Megadatacenters en la era de la IA: una oportunidad real para Chile
¿Se imagina si Chile capturara tan solo un 1% de esa inversión? Serían unos US$10.000 millones al año, comparable al promedio anual de toda nuestra inversión minera en carpeta en los próximos 10 años.

La IA avanza a pasos agigantados. Y con ella, la inversión en megadatacenters organizados en campus donde se entrenan y operan sus algoritmos. McKinsey estima que, al 2030, se agregarán cerca de 125 GW de nueva capacidad para IA, con una inversión global en infraestructura de US$5,2 billones (millones de millones de dólares) —cerca de 15 veces el PIB de Chile—.
¿Se imagina si Chile capturara tan solo un 1% de esa inversión? Serían unos US$10.000 millones al año, comparable al promedio anual de toda nuestra inversión minera en carpeta en los próximos 10 años.
¿Distopía? ¿Un sueño? No. Nuestro país tiene ventajas objetivas para ser un hub regional y un socio estratégico de la IA. De hecho, ya compite bien en datacenters tradicionales: Chile hoy opera cerca de 386 MW —similar a México y equivalente a un tercio de Brasil— y hay más de US$7.500 millones de inversión comprometida por hyperscalers como AWS, Microsoft y Google. El desafío ahora es aprovechar la revolución de la IA y dar un salto de escala hacia megadatacenters.
Partamos por lo más básico: Chile es rico en energía, el principal factor de localización de esta industria ultra intensiva en consumo energético. Un campus de datacenters de 1 GW —como los que ya están en desarrollo— equivale a cerca del 10% del consumo eléctrico del país. El potencial renovable de Chile es enorme: más de 50 veces su capacidad instalada actual (incluso hoy, una parte relevante de la generación asociada a esa capacidad se vierte). Exportar nuestra energía excedentaria es complejo. Mucho más atractivo es importar consumo energético y exportar inteligencia y datos.
Segundo, y en la misma línea, nuestro territorio ofrece condiciones naturales particularmente favorables. A diferencia de los data centers tradicionales, los de IA no requieren proximidad al usuario final y pueden localizarse lejos de los centros urbanos. El extremo sur es rico en energía eólica y su clima facilita el enfriamiento. El norte cuenta con energía solar de clase mundial, complementable con almacenamiento en baterías (6,9 GW en construcción) e hidrógeno verde —hoy no competitivo como exportación— para gestionar la intermitencia. El enfriamiento puede abordarse con agua desalada, cuyo uso es hoy estándar en la minería.
Tercero, Chile tiene un activo estratégico único en conectividad. El cable submarino Curie de Google, con 72 terabits por segundo de capacidad —una de las conexiones más rápidas entre continentes— nos conecta directamente con EE.UU. Y el futuro cable Humboldt lo hará con Asia-Pacífico en 2027. Esto convertirá a Chile en el único país de América Latina con un puente digital directo con los principales polos tecnológicos globales.
Por último, nuestro país ofrece estabilidad institucional, Estado de derecho y una economía entre las veinte más libres del mundo (Heritage Foundation). Su prima de riesgo —base del costo de capital— es de unos 50 puntos base (bps). En inversiones de largo plazo, esta diferencia es clave. Como referencia, Argentina —otro país con potencial para datacenters— tiene una prima cercana a 600 bps.
Las ventajas de Chile para ser un protagonista regional en la nueva era de datacenters están ahí. Pero la competencia global por estas inversiones es intensa y la ventana de oportunidad limitada. Cuando un hyperscaler decide dónde instalar un campus de datacenters, compromete una inversión de largo plazo: lo que Chile no capture en los próximos años se instalará en otros países que hoy buscan activamente atraer estas inversiones.
Aprovechar esta oportunidad no ocurrirá por generación espontánea. Requerimos salir a buscarla a través de una política de Estado ambiciosa que ponga en valor nuestras ventajas y genere incentivos de largo plazo para atraer estas inversiones en beneficio de Chile.
Un primer paso es habilitar zonas dedicadas “llave en mano” que alberguen campus de datacenters con acceso a energía, agua y conectividad, junto con permisos previamente aprobados o bajo una lógica fast track.
Pero hay más. En una industria como la IA, la seguridad de los datos es estratégica. Por lo mismo, para países como EE.UU. —por lejos el principal inversionista en datacenters y el único que invierte masivamente fuera de su territorio—, operar en jurisdicciones confiables y con socios estratégicos de largo plazo se vuelve decisivo. Chile tiene ventajas claras para convertirse en ese socio estratégico, pero ello exige una política internacional proactiva que impulse acuerdos bilaterales que formalicen y sustenten esa relación de largo aliento.
Finalmente, como en el caso de los observatorios astronómicos, esta política debe incorporar exigencias de formación de capital humano y transferencia tecnológica. No se trata solo de atraer inversión, sino de desarrollar talento y construir conocimiento aplicado.
Entonces, ¿distopía? ¿sueño? No. Chile tiene ventajas estratégicas para dar un salto de escala y ser protagonista en la era de la IA. Pero aprovechar esta oportunidad exige una estrategia ambiciosa y una mirada de Estado. Hoy.
Universidad Adolfo Ibáñez y Horizontal. Exministro de Hacienda.
Ex VP Microsoft Latam. Inversionista tech.
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