Paula

Wenüy: la red de voluntarios que acompaña en residencias

Desde 2017, un grupo de voluntarios acompaña a niñas, niños y adolescentes que viven en residencias del Servicio de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia. Lo hacen con visitas periódicas, juegos, talleres y tiempo compartido. Lo que comenzó como un proyecto hoy es una comunidad de cerca de 200 personas que sigue creciendo y que actualmente busca nuevos voluntarios.

Un sábado cualquiera puede significar muchas cosas para un niño o niña que vive en una residencia del sistema de protección. Puede ser una tarde más dentro de la rutina del hogar. O puede ser el día en que llegan visitas. Lo hacen con poleras verdes y mochilas con materiales. Algunos niños corren a saludarlos, otros se acercan con más calma, preguntando qué harán. En pocos minutos, el ambiente cambia. En una mesa aparecen lápices y hojas; en el patio alguien propone empezar un juego; y, en otra parte, se arma una conversación que se va alargando.

Así funcionan las visitas de Fundación Grupo Wenüy, un voluntariado que desde 2017 acompaña a niñas, niños y adolescentes que viven en Residencias Familiares del Servicio de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia. “Wenüy nació por la iniciativa de nuestra fundadora, Liliana (Pérez), quien tomó una inquietud que surgió en un contexto académico y la llevó a algo concreto. Tuvo la visión de transformar esa idea en un proyecto que hoy sigue creciendo”, cuenta Javier, uno de los voluntarios.

Hoy recuerda la primera visita con una mezcla de nervios y entusiasmo. “Éramos apenas 10 personas y no sabíamos muy bien qué esperar, pero sí que queríamos estar ahí”. Han pasado los años y, casi una década después, son una red de cerca de 200 voluntarios y voluntarias que visitan 11 residencias familiares en la Región Metropolitana.

“Para nosotros es muy importante que este trabajo no se entienda desde la caridad o el asistencialismo”, explica Fernanda, voluntaria y actual presidenta de la fundación. “Lo que buscamos es acompañar desde un enfoque de derechos, generar vínculos y crear espacios donde los niños y niñas puedan expresarse y ser escuchados”.

Paola, voluntaria y vicepresidenta de Wenüy, coincide en que el sentido del proyecto está en esa forma de acompañar: “Muchas veces se piensa el voluntariado como algo puntual, como ir a hacer una actividad y listo. Pero acá lo importante es el vínculo que se va construyendo con el tiempo”.

Volver a encontrarse

En Wenüy hay una regla que atraviesa todo el trabajo: la constancia. Los voluntarios se organizan en equipos y cada grupo visita siempre la misma residencia. Así, con el paso del tiempo, los niños empiezan a reconocer caras, recordar nombres y esperar la próxima visita. “En la mayoría de las residencias hay mucha rotación de adultos”, explica Fernanda. “Entonces, cuando alguien vuelve una y otra vez, eso se vuelve significativo. Se genera confianza”.

Con los meses, los encuentros adquieren continuidad. Aparecen historias que se retoman de una semana a otra, juegos que se repiten o conversaciones que quedan pendientes para la siguiente visita.

Las jornadas suelen durar varias horas. A veces son tardes en el patio; otras, talleres de cocina, manualidades o salidas a parques cercanos. No hay una estructura rígida: muchas veces las actividades surgen en el momento, según lo que quieran hacer los niños o las ideas que trae el equipo ese día.

“Lo que hacemos puede parecer pequeño”, dice Fernanda. “Pero a veces una conversación o una actividad también forman parte de lo que significa cuidar una infancia”.

Y para quienes participan del voluntariado, ese vínculo también termina siendo transformador. “Hay momentos muy simples que se vuelven importantes”, cuenta Paola. “Un niño que te cuenta algo que le pasó en la semana, otro que te muestra algo que hizo en el colegio o que te pregunta si vas a volver el próximo sábado. Ahí uno entiende que lo que importa es la continuidad”.

“Uno llega pensando que va a ayudar, pero después se da cuenta de que también recibe mucho”, complementa Fernanda. “Los niños te enseñan a mirar las cosas de otra manera. Hay semanas difíciles para ellos —y a veces también para uno—, pero el hecho de encontrarse de nuevo cambia completamente el día”.

Una comunidad que creció con los años

A diferencia de muchas organizaciones del ámbito social, Wenüy funciona de forma completamente autogestionada. Gran parte del trabajo organizativo también lo realizan voluntarios. Son ellos quienes coordinan las visitas, organizan actividades y acompañan a las personas que se integran al voluntariado.

El día a día de Wenüy se sostiene, en gran medida, gracias a esa red de personas que, además de participar en las visitas, dedican horas a mantener vivo el proyecto. “Esto es posible por el compromiso de quienes participan”, comenta Fernanda. “Hay voluntarios que llevan cinco o seis años, porque esto termina convirtiéndose en una comunidad para quienes estamos acá”.

Para Paola, esa dimensión colectiva también explica por qué la organización ha logrado mantenerse durante tantos años: “Con el tiempo te das cuenta de que Wenüy no es solo el momento de la visita. También es la amistad que se forma entre quienes participan, las personas que se conocen acá y que comparten un mismo propósito”.

“Las visitas ayudan, claro”, agrega Fernanda. “Pero lo central es que los niños sepan que hay personas externas a la residencia que quieren compartir con ellos y que vuelven”.

Nuevas personas para seguir acompañando

Hoy, Fundación Wenüy mantiene abierta una convocatoria para nuevos voluntarios y voluntarias en la Región Metropolitana.

La organización busca personas mayores de 20 años que puedan participar en visitas presenciales durante los fines de semana. Antes de integrarse, quienes postulan pasan por un proceso de formación y acompañamiento que busca prepararlos para el trabajo en residencias y para el tipo de vínculo que se construye con las niñas, niños y adolescentes.

La idea es que quienes se integren comprendan desde el inicio el sentido del proyecto: formar parte de una red que acompaña de manera constante. “Cada vez que llega alguien nuevo se abre una posibilidad más de encuentro”, dice Fernanda. “Mientras más personas se sumen, más espacios podemos seguir construyendo”.

Paola agrega que el voluntariado también implica asumir un compromiso con esa continuidad: “Lo más importante es entender que los vínculos se construyen con el tiempo. Cuando alguien se integra, sabe que va a formar parte de un equipo que vuelve semana a semana”.

Después de casi una década de trabajo, en Wenüy saben que su labor no reemplaza a las instituciones ni resuelve todos los desafíos del sistema de protección. Las residencias forman parte de una red compleja que requiere políticas públicas, recursos y transformaciones profundas.Pero también creen que hay algo que pueden aportar en ese escenario: presencia, tiempo y continuidad.

“Nuestro rol no es sustituir lo que le corresponde al Estado”, dice Fernanda. “Pero sí podemos aportar algo muy valioso: tiempo, escucha y espacios de encuentro para las niñas, niños y adolescentes”.

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