Paula

Tener una profesora en una carrera masculinizada: “Encontrarla fue como encontrar un refugio”

Cuando tenía 18 años, hace ya más de 30, entré a estudiar ingeniería en ciencia de la computación. Por ese entonces mi familia y yo vivíamos en Francia y esa era una carrera de la que ya se hablaba desde la década de los 50, cuando apareció el concepto de ‘ingeniería del software’. Aun así, no eran muchos los que entraban a estudiarla, más bien los que tenían historial o referentes en sus familias, los raros que se refugiaban en el cacharreo y los que estaban igual de intrigados y fascinados con la tecnología y la maquinaria como lo estaba yo.

No había nada que me interesara más que abrir un equipo electrónico y diseccionarlo, y hasta entonces mi familia solo me había apoyado en ese interés. De hecho, era algo que solíamos hacer con frecuencia con mi papá. No pude prever, entonces, que al entrar a estudiar algo que me motivaba tanto, mi interés y mi capacidad pasarían a segundo plano. En una carrera habitada mayoritariamente por hombres blancos, ante cualquier otra cosa, yo era la mujer que seguramente no iba a triunfar y que se había equivocado de carrera.

Eran otros tiempos, es verdad, pero mucho de eso lo sigo viendo ahora cuando hago clases y en el aula solo distingo a dos o tres mujeres. Sé entonces que ese nivel de discriminación y socialización ha calado profundo y todavía hay mucho por hacer. En mi caso, entrar a la universidad fue un golpe muy duro; me di cuenta de cómo eran las cosas realmente y que si iba a tomar la decisión de seguir -me lo cuestioné muchas veces- el camino no iba a ser fácil. O al menos no tanto como lo sería –según lo que yo percibía– para la mayoría de mis compañeros hombres. Ellos, por el solo hecho de ser hombres, tenían las puertas abiertas. En mi caso, todo costaba un poco más.

Si iba a reuniones o si tenía que hacer un trabajo en grupo, mi género, mi vestimenta e incluso mi manera de expresarme, siempre eran razón de comentarios o burlas. Siempre estaba sujeta a exclamaciones, cuestionamientos, burlas y dudas. Y aunque fuera un chiste o una broma inoportuna, no me pasó ni una sola vez que llegara a estudiar sin que el hecho de ser mujer fuera un tema. Y así pasaron los años y me tuve que armar de valor y convencer de que no iba a dejar mi pasión por esos obstáculos. Pero eran, realmente, obstáculos. Porque dificultaban, inhabilitaban y amedrentaban. No sé cuántas noches debo haber pasado poniendo en duda mi decisión. Ahí supe que si ellos habrían querido, realmente habrían logrado que una mujer joven dejara sus sueños de lado. Porque así funciona. De continuar, tendría que hacer el doble o triple de esfuerzo.

Hasta que en mi segundo año de la carrera, cuando tomé el curso avanzado de informática, vi llegar a Louisa, mi primera –y de las pocas– profesora mujer. Apenas la vi entrar, vestida incluso con falda y camisa, sentí una sensación de alivio profundo. Supe que ella sería una suerte de refugio y salvación. Dejé pasar la hora, escuché cada una de sus palabras, analicé sus formas y sus movimientos y cuando sonó la campana me paré y me fui a presentar. Ella me dijo ‘me alegra mucho que estés aquí’. De ahí en adelante, pasó a ser mi mentora y una gran acompañante en lo académico y profesional hasta el día de hoy. Fue ella quien me habló por primera vez de que si seguía, me enfrentaría a todo tipo de comentarios discriminatorios. También me habló de que éramos pocas las mujeres que estábamos ahí y que si alguna vez mi tendencia era la de competir –porque serían pocos los puestos para nosotras–, que revirtiera de inmediato esa actitud. ‘¿De qué sirve aplastarnos entre nosotras?’ Eso me quedó grabado de por vida.

Y es que los profesores, cuando te marcan, son clave en la vida y en la formación. Son de esas personas que no te conocen a nivel personal pero que cuando logran captar una dimensión más profunda, saben exactamente qué decir y en el minuto determinado. Así fue con Louisa, que en muchos casos pasó incluso a ser mi guía espiritual y apoyo en momentos difíciles. Fue ella la que después de un coloquio en el que me sentí invisibilizada, me dio la seguridad y la confianza para seguir en un entorno totalmente masculinizado y estereotipado.

Es muy duro estar en una carrera con puros hombres, con gente que cree que vas a fallar o que no vas a poder rendir. Tener una profesora guía es, de todas maneras, lo que me hizo seguir hasta el día de hoy, porque en ella encontré un refugio fortalecedor”

Javiera Daza (53) es académica, investigadora e ingeniera en ciencia de la computación.

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