Guerra Civil española permanecía en la retina de los chilenos, que conocieron a miles de refugiados republicanos. Los jóvenes leían a Pablo Neruda en Explico Algunas Cosas: “Una mañana todo estaba ardiendo…”.
También se hablaba con admiración de los maquis, de los comunistas de la resistencia francesa, y de los partisanos italianos que cantaban en voz baja el Bella Ciao. Se recordaba al poeta Miguel Hernández – quien alguna vez escribió “me voy, me voy, pero me quedo” -- muerto en una prisión franquista. Todo ello generaba admiración.
Y, por supuesto, estaban Fidel Castro y sus barbudos, y la hazaña de derrotar al régimen de Batista. Luego vino el Che, cuya muerte en Bolivia aarrancó lágrimas en muchos. Lo mismo ocurrió con la matanza de My Lai en Vietnam, que reforzó la percepción de un mundo dividido entre opresores y oprimidos.
En ese contexto, no resulta difícil entender que muchos creyeran que el comunismo conduciría a un mundo mejor.
Pero con el paso del tiempo la realidad se fue imponiendo. Los abusos de Stalin no eran una excepción, sino la regla. En Cuba, en lugar de libertad hubo persecución: a homosexuales, a católicos, a artistas y a escritores que osaban disentir, como Guillermo Cabrera Infante. Parafraseando a Mussolini, Fidel Castro afirmó: “Dentro de la revolución, todo; fuera de la revolución, nada”. Cabrera Infante logró salir de la isla llevando consigo el manuscrito de “Tres Tristes Tigres” ganador del Seix Barral, libro que después los censores de Franco no quisieron publicar en su versión original por indecente.
Tras el triunfo de la revolución cubana, un grupo de economistas chilenos viajó a la isla para colaborar con Fidel y el Che. En Persona Non Grata, Jorge Edwards relata el caso de uno de ellos, que llegó a ser viceministro de planificación y fue expulsado por sugerir que la política económica no estaba dando resultados. Edwards no lo nombra —lo llama el “economista Y”—, pero todo indica que se trataba de Albán Lataste.
Como dicen los abogados, “a confesión de parte, relevo de prueba”. La primera gran confesión ocurrió en 1989, con la caída del Muro de Berlín. Los ciudadanos del país más próspero del bloque socialista decidieron irse: votaron con los pies. Ni los guardias ni la Stasi pudieron detenerlos. El golpe final llegó en diciembre de 1991, cuando los propios líderes soviéticos decidieron disolver la URSS. Algunos invocarán el caso de China como contraejemplo. Pero lo de China no es comunismo; es capitalismo de Estado, con escasa libertad, pero capitalismo al fin.
A la luz de esta historia, resulta difícil entender que en Chile —justamente en Chile— siga existiendo un partido comunista entre los más ortodoxos del mundo. Y cuando algunos pensaban que ese partido sólido comenzaba a resquebrajarse y que Jeannette Jara daría un salto hacia la modernidad, la excandidata optó por lo contrario: volvió a casa. Puede ser una buena decisión para ella, pero no lo es para el país.
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