Crisis de natalidad: la urgencia de la corresponsabilidad social en el cuidado
En esta nueva edición de nuestro Consultorio Legal, abordamos el caso de Carolina, quien duda en convertirse nuevamente en madre no por falta de deseo, sino por la desigual distribución de las labores de cuidado. Una realidad que podría estar detrás de la crisis de natalidad que atraviesa el país y que plantea interrogantes sobre las condiciones en que hoy se ejerce la crianza.

Carolina tiene 35 años, una hija de cuatro y un trabajo que le costó años construir. Le gustaría tener un segundo hijo, pero cada vez que lo piensa no imagina la pieza del bebé ni los preparativos. Piensa en quién cuidará a su hija cuando se enferme, en las reuniones que tendrá que cancelar, en las vacaciones escolares y en las noches sin dormir. Piensa en que su marido es un padre presente, pero que cuando el colegio llama, siguen llamando a ella. Entonces concluye que no es que no quiera otro hijo, lo que no quiere es volver a sentirse sola cuidando en un país donde la crianza se ha vuelto un costo invisible y asfixiante.
Durante las últimas semanas, la baja natalidad ha vuelto a instalarse como una preocupación nacional. Las cifras son contundentes: Chile registró por primera vez en su historia una tasa de fecundidad inferior a un hijo por mujer —0,99, según el INE—. Además, en el 45% de las comunas del país ya mueren más personas de las que nacen. La pregunta urgente es si estamos mirando el problema desde el lugar correcto.
Con frecuencia se analiza la caída de los nacimientos como si fuera el resultado de una decisión puramente individual: personas que no quieren tener hijos o generaciones menos interesadas en la maternidad. Pero quienes trabajamos con familias sabemos que la realidad es más compleja. La mayoría de las mujeres que dudan sobre tener más hijos no hablan de falta de amor por la maternidad; hablan de agotamiento, de la imposibilidad de compatibilizar trabajo y crianza, y de las finanzas familiares que no dan para tomar decisiones con responsabilidad.
Según la Canasta de Crianza elaborada por UNICEF a encargo del Ministerio de la Mujer, criar a un hijo cuesta en promedio $595.000 mensuales -y en la primera infancia ese gasto puede superar los $700.000-. Una sala cuna privada promedia $543.000 al mes solo en mensualidad. Son cifras que se comparan con salarios completos, no con márgenes disponibles. Pero el costo no es solo económico: $211.000 de esos $595.000 corresponden al valor del trabajo de cuidado no remunerado, una tarea que recae mayoritariamente en las mujeres.
Aunque la sociedad ha cambiado, los cuidados siguen distribuyéndose de manera muy desigual. Según datos del INE para el trimestre febrero-abril de 2026, el 27,7% de las mujeres inactivas laboralmente lo eran por responsabilidades familiares permanentes; en los hombres, esa cifra fue de apenas el 2,7%. Veinticinco puntos de diferencia que no son una simple estadística: son las carreras que se pausan, los proyectos que se abandonan y las decisiones que las mujeres deben tomar en silencio.
Chile tiene leyes que reconocen parte de este problema, pero siguen funcionando como parches sobre una estructura que no fue diseñada pensando en quien cuida. La Ley 20.545 garantiza el postnatal, incluyendo doce semanas de postnatal parental transferibles al padre —aunque en la práctica muy pocos hombres hacen uso de ese derecho—. Por su parte, la Ley 21.645 permite solicitar teletrabajo y vacaciones prioritarias a quienes tengan hijos menores de 14 años, siempre que la naturaleza del trabajo lo permita; una condición que lamentablemente excluye a quienes más lo necesitan: las trabajadoras de comercio, salud, educación y servicios.
Recientemente, el gobierno ingresó las indicaciones al proyecto de sala cuna universal, buscando eliminar el artículo 203 del Código del Trabajo, una norma que desde 1917 obliga a costear este beneficio solo a las empresas con 20 o más trabajadoras, desincentivando la contratación femenina durante un siglo. Sin embargo, su implementación será gradual en cuatro años y no resuelve el problema de fondo: que la sala cuna pública sigue siendo insuficiente, que la privada cuesta más de medio millón de pesos al mes, y que mientras no exista una corresponsabilidad real, el cuidado seguirá recayendo sobre las mismas personas.
Las personas no deciden tener hijos en función de bonos o discursos alarmistas. Observan la realidad que las rodea, evalúan cuánto podrán sostener y cuánto deberán sacrificar. Y muchas veces concluyen que el problema no es el deseo de tener un hijo más; el problema es la incertidumbre de no saber quién ayudará a cuidarlo — y quién pagará ese cuidado.
Criar no es una tarea individual. Nunca lo ha sido. Mientras el cuidado siga siendo un costo y una carga que asumen casi en exclusiva las mujeres, seguiremos buscando respuestas en el lugar equivocado. Porque Chile no solo tiene una crisis de nacimientos, tiene una crisis de cuidados, y mientras no nos hagamos cargo de ella, ninguna cifra de natalidad cambiará la historia que viven miles de familias todos los días.
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