Opinión

Los tiempos que comienzan

Valparaiso, 11 de marzo 2026 Jose Antonio Kast recibe la Piocha de O'Higgins de manos de Gabriel Boric al asumir como nuevo Presidente de la Republica de Chile en la ceremonia de cambio de mando presidencial, realizada en el Salon de Honor del Congreso Nacional Sebastian Cisternas/ Aton Chile SEBASTIAN CISTERNAS/ ATON CHILE

Quedó atrás ese día de transmisión del mando que avivó nuestro ego nacional con la solemnidad republicana de sus rituales y su tradición de gente bien comportada. Volvemos a la vida de todos los días, pero no a lo mismo.

La sociedad, harta de 15 años de una izquierda decepcionante, decidió pasarle el bastón de mando a la derecha. Ojo, no es que se hizo de derecha. Ese pragmatismo que desconoce identidades invariables de clase y reclama tanto orden y seguridad, como prosperidad para sí y los suyos, decidió apostar cuatro años por la derecha. Solo el éxito de su apuesta la hará perdurar en ella, en caso contrario será otra cosa para 2030.

Pero no cualquier cosa. Si la derecha fracasara y es esta misma izquierda fracasada la que se postula entonces, será tiempo propicio para nuevos populismos de derecha o izquierda. El destino futuro de la democracia chilena depende, más que antes, de la capacidad de su derecha para ser exitosa en lo que la sociedad quiere, no en lo que sus “talibanes” culturales anhelan; y de la valentía de la izquierda -cuyo desafío no es cómo torpedear a Kast, ni es la unidad para insistir en lo ya fracasado- para renovar su identidad con contenidos solventes; sus actuales propuestas como gobernante no lo son a ojos de la ciudadanía y debe cambiarlos radicalmente.

Desafío compartido de derechas e izquierdas, en un Chile de centro desierto y polaridad empantanante, es demostrar a una sociedad con razón desconfiada de la política, que ambas son capaces de construir mayorías reconciliadas con su democracia porque ésta las oye y sirve. El actual atrincheramiento de fuerzas no sirve. Si nos centramos en lo que la sociedad demanda –sobre todo orden y seguridad más prosperidad para sí– la única respuesta que legitima la política ante la sociedad es darle eso. Son reivindicaciones democráticas, no ideológicas, y haciéndose cargo de ellas, derechas e izquierdas tienen espacio para competir en una democracia de acuerdos, no de trincheras en guerra. La gobernabilidad constructiva es lo único que las enfila a ambas al futuro y no al abismo.

La senda a recorrer esta hecha de muchas obviedades, pero eso exige coraje para mutar cuando hemos estado lejos de ellas. La obviedad de que el monopolio de la fuerza debe estar en el Estado y debe usarse con serena firmeza, supone optar a fondo por este Estado democrático y desechar tanto nostalgias con pasados dictatoriales como aquellas de derrocamiento del “Estado burgués” para construir dictaduras del proletariado. Y la obviedad de que, en el capitalista mundo de hoy, la única base económica que permite prosperidad, empleo y crecimiento, es una economía de mercado con fuerte presencia privada y un Estado de rol regulatorio para asegurar el permanente perfeccionamiento de la competencia y resguardar la sociedad de abusos y prácticas monopólicas.

Desafiantes los tiempos que comienzan.

Por Óscar Guillermo Garretón, economista

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