Por Cristián del Campo SJRes novae

Cuando el Cardenal Prevost fue elegido Papa hace algo más de un año, no pasó desapercibido el nombre que eligió. Irrumpió el recuerdo de León XIII, el papa de la Rerum Novarum que dio inicio a lo que hoy conocemos como la Doctrina Social de la Iglesia.
La encíclica Rerum Novarum fue publicada en 1891 y significó una declaración inusualmente concreta de la Iglesia sobre las graves realidades sociales que golpeaban a Occidente, invisibles en medio de la industrialización. Con toda la autoridad de un papa, León XIII afirmó que la dignidad del trabajador precede a cualquier lógica económica y que ningún orden productivo puede desconocerla sin mediar una gran injusticia. La encíclica imprimió así una mirada católica sobre la economía: discernir los modos de producción a la luz de la persona, especialmente la más vulnerable, tomando distancia de la bendición acrítica del mercado y de la condena ingenua del progreso.
Esa tradición siguió su curso. En décadas sucesivas se publicaron encíclicas que configuraron un corpus magisterial en defensa de la dignidad inalienable del ser humano frente a nuevos modos de precarización. Con Magnifica Humanitas, León XIV ha añadido un eslabón a esa tradición, esta vez sobre el ser humano en tiempos de la inteligencia artificial.
Lo que en 1891 era el obrero reducido a mercancía, hoy es la persona reducida a dato, perfil e insumo que entrena un modelo. La forma de cosificación cambia con cada revolución, mientras el principio que la denuncia permanece. León XIV lo formula cuando advierte que la tecnología nunca es neutral, menos en las inteligencias artificiales modernas, más cultivadas que construidas (MH 98), pues incorporan sesgos de quienes las diseñan y financian con intereses concretos.
Por eso reclama criterios sociales que evalúen la innovación antes de que precarice el trabajo o concentre el poder. Su pregunta más punzante —¿quién detenta la inteligencia artificial, quién genera los algoritmos?— aterriza el principio del destino universal de los bienes, fundamental en la doctrina social. Otra vez corremos el riesgo de que las nuevas formas de riqueza queden en pocas manos, ahondando la brecha entre quienes participan en la revolución digital y quienes permanecen al margen.
León XIV invoca las imágenes bíblicas de Babel y Jerusalén para plantear la disyuntiva. Babel es la ciudad que se levanta a sí misma, ebria de su poderío técnico, hasta que el lenguaje común se quiebra. Jerusalén es la ciudad que Nehemías reconstruye piedra a piedra, con la responsabilidad compartida de un pueblo entero. Entre una y otra se juega lo que haremos con la inteligencia artificial.
A cada actor le corresponde, como dice León XIV, “su tramo de muralla”. A los Estados y organismos internacionales, marcos normativos que pongan freno a la concentración del poder tecnológico. A científicos y desarrolladores, la responsabilidad ética de incorporar valores humanos desde el diseño de los algoritmos. A las empresas, asumir la dignidad del trabajador y el bien común como criterios de éxito, antes que el lucro inmediato. A ciudadanos, familias y escuelas, una formación atenta que sostenga el discernimiento crítico frente a la mercantilización de la vida cotidiana. Sin esa acción concertada, la inteligencia artificial será una nueva Babel de exclusión.
Entre esos tramos, las universidades tienen el suyo. Si las instituciones llamadas a pensar abdican de pensar la inteligencia artificial, dejando la conversación a quienes la venden o la temen, no tendremos a quién reclamarle la falta de criterio. Formar, investigar y deliberar sobre esta tecnología es hoy una de las pocas tareas que ninguna otra institución puede asumir.
Por Cristián del Campo SJ, rector Universidad Alberto Hurtado.
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