Por Óscar ContardoLos referentes

La guerra contra Irán no era para salvar a las mujeres del régimen ni para evitar que colgaran hombres homosexuales de grúas. El ataque iniciado el 28 de febrero, y que incluyó el bombardeo a una escuela en la que murieron más de un centenar niñas -situación negada durante días y finalmente confirmada-, tampoco era para establecer una democracia plena ni brindar libertades a un pueblo que vive bajo un régimen teocrático. Sin embargo, esas fueron las excusas ofrecidas por muchos de los seguidores de la figura de Donald Trump, un líder que jamás ha dado muestras de ser ni un aliado feminista, ni un impulsor de los derechos de la diversidad sexual, ni tampoco alguien que se tome muy en serio la institucionalidad democrática de su país. El mismo hombre que suele demostrar la sensibilidad de un martillo cuando se trata de los más débiles, el amigo cercano de un millonario que traficaba jovencitas para ser explotadas sexualmente en una isla, el que cancelaba fondos de organizaciones de defensa de los derechos LGBTI y gozaba del apoyo de evangelistas que justifican sus decisiones bajo el argumento de que encarna la voluntad de Dios, ahora resulta que representaba la mano justiciera que iba en defensa de las mujeres, los hombres homosexuales y los disidentes del régimen iraní. Y quien sospechara que ese no era el objetivo real era un hipócrita que apoyaba el fanatismo y la crueldad de los ayatolas. La burla frente al escepticismo sobre las razones de la guerra comenzó a diluirse en la medida en que ocurría lo obvio: Teherán no es Caracas, ni un régimen ultrarreligioso y nacionalista levantado sobre una cultura milenaria lo mismo que una dictadura latinoamericana con líderes verborreicos sostenidos por las redes de corrupción locales. El único elemento en común era el evidente: el petróleo.
En paralelo al ascenso del autoritarismo de ultraderecha, los matices y las perspectivas para describir una realidad han sido reemplazados por una emocionalidad binaria que alterna entre la rabia y la euforia o entre el insulto y la grandilocuencia. El adversario es un blanco móvil para las burlas: quien critique el ataque a Irán lo hace porque apoya al régimen de los ayatolas y justifica sus crímenes; quien sospeche de la posibilidad de que se restablezca la democracia plena en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro es, sin duda, un “zurdo hipócrita”. Mientras Donald Trump representa el ejemplo global de ese estilo que evoca la moral de las películas de superhéroes, provocando especial admiración entre varones adolescente que perciben el mundo desde el computador de su habitación inhalando el aire viciado de sus propias frustraciones, Javier Milei encarna la versión regional y sudamericana del modelo de liderazgo. Milei ha hecho del insulto un arma arrojadiza rutinaria, y de la disociación de la realidad, un hábito público: el último ejemplo ocurrió en medio del foro económico llevado a cabo en Madrid, en donde se atrevió a dar recomendaciones al gobierno del país anfitrión. Es decir, el presidente de un país bajo cuya gestión se ha visto quebrar a más de 21 mil empresas, con el correspondiente efecto en el desempleo y el consumo interno, un mandatario que, además, enfrenta una indagación de la justicia por su participación en una estafa piramidal le da lecciones públicas a la economía con mayor crecimiento de Europa. Bajo este esquema de liderazgo lo que importa no son los hechos, sino más bien la habilidad y la porfía con la que se apunta a un enemigo, y se repite un eslogan sobre la libertad y el patriotismo.
Tanto Trump como Milei llegaron al poder con una holgada votación. Ambos son referentes del Presidente José Antonio Kast, quien también asumió el gobierno gracias a una amplia ventaja en las elecciones. Los tres tienen igualmente algo en común: la oposición que se levanta frente a ellos no ofrece más ideas que reacciones descoordinadas, sin una columna vertebral que articule un discurso menos agresivo para los ciudadanos que, en el caso chileno, la mofa de la frase “disfruten lo votado”, repetida en redes sociales tras cada anuncio de recorte presupuestario que acabará con algún beneficio social. Es decir, usar el mismo lenguaje agresivo del adversario en contra del propio electorado, en lugar de asumir que tal vez la mayoría votó en contra de quienes la decepcionaron y no a favor de quienes renegarán de los derechos adquiridos. Una manera muy torpe de buscar adhesión futura.
El Presidente Kast no tiene los rasgos de carácter de Trump ni de Milei, sus referentes, pero sí utiliza sus estrategias: el uso intensivo de los decretos como instrumento de gobierno, la capacidad de colmar comunicacionalmente la agenda política y, la más importante, levantar un relato de realidad alternativa que en nuestro caso es el de vivir en un país que atraviesa una emergencia digna de sirenas y balizas. El país se cae a pedazos ha sido el mensaje constante aliñado con la promesa de que seremos más pobres, pero más felices. Es posible que, gracias a la intervención de Donald Trump en Irán, y las consecuencias que está provocando su guerra en el precio del petróleo -que repercute en todos los precios-, la invocación de ese diagnóstico sombrío se acerque un poco más a la realidad gracias a una crisis global. Un golpe económico que podría acelerarse en Chile gracias a la decisión del nuevo ministro de Hacienda, quien anunció cambios para el mecanismo local de estabilización de precios del combustible. Para qué amortiguar las alzas si es posible lograr que lleguen con fuerza para que los deseos de un shock de emergencia se cumplan. Hacer que el diagnóstico sombrío de la campaña cobre realidad y que la desesperación colectiva se transforme en una oportunidad política. Todo indica que el Presidente Kast ganó prometiendo orden y libertad, como sus referentes internacionales, sin mencionar en su caso que también brindará dosis respectivas de penitencia y castigo.
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