Eduardo Zúñiga: “Yo bailé frente a Putin”


Me llamo Eduardo Zúñiga, tengo 32 años y soy bailarín y coreógrafo. El año pasado caminaba por las calles de Moscú cuando me topé con una multitud de chilenos con camisetas rojas que iban al partido que la selección jugó con Camerún en la Copa Confederaciones. Veía a las personas que alentaban a nuestro país con sus banderas y gorros, y nadie tenía idea de que la noche anterior yo había ganado la medalla de oro en la Competencia Internacional de Ballet, una especie de olimpiada de la danza que se hace cada cuatro años en diferentes partes del mundo y que en 2017 se realizó en el famoso teatro Bolshoi.

En Rusia, el ballet es un patrimonio. Hablas con un taxista y él sabe quiénes son los primeros bailarines de una compañía, por lo que la noche de la competencia el Bolshoi estaba llenísimo y era imposible encontrar entradas. Yo vivo en Alicante, España, junto a mi esposo, Gustavo Ramírez, y poco antes me había operado el menisco de una rodilla, por lo que en el living de mi casa preparé un solo titulado Puñal, en el que no uso tanto esa articulación. También elaboré otro número, Archipiélago, que lo ejecuta un trío de bailarinas y que hace referencia a mis dos hermanas y mi madre.

Nos preparamos dos semanas y llegamos a Rusia sin expectativas, pero en el evento nos encontramos con que el presidente ruso estaba entre los espectadores. Fue una experiencia intensa, porque Puñal se ejecuta al son de la canción “Amor de hombre”, interpretado por la mamá de Salma Hayek que es cantante de ópera y tiene una voz muy potente y sufrida. Así fue como bailé frente a Putin, el mandatario de un país donde las leyes contra los homosexuales son muy duras. Fue raro danzar ante una persona que está en contra de lo que significa ser homosexual, pero de alguna forma el teatro opera como un lugar de protección y siento que el escenario te da la libertad para hacer lo que tú quieras.

También había un jurado y les veía las cabezas a todos mientras bailaba. Al final gané la medalla de oro como coreógrafo por los dos números que presentamos y que acabo de remontar en junio en Chile junto al Ballet Nacional. Pero esa noche en Moscú nadie supo lo que había hecho y pasar inadvertido fue heavy. Si se divulgara la danza, el arte o cualquier otro deporte como se hace con el fútbol sabríamos mucho más de lo que ocurre en esas disciplinas.

El camino para llegar hasta Rusia partió en Maipú. Como muchas familias chilenas, la mía sacaba su energía bailando. Mis papás ya fallecieron; él era contador, y ella, secretaria. No tenían ninguna relación directa con el arte, pero les encantaba bailar y me inspiré en ellos. Mis papás nos hacían danzar lo que fuera. Pasaron los años y llegué a la academia de Hugo Urrutia, entonces coreógrafo del Festival de Viña. Ahí me enamoré de la danza. Vi que me liberaba, que había una energía con la que conectaba muy bien.

Con Urrutia aprendí muchas cosas. El ballet es mucha repetición y hay que aprender la estructura más fina del cuerpo, qué músculos activar y cuáles no, además de cómo ordenar tus huesos para activar el balance perfecto. Lo veo como aprender anatomía y física al mismo tiempo, porque por ejemplo tienes que aprender a alargar un músculo en particular para que te ayude a elevarte del suelo con una cierta estética. Luego entré al Teatro Municipal y entendí que la danza puede ser profesional, una carrera seria con futuro. Mis papás fueron muy abiertos y me dijeron “inténtalo, sé feliz”.

El Municipal me dio una beca para irme al Miami City Ballet, donde me di cuenta de lo atrasado que estaba. Tenía 16 años y empecé a tomar clases con niños de 12, pero perseveré y llegué al Houston Ballet, donde trabajábamos desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche. Viví con un profesor chileno que se llama Claudio Muñoz y que me acogió porque vengo de una familia sin dinero. Ahí descubrí la danza contemporánea, que es a lo que me dedico ahora.

La diferencia entre este estilo y el ballet más tradicional tiene que ver con la sorpresa. Cuando uno va a ver una obra clásica, sabe más o menos cuando está bien hecha o no y las historias son más fáciles de entender. En la danza contemporánea hay una búsqueda de distintas maneras de hacer un espectáculo y ahora se puede hacer de todo. Por ejemplo, en Holanda hay una compañía llamada NDT III para mayores de 40 años. Es súper bonito, con la edad el cuerpo va adquiriendo distintas capacidades. También hay compañías con gente baja, alta, gorda y flaca, lo que genera a nivel escenográfico algo interesante. Hay compañías con miembros que tienen discapacidades e incluso hay coreógrafos que nunca han bailado. En Francia, el director de la compañía de Marsella es un arquitecto y utiliza los cuerpos de los bailarines para estructurar coreografías.

Visito Chile regularmente. Acá hay una energía increíble, además de mucho interés de la gente joven por aprender danza. También vengo porque me siento relajado. Es como llegar a casa, comes tu comida, te entienden los chistes, puedes decir po, cachai… Además de ver danza y teatro, camino harto porque me encanta Santiago, la onda de la gente y los carretes. Acá hay buenas academias como la Escuela Moderna de Música y Danza y la Universidad de Chile, pero deberían existir más compañías, quizás financiadas por el gobierno.

Mauricio, mi hermano chico, vive ahora con nosotros en España y está entrenando para ser bailarín como yo. Va a entrar al Institut del Teatre en Barcelona. Para seguir esta carrera hay que ser constante, escuchar distintos tipos de música y aprovechar YouTube, herramienta clave para ver qué está pasando en el mundo de la danza. Esta disciplina es más lenta que otras: aunque la entiendas mentalmente, al cuerpo le toma tiempo para que haga lo que tú quieres. Lo que sí es claro es que en esos días que más te duele es cuando más aprendes.

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