Historia de un retrato
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Hace unos meses -de paso por Madrid, en la librería del Museo Thyssen-, no dudé en comprarme el libro Man with a Blue Scarf: On Sitting for a Portrait by Lucian Freud de Martin Gayford (Thames & Hudson, 2010). Lucian Freud es, se sabe, el titán que acaba de partir. Martin Gayford fue crítico de arte y de jazz para The Spectator y The Sunday Telegraph, y en la actualidad escribe en Bloomberg News. Gayford también es desde el 2003 un cuadro de Lucian Freud titulado "Hombre con bufanda azul". Y de eso trata el formidable journal de Gayford. De la plácida a la vez que tensa relación entre modelo y modelador. De las conversaciones que tienen entre ellos y que no pasan exclusivamente por lo pictórico (aunque el 3 de diciembre del 2003, Freud apunte que "alguien debería escribir un libro sobre esa horrible Mona Lisa y lo mal pintor que fue Da Vinci" y luego desprecie a Rafael y a Vermeer, critique la compulsión por asombrar de Picasso, y adore a Tiziano). Se dialoga mucho sobre historia y política y literatura (Freud cuenta que Ian Fleming le confesó que James Bond estaba inspirado en parte en él y en la juvenil propensión de Freud a agarrarse a golpes con conocidos y desconocidos) y se desmenuzan las noticias del día y cuestiones privadas, como los riesgos de ganar peso para alguien que pasa buena parte del día de pie. Pero el auténtico y legítimo tema del asunto es el de una pacífica y necesaria revancha. Porque en Man with a Blue Scarf, Gayford compone y encuadra una vista rara e indispensable: la del pintador profesional pintado por su modelo amateur. Gayford se entrega sin resistencia al maestro a lo largo de año y medio -entre las seis de la tarde y las nueve de la noche, sentado, moviéndose lo menos posible- para un retrato al óleo y otro dibujado. Apunta Gayford: "Posar es algo que está entre la meditación trascendental y una visita al peluquero. Se tiene una sensación más bien placentera de concentración y de alerta absoluta, pero sabiendo que no se te pedirá nada más que minucias como '¿puedes mover un poco la cabeza?' o '¿puedes subirte la bufanda unos centímetros?'" (y esa dificultosa bufanda azul es, casi, la villana de la trama). Gayford -en principio tan sólo interesado en "ver cómo crece un cuadro" y "experimentar lo que experimenta todo retratado: la reafirmación de su propia existencia" -comprende, además, que el ser modelo "equivale a adentrarse en la materia del arte convirtiéndote en arte". Hay en las últimas páginas de Man with a Blue Scarf un instante terrible. El final. Las postreras pinceladas sobre algo que "me muestra a mí mirándolo a él mirarme". Ese día en que Gayford se entera de que su retrato ha sido adquirido por un coleccionista norteamericano de la West Coast, que pronto será expuesto en el MoMA, y que sólo podrá volverse a ver en catálogos y retrospectivas. Y -enmarcado y listo para colgarse- ser consciente de que no ha sido y será más que un detalle en el paisaje colosal de una obra. Que ya fue pero siempre será. Como le informa el ya listo para recomenzar Freud al terminado Gayford: "Lo que parecemos es lo que somos; y el retrato está acabado cuando comienzo a tener la impresión de estar pintando a otro… Adiós. Tengo que volver al trabajo".
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