Paisaje urbano, patrimonio y ética
Propongo que unamos dos disciplinas que pocas veces andan juntas: la ética y el paisajismo (o arquitectura del paisaje). La ética es la disciplina que estudia el deber ser del comportamiento humano. El paisajismo, por su parte, se encarga del diseño, planificación, conservación y rehabilitación de los espacios abiertos para convertirlos en lugares con sentido de habitar.
Como muchas veces se limita la comprensión del paisajismo a la jardinería, se reflexiona poco sobre lo mucho que tiene por decir y hacer en relación a los valores y el deber ser de nuestra sociedad. Los jardines, el espacio público y el paisaje en general, son parte de nuestra cultura material y están llenos de información que nos permite conocernos como sociedad, por lo que vale la pena detenerse a escucharlos.
Existen al menos dos aspectos del paisajismo que se relacionan con lo ético. Primero, en su capacidad de generar identidad local y, segundo, en su capacidad de integrar. En la ciudad, el habitante se ve alejado del resto del territorio natural y ante esto las áreas verdes urbanas son el camino para reconectarse con la naturaleza. Pero si vamos más allá, estas también podrían ser el camino para volver a su fuente de identidad nacional y regional.
Lo que vemos en las calles y parques de Santiago -y en la mayoría de las ciudades chilenas de norte a sur- es una falta de valoración del paisaje, las especies nativas y una desconexión casi total con la imagen de paisaje nativo chileno. Se imponen los ejemplares introducidos (o incluso artificiales), más prácticos quizá por su rápido crecimiento, y no existen iniciativas institucionalizadas que promuevan el patrimonio natural local en las áreas verdes urbanas y el fortalecimiento de esa identidad propia en el paisaje.
Por otro lado, en el paisajismo se expresan también símbolos de estatus. De hecho, la capacidad misma de importar paisajes de las postales de Europa del Norte o Estados Unidos, y mantenerlos a pesar de que el clima local no es el idóneo, expresa un poder aspiracional sobre la naturaleza que solo se alcanza con mucho financiamiento. El paisajismo es en este caso fuente de diferenciación y distinción social.
En la experiencia que tuvo Fundación Mi Parque durante talleres de diseño participativo realizados en una comuna periférica, uno de los encargados de áreas verdes dijo comprender a los vecinos cuando estos no quieren plantar pimientos porque son “el árbol de los pobres”. Eso es justamente lo que vemos en la mayoría de nuestras actividades: una aspiración por ser parte del desarrollo urbano que no ha llegado todavía a muchos márgenes de las ciudades, y el que incluye el imaginario de área verde que se establece desde las elites.
Es en este sentido que las elites, los paisajistas y los municipios, tienen un deber ético de promover un imaginario de paisaje acorde con la naturaleza local, tanto por un compromiso con la sustentabilidad ambiental, como por la promoción de una identidad local integradora y la responsabilidad que tienen al promover estándares que facilitarán o dificultarán la integración de la ciudadanía.
No se trata de “nivelar para abajo” y que todos tengamos que tener “el árbol de los pobres” en nuestras plazas, sino que, sin descartar del todo el uso de especies introducidas, se trabaje para agregar valor al paisaje natural de cada zona del país; al mismo tiempo que se genere conciencia y capacidades en todos los niveles sociales para rescatar, conocer y saber cuidar el paisaje adecuadamente, tanto en barrios acomodados como en el resto de la ciudad.
*La autora es coordinadora área social Fundación Mi Parque (@Sofia_Cova).
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