Por Daniel MatamalaLa rendición del piñerismo

“José Antonio Kast no es el camino para Chile”, decía Sebastián Piñera en 2018. Tres años después, Kast le contestaría con aún más dureza: “Este gobierno no tendrá ningún legado. Piñera pasará a la historia como el peor Presidente de los últimos 30 años, porque ha faltado a su palabra una y otra vez”.
Y cuando Sebastián Sichel decía que Pinochet era el peor gobernante de la historia, Kast le replicaba: “el peor es Allende y ahora lo sigue, por los palos, Piñera”.
Cuatro años después, la familia del fallecido expresidente se reunió con Kast para entregarle su apoyo. Fue una puesta en escena cuidadosa; Cecilia Morel y sus hijos Magdalena, Sebastián y Cristóbal, recibieron a Kast y su esposa, Pía Adriasola. Juntos pasearon por la casa del expresidente en San Damián.
“Pudimos haber tenido diferencias, pero la historia va ocupando su espacio y va destacando a quienes se la jugaron por la patria”, valoró Kast. “Por convicción estamos apoyando a José Antonio Kast y esperamos que gane”, respondió Magdalena Piñera.
Algunos pusieron el grito en el cielo reclamando hipocresía, pero no hay nada nuevo bajo el sol. En política los rencores son una debilidad, y nadie lo tenía más claro que el propio Piñera, famoso por su capacidad para olvidar hasta las peores ofensas pasadas en beneficio de las conveniencias del presente.
No por nada su peor adversario, Pablo Longueira, terminó sirviendo como su ministro, y quien le propinó el golpe más bajo de su carrera, Evelyn Mattehi, fue ungida como una suerte de heredera.
No, no hay nada extraordinario en que los conflictos del pasado queden en el pasado ante el nuevo panorama político. Lo realmente extraordinario es el simbolismo de esa reunión de San Damián. Porque no fue solo el traspaso del liderazgo de la derecha, de la familia Piñera a la familia Kast.
Fue también la rendición incondicional del proyecto político de la derecha liberal ante su más enconado adversario.
Para entenderlo, hay que remontarse a 1990.
Con el ocaso de la dictadura comenzó una feroz competencia entre dos proyectos por la hegemonía de la derecha.
Uno era la derecha autoritaria, una ecléctica mezcla de gremialismo doctrinario, neoliberalismo económico, ultraconservadurismo moral y férrea defensa del pinochetismo. Protegía los amarres autoritarios diseñados en la Constitución por su líder, Jaime Guzmán; resguardaba el rol político de Pinochet y la impunidad de los crímenes de la dictadura, priorizaba los principios religiosos por sobre la autonomía individual y se resistía a la secularización de la sociedad.
Tenía su centro en la UDI, bajo el genio estratégico de Pablo Longueira, aunque también contaba con la simpatía de gran parte de Renovación Nacional, especialmente de sus senadores.
Como su contendor emergió el proyecto de derecha liberal de Andrés Allamand y Sebastián Piñera. Pretendía una derecha pospinochetista, liberal y secular, dentro de una política de acuerdos con la Concertación. Este proyecto se hizo cargo de la dirección de RN.
La guerra fue feroz. La derecha autoritaria contaba con los célebres “poderes fácticos” que denunció Allamand: la cúpula empresarial, el Ejército y El Mercurio. Su fortaleza quedó clara cuando se deshicieron de Piñera en una operación de inteligencia perpetrada por el Ejército, y ultimada por el empresario Ricardo Claro (aunque a través de Megavisión, no de El Mercurio).
El kiotazo, el caso Drogas y el caso Spiniak, entre otras muchas escaramuzas, dejaron en claro que la guerra civil podía ser descarnada.
Pero Piñera se cobró revancha con su fulgurante blitzkrieg contra Lavín en 2005, y firmó su triunfo al llegar a La Moneda en 2010. Jefe indiscutido de la derecha, cortó definitivamente lazos con el pinochetismo, y se dio el gusto de firmar leyes como el acuerdo de unión civil y el matrimonio igualitario.
La derecha liberal había ganado definitivamente la guerra.
¿O no?
Del lado de la derecha guzmaniana, había un insurgente que no se rendía.
En 2011, cuando el primer gobierno de Piñera redactó el proyecto de acuerdo de unión civil, un diputado llamado José Antonio Kast encabezó la rebelión; junto a su bancada de diputados, se presentó con un disco “Pare” en el Congreso. Dos años después, cuando Piñera denunció a los “cómplices pasivos” y cerró el Penal Cordillera, Kast defendió al “gobierno militar” y acusó de “imprudencia” al presidente.
La UDI pataleó un poco, pero se sometió. Para 2017, se apresuró a levantar a Piñera como su candidato en primarias, pensando en acomodarse primero en el futuro gobierno. Entonces Kast decidió desenterrar el hacha de la guerra y revivir la batalla entre las dos derechas.
Armó su propio partido, reciclando los principios de la derecha autoritaria, y se declaró opositor a Piñera (“el peor Presidente de los últimos 30 años”). Al principio pareció una quijotada, pero ya sabemos el desenlace.
Hace dos semanas, Kast ganó la elección de la derecha y se convirtió en jefe indiscutido del sector y casi seguro próximo presidente de Chile. Y lo hizo sin renegar de ni una sola de sus convicciones de siempre: un ideal autoritario de conducción del Estado, reivindicación del pinochetismo, y defensa del integrismo moral ante las libertades individuales.
Para parte de la derecha, es una alegría. Aquellos que solo se habían movido por conveniencia hacia el piñerismo, ahora pueden volver a lucir sus antiguos colores, con el alivio de quien se puede deshacer al fin de un disfraz que nunca le acomodó.
A los que genuinamente creían en una derecha liberal, la magnitud del mazazo electoral los dejó sin reacción ni capacidad de resistir. La derecha está a punto de volver al gobierno, Kast tiene en sus manos las llaves de La Moneda, y en política la necesidad tiene cara de hereje.
Por eso la imagen de la familia Piñera entregando el bastón a la familia Kast es tan fuerte. Es el retrato del funeral para un proyecto político de 35 años; el proyecto de una derecha plenamente democrática, moderna y secular, independizada del pinochetismo y el integrismo religioso.
Es el símbolo de la rendición incondicional del piñerismo ante el kastismo.
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