“Es el peor momento en la historia de la Iglesia”

La visita del Papa a Chile debía ser un éxito, pero fue todo lo contrario. Varios episodios detonaron un huracán que apuntaba a un solo motivo: las denuncias por abusos sexuales en contra de sacerdotes. Reportajes reunió a cuatro de ellos -un exobispo, un Schoenstatt y dos jesuitas- para hablar de la crisis y sus repercusiones. Esto es lo que discutieron.


Este artículo es parte de la edición especial Reportajes 2018: ¿En qué creer?


“A uno lo que más le duele es que predica el domingo y muchas veces no practica lo que predica. A eso le agregaría la humildad. No fuimos una Iglesia humilde: de estar con los demás, de no creernos superiores, de dejar de lado la arrogancia. De no creernos dueños de la verdad”.

Eso dice Patricio Moore. Es sacerdote del movimiento Schoenstatt y a la hora de pensar en qué ha fallado como tal, dice, pide perdón.

A continuación lo harán tres sacerdotes más. Diferentes estilos, diferentes épocas. En el año que marcó la peor crisis que ha vivido la Iglesia Católica chilena, cada uno de ellos, además de analizar la crisis, hace un acto de contrición.

Uno como Juan Luis Ysern, que es obispo emérito de Ancud y que este año asistió a la cita en Roma con el Episcopado chileno.

–El clericalismo nos ha dado un cierto poder y un cierto narcisismo. Ahí fallamos.

Otro es Jorge Muñoz, un jesuita que este año asumió como vicario de la Pastoral Social.

–Mi acto de contrición tiene que ver con mi propia coherencia de vida, con aquello que digo vivir y que quiero vivir.

El último es Pedro Labrín, el párroco jesuita que acogió en su parroquia a los haitianos que no pudieron subir al avión del Plan Retorno.

–¿En qué he fallado? Es muy fácil dejarse tentar por la investidura mágica que la gente les da a los sacerdotes. Es un combate cotidiano demostrar que no.

Un terremoto inesperado

“Mi paz les doy”. Esa fue la frase que guió el paso del Papa por Chile. En junio de 2017 se confirmó que Francisco estaría tres días en el país, del 15 al 17 de enero de 2018. Se anunció que se necesitarían 15 mil voluntarios, el Metro cambió su horario, incluso hubo un acuerdo de cuatro canales de televisión abierta para transmitir lo que iba a ser un hito. Iba.

Quizás fue el protagonismo del exobispo Juan Barros en las ceremonias o quizás fueron las fallidas declaraciones del mismo Papa. Pero desde ese momento se desató un huracán al interior de la Iglesia Católica chilena.

Y la paz nunca llegó.

La visita del Papa Juan Pablo II a Chile, en 1987, fue un hito histórico. La visita de Francisco no generó el mismo entusiasmo. ¿Fue un fracaso? ¿Creen que le jugó más a favor que en contra a la Iglesia?
Pedro Labrín: La visita del Papa tuvo muchos frutos. Que no nos gusten es otro cuento. El primero es situarnos frente a un pastor universal, pero humano y, por lo tanto, falible en sus expresiones. Que viene a forzarnos en no caer en la papolatría, de la aprobación sin crítica de un personaje carismático como era Juan Pablo II. Y, a continuación, vinieron una serie de medidas. Los obispos son llamados a Roma, los obispos renuncian, existe la apertura a la colaboración con la justicia, se quita el estado clerical de sacerdotes previamente juzgados, se publica la lista de los sacerdotes que han sido condenados por la justicia canónica y la civil. Se nos pone a todos en un estado de renovación que está inconcluso. Entonces, harto áspero el fruto, pero sumamente necesario.

Jorge Muñoz: Justamente, gracias a que la visita de Francisco no haya producido esa efervescencia que sí tuvo Juan Pablo II, hoy tenemos otro escenario eclesial. Habrá sido un limón sumamente amargo o un pomelo, más amargo todavía, pero ha sido muy beneficioso para la salud, para la verdad, para la transferencia, para los pasos que tiene que dar la Iglesia hoy.


¿Ustedes dirían que hoy la Iglesia Católica chilena está en su peor momento?

Patricio Moore: En cuanto a la confianza como institución, es clarísimo que es el peor momento en la historia de la Iglesia.

Juan Luis Ysern: Hay una cosa que tiene que ver con los cambios y puede parecer algo contradictorio. Para ser fiel a la tradición, hay que saber salir de la tradición. El cambio es fundamental para ser fiel a la tradición y eso aplica completamente a la Iglesia.

La reunión, convocada en mayo de este año, del Papa con todos los obispos en Roma fue un episodio clave. Allí estuvo Juan Luis Ysern. Allá se habló de medidas a corto, mediano y largo plazo. Él, explica, prefiere las últimas.


¿Ha estado la jerarquía eclesiástica a la altura de la crisis?

–Si hay corrupción tenemos que solucionar eso. Y tenemos que buscar la reparación de las víctimas, eso es indiscutible. Pero eso no basta. Hay que entrar en la realidad.

Pedro Labrín lo interrumpe:

–Ese es un asunto crucial y se conecta con la credibilidad del discurso, que sin duda se ha perdido. Yo me pregunto si en otro momento la Iglesia hubiese permanecido tan pasiva respecto de la decisión de no firmar el Pacto Migratorio de la ONU. En otro momento, la Conferencia Episcopal, y usted fue parte de eso, se plantaba frente al poder y era capaz de expresar ese clamor con una legitimidad que les hacía, a la larga, ser oídos. Hoy, la Iglesia Católica carece, lamentablemente, de esa validación de parte de la ciudadanía respecto de sus pastores.

Jorge Muñoz, por su lado, hace un análisis del rol que jugaba la Iglesia durante el régimen militar, versus lo que pasó luego.

–Da la sensación de que, desde la vuelta a la democracia, la Iglesia entró en una nebulosa donde no sabía lo que estaba pasando. Años atrás hubiera hablado del problema humanitario de los migrantes. Hoy no lo hace, porque no se atreve, porque nos van a cuestionar la moralidad, la coherencia con la cual nosotros estaríamos discutiendo eso.


¿Está en crisis la jerarquía de la Iglesia?

Pedro Labrín: Obvio. El nuevo general director de Carabineros usó una imagen que a mí me hizo sentido: “El problema está en el poder, no en la base”.

Patricio Moore: Siento un clamor muy fuerte por la coherencia de vida. En la medida en que lo que predicamos lo vivamos.

Para mí eso es esencial. Yo no lo veo tanto en los cambios de obispos, en nuevos nombramientos.

Entrar en la realidad

La crisis de la Iglesia se desató luego de la ola de acusaciones por abusos sexuales en contra de sacerdotes. Según datos de fiscalía, desde 2000 hasta hoy, 229 sacerdotes han sido denunciados por estos delitos y hay 272 causas vigentes.

¿Cuál es la opinión que tienen de los abusos al interior de la Iglesia?

Juan Luis Ysern: Hay que reparar, pero reparar no basta.

Jorge Muñoz: Fue gracias a la perseverancia y la persistencia de los laicos y de las víctimas que hoy como Iglesia estamos reaccionando. Ellos levantaron el tema y así hemos visto cuán profunda es la herida. Nos costó reconocer la verdad de lo sucedido, nos costó reconocer la verdad de las víctimas, hacernos cargo de ellas y saber que había un procedimiento al interior nuestro que no se podía seguir justificando.

Pedro Labrín: Además, pienso que la Iglesia, en relación a las víctimas, tiene que integrar una dimensión bien trágica. Nunca será suficiente. Hay que indemnizar a las víctimas, en la medida en que corresponda. Pero respecto de la reparación, uno quisiera que ya hubiera un “basta” en algunas situaciones y parte del daño es que nunca va a ser suficiente.

¿Era necesario que la Iglesia Católica chilena haya pasado por toda esta crisis para tener una transformación? ¿Cuáles son las lecciones? ¿Hay que adaptar la Iglesia?

Jorge Muñoz: No es que la Iglesia tenga una misión, sino que la misión tiene una Iglesia. La Iglesia está al servicio de la misión, que es la evangelización. Cuando estas instituciones y sus modos de hacer historia no ayudan a la misión, hay que revisar.

Pedro Labrín: El celibato, por ejemplo, es una práctica. Es una medida disciplinar, es un modo de organizar la estructura de la Iglesia, del servicio ministerial, de los curas, pero no es una ley divina. Tenemos que abrirnos a otras dimensiones también.

¿Debería dejar de tener un rol secundario la mujer en la Iglesia?

Juan Luis Ysern: Hoy, cuando se habla de Iglesia, inmediatamente se piensa en los obispos. Y eso es erróneo. Al hablar de Iglesia tenemos que hablar de los laicos, las laicas, los frailes, las monjas. Ciertamente, la mujer ha quedado muy escondida.

Patricio Moore: El movimiento Schoenstatt es un movimiento federal. Nosotros no tenemos jerarquías, sino que estados federales. Entonces las mujeres tienen el mismo poder que los hombres en ese sentido.

Pedro Labrín: Yo soy feminista. Creo que todavía filtramos demasiado el acceso de la mujer a los roles relevantes. Por ejemplo, no me creo el cuento que en la última cena no haya habido mujeres. Porque no me imagino a los varones preparando el cordero, ensaladas amargas. Pero el redactor puso su nota cultural en su relato del episodio. Tenemos que ir a reparar eso y es un valor que hoy está surgiendo.

La caída

A la hora de buscar referentes, los cuatro sacerdotes concuerdan en un punto: que no haya un líder o un rostro que encarne el recambio en la Iglesia, que no haya nombres, es todo menos algo negativo.

Al momento de evaluar a los representantes de la Iglesia en el país, según la encuesta Cadem, el mejor evaluado es el arzobispo Charles Scicluna. El segundo mejor evaluado es Jordi Bertomeu. Ninguno es chileno. Pero eso, dicen los sacerdotes, lo ven como una oportunidad.

–Qué bueno que no haya un líder establecido, porque nos obliga a mirar más al pueblo. Efectivamente, lo que le ha faltado a la Iglesia es el pueblo de Dios. Yo me alegro de que no haya rostros, que uno no diga “este es el cura” o “este es el obispo” o “esta es la religiosa”. Miremos más al pueblo -dice Juan Luis Ysern.

Pero el pueblo de Dios, al menos quienes se declaraban católicos, hoy son menos que antes. ¿Cómo ven ese fenómeno?

Jorge Muñoz: ¿Ha afectado la crisis que hoy vivimos? Sí. Lo que ha bajado es aquel que se declaraba católico, que es distinto. Yo me declaro católico y no voy nunca a misa. Pero no ha afectado a las cifras reales de la gente que participa cotidianamente en la eucaristía, que está alrededor del 15%. Eso no ha variado. Entonces, ¿afecta? Sí. Pero creo que también hay una fortaleza. Es decir, ya no soy católico sociológicamente o porque me bautizaron simplemente o porque mis papás iban a misa, sino porque yo lo he hecho mío.

Patricio Moore, a la hora de analizar los números, es práctico. Comenta, en tono de broma, que Winston Churchill decía que solo creía en las encuestas que él había manipulado. Luego de las risas, explica:

–Un 55% me parece un muy buen número. Estoy convencido de que mucha gente que estaba en la puerta de salida de la Iglesia, ahora aprovechó de irse simplemente. Yo prefiero una Iglesia más transparentada en ese sentido. Somos estos y estos somos los que nos vamos a jugar por la Iglesia.


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