Los riesgos del optimismo




El término “optimista” fue utilizado por primera vez para referirse a una corriente filosófica y del pensamiento planteada por el filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, fiel defensor de que nuestro mundo era por aquel entonces, en 1700, el mejor de los mundos posibles. En respuesta a esta doctrina surgió a finales del siglo XIX el pesimismo, de la mano de filósofos y autores como Arthur Schopenhauer y Søren Kierkegaard, quienes de manera opuesta a los filósofos del optimismo, sostuvieron que el mundo en el que vivían era el peor de los mundos, uno en el que el dolor era perpetuo y se anhelaba lo que nunca se obtendría.

En tiempos en los que prima la constante búsqueda por la felicidad, es fácil dejarse seducir por el impulso optimista. Porque de esta forma, como explica la psicóloga clínica y forense y académica de la Universidad Diego Portales, Guila Sosman, se nos hace más fácil entrar –y a su vez sostener– la lógica del desarrollo y producción, muy propia de las sociedades neoliberales. “Para ser un ser productivo hay que ser positivos, porque solo así se puede rendir. Una persona conectada con sus propias experiencias vitales, con su dolor y con sus duelos no es una con la que se suele contar en términos de productividad”, explica.

Según Sosman, existen varias corrientes positivistas en la psicología que tienden a enfatizar en el desarrollo del ser humano y la auto realización. En estas, lo que se busca es cambiar el foco de los pensamientos negativos y transformarlos en pensamientos que nos lleven a un estado de felicidad y optimismo, en el que se ajustan las expectativas –porque entre menos brecha entre lo que deseamos y lo que tenemos, menos vamos a sufrir– y se ven los aspectos positivos de la vida. El vaso medio lleno, dicho de manera coloquial.

Pero el riesgo de una corriente que busca que los seres humanos en vez de enfocarse en el déficit o en la patologización, se enfoquen en pensamientos positivos, está en que se puede llegar a negar la otra parte de la vida. Una parte que no necesariamente implica no ser positivos, sino más bien realistas. Porque como postula el periodista Reggie Ugwu en un artículo reciente en The New York Times, nuestras vidas están inevitablemente determinadas por el dolor y la alegría, lo aleatorio y la intención, el fracaso y el triunfo. Y si bien queremos creer, especialmente ahora, que la buena fortuna está a la vuelta de la esquina, “una visión de mundo que no permita significativamente lo contrario, nunca podrá soportar todo el peso de la existencia”.

Como señala Sosman, no se trata de ser pesimistas, se trata de no demonizar o devaluar ciertas emociones e idealizar otras. Porque en ese acto, se coarta la integración. “El bienestar y el malestar son uno. No podemos conseguir el bienestar si no nos conectamos con el malestar y para tener momentos alegres, también necesitamos conectarnos con el temor, la soledad, el miedo y la tristeza. Culturalmente, a estas emociones las llamamos negativas, pero no tendrían por qué serlo. No tienen menor valor, son parte de la gama de emociones que tenemos como seres humanos y por las cuales tenemos que aprender a transitar para poder funcionar”, explica Sosman. “Si le tememos tanto a estos afectos contrarios a lo positivo, lo que va pasar es que vamos a estar excesivamente medicados y estresados, como lo estamos ahora. O buscando cualquier solución que tape la angustia y eso lo único que logra es dilatar el proceso psicológico”.

El psicoterapeuta especialista en grupos e instituciones y académico de la Universidad Autónoma de Chile, Nelson Ruiz, explica que el malestar en las culturas es constitutivo del psiquismo humano y no podemos escapar de eso. Pero que ahí el optimismo cumple un rol clave. “Adquiere la función de ser una vía para mantenernos enérgicos y enfrentar las vicisitudes de la vida. El problema es cuando se gestiona desde la omnipotencia del yo, es decir, cuando se enuncia como un decreto y no es resultado de un procesamiento de las emociones”, sostiene.

En su ensayo El malestar de la Cultura (1930), Sigmund Freud plantea que todos buscamos vivenciar el placer y escapar del dolor. Y que se consideran dichosos aquellos que logran salir del sufrimiento. Algunos intentan lograrlo mediante la vía solitaria y otros eligen resolverla en comunidad, trabajando en pos de la dicha de todos. “El optimismo finalmente involucra dinamismo y nos facilita la representación de un porvenir”, explica Ruiz.

Aun así, muchas veces es tal el miedo a la tristeza, la rabia y las supuestas emociones negativas que se nos urge, como explica Guila Sosman, dejarlas de lado con la finalidad de ser personas positivas, proactivas, activas y orientadas al cumplimiento de las metas. “De acuerdo a las construcciones socioculturales que hemos ido articulando, lo que está valorado socialmente tiene que ver con la racionalidad y productividad. Personas que salen adelante y tienen sus metas claras. No las emocionales. Y eso genera sufrimiento en este momento de pandemia, porque es difícil tolerar la angustia, la incertidumbre y la inactividad. Tal vez en otras sociedades sería menos complejo, pero en esta el detenerse es muy amenazante”.

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