Por César BarrosTras la paletada, nadie dijo nada

La verdad es que ya nada puede sorprendernos. Después que no más de 150 deltas raptaron a Maduro en su fortaleza, sin ninguna baja de su parte, y los EE.UU. manejen el petróleo bolivariano a su gusto, cualquier cosa puede pasar. ¿Se llevarán uno de estos días al Presidente de Cuba? ¿A los reyezuelos de Nicaragua (la pareja Ortega-Murillo)? Claro que ellos no tienen petróleo, y por algo de azúcar no valdría la pena mover un portaaviones. Las FF.AA. bolivarianas, una vergüenza: durmiendo, salvo los 32 cubanos que murieron defendiendo a Maduro.
Hace cosa de un mes, fui a un seminario donde se expusieron las nuevas políticas comerciales de los EE.UU. Nada de delicadezas: “Hemos cambiado los fusiles por aranceles...”. Así que a portarse bien. Eso ya sonó harto agresivo, incluso humillante, pero como decía don Quijote de la Mancha: “¡que no es nada lo del ojo… y lo llevaba en la mano!”. Qué bueno estar tan lejos, lejos del USS Gerald Ford, aquí abajo, pequeños, salvo en salmones y cerezas, y el cobre fundamentalmente no estatal.
Volvemos a las lógicas del siglo XIX: me gustó Texas, Nuevo México, California; bueno, vamos a por ellos. Alsacia y Lorena fueron nuestras, vengan aquí de vuelta. Que los bolivianos nos subieron los impuestos, a Antofagasta los buques. Después de la Primera Guerra Mundial, los vencedores se repartieron el globo, humillaron a los alemanes: de vuelta Alsacia y Lorena. A Polonia parte de Prusia; fue una muy mala idea, que se pagó con otra guerra, mucho más sangrienta.
Era una fórmula que creíamos en extinción, pero renació hace rato. Como cuando -ya en el siglo XX- la Junta Militar argentina declaró el laudo de su Majestad Británica “insanablemente nulo” y casi casi nos fuimos a las manos. Pero como tenían las municiones, se fueron a las Malvinas; total, la Reina Isabel II no se iba a molestar por islas desérticas y heladas, pero le tocaron el amor propio a la Thatcher, que les dio la fleta, y la famosa “solidaridad latinoamericana” se evaporó como ahora con Maduro. Como en el famoso poema de Carlos Pezoa Véliz: “una paletada le echó el panteonero; luego lio un cigarro; se caló el sombrero y emprendió la vuelta... Tras la paletada nada dijo nada, nadie dijo nada...”. Luego Putin quiso recrear la URSS, anexionó Crimea, y después asaltó a Ucrania. Lo de Maduro es chiquitito al lado de lo de Putin. Y en Europa, salvo indignación, “nada dijo nada, nadie dijo nada” de sustancia, digamos.
Ahora discuten acaloradamente, unos apelando a la ley internacional, a la ONU, a la OEA, a la solidaridad. Otros dicen que estuvo bien hecho: que era un usurpador, que produjo 8 millones de migrantes; que si no era así nadie lo sacaba. Pero aparte de aplausos de unos, pánico e indignación de otros, China y Rusia -que era lo importante- no movieron un dedo, y tras la paletada de Trump, nada dijo nada, nadie dijo nada, de sustancia, digamos: ni Lula, ni Sheinbaum, ni Boric, ni Petro. O sea, puro bla, bla, bla, como con los aranceles. Y como en ese caso, buscarán un acomodo, y Marco Rubio no será el nuevo dictador de Venezuela. Pero tampoco lo será María Corina.
Por César Barros, economista
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