Por Diego NavarreteQué se pierde

Veo a mis hijos aprendiendo a leer y recuerdo a Marguerite Yourcenar describiendo el milagro trivial que ocurre cuando los signos del alfabeto dejan de ser trazos incomprensibles y se convierten en puerta de entrada a otros países, otras personas, otros siglos y otras ideas que nos cambian la vida o, al menos, nos hacen un poco menos ignorantes. Damos por sentadas cuestiones básicas.
Según datos de la OCDE, el 53% de los chilenos entre 16 y 65 años no comprenden lo que leen o apenas son capaces de entender textos cortos y oraciones simples. Solo el 2% logra evaluar e interpretar textos largos y complejos. En esa línea, un reciente estudio de Horizontal muestra que el 2025, el 50% de los escolares tienen un promedio de notas igual o mayor a 6,0. Esta cifra se ha duplicado en la última década. Sin embargo, el 47% de este grupo no logra replicar ese rendimiento en una prueba estandarizada. Mejores notas y peores aprendizajes. Los colegios -privados y públicos- camuflan un problema que se arrastra hace décadas.
Es cierto que leer no nos hace mejores personas. Steiner decía que un hombre puede leer a Rilke por la noche e ir a trabajar a Auschwitz a la mañana siguiente. Entonces, ¿qué se pierde cuando se pierde la lectura?
El artículo 8 del Código Civil dispone que nadie podrá alegar ignorancia de la ley después que ésta haya entrado en vigencia. Esta norma presume que los ciudadanos estamos obligados por el texto escrito de la ley, incluso si no lo hemos revisado efectivamente. Es una ficción legal, que descansa sobre el presupuesto de que todos podríamos ser capaces de comprender razonablemente su sentido y alcance. La escrituración de la ley es la gran garantía del Estado de Derecho porque hace pública la norma: todos pueden acceder a ella, entenderla, compartirla y comportarse conforme a ella. A la luz de las cifras, esta convicción no es más que un acto de fe: los ciudadanos no comprendemos (ni podemos comprender) los dictados de la ley. Y si esto es así, no somos destinatarios de la norma sino meros objetos de ella. El Estado de Derecho, como idea de reglas comúnmente aceptadas y convivencia compartida, desaparece. Una gran estafa.
Los libros, entonces, son más que objetos preciosos en una estantería: son el presupuesto básico del desarrollo. Qué sentido tiene crear nuevos estados de excepción o un registro de vándalos, si no entendemos cómo vivir juntos y qué reglas debemos respetar. Qué sentido tiene una megarreforma económica si, como advierte Vittorio Corbo, con el capital humano de los chilenos es imposible crecer al 3 o 4%. Incluso la ministra Lincolao reconoce, cuando invita a los profesores y humanistas a reconvertirse laboralmente, que los nuevos trabajos que traiga la inteligencia artificial requieren entender y escribir bien. Damos palos de ciego o, quizás, hemos renunciado al alfabetismo.
La lectura es puerta de entrada a la vida común. Eso es lo que perdemos. Igual que el campesino en la historia que el sacerdote le cuenta a Josef K., tenemos la puerta ahí, abierta para nosotros. Pero, así como vamos, no podemos acceder a ella.
Por Diego Navarrete, abogado
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