Recrean juguetes de yaganes, kaweskar y selk’nam

Los aónikenk hacían sonajeros para los más pequeños. Envolvían un molde tubular con un trozo de cuero rectangular y lo rellenaban con piedras. Un extremo lo cosían y en el otro, el cuero sobrante se enrollaba para que al endurecerse funcionara como un mango.

Investigación de la U. de Magallanes rescata importancia del juego y el ocio entre pueblos originarios del extremo sur.


Hace casi 30 años que las educadoras de párvulos de la U. de Magallanes durante su formación académica incluyen temáticas propias de la región. Una de ellas ha sido el juego y la concepción lúdica de los pueblos originarios magallánicos.

“En 2005 comenzamos un estudio más formal acerca del juego y hemos descubierto un mundo maravilloso a partir de la revisión de fuentes teóricas”, señala Mirna Pizarro, docente de Educación Parvularia de esta casa de estudios.

Todo este trabajo se plasmó en Juegos y juguetes de los niños de las culturas indígenas de Magallanes, un libro didáctico en formato digital financiado por Conadi, que recrea cómo eran los juguetes de estas culturas.

Selk’nam, aónikenk, kawéskar y yaganes tenían juguetes para sus niños elaborados con materiales que estaban a su alcance, explica Pizarro. El juego era para ellos una forma de entretenerlos y de prepararlos para la vida adulta. “Tenemos que averiguar a cuáles consideraban juguetes y cuáles elementos de preparación para la caza, por ejemplo”. También tenían juegos para adultos y eso es interesante, dice la investigadora.

Como parte de este trabajo de investigación, algunos de estos juguetes y elementos de juego han sido reconstruidos por profesoras y alumnas de la carrera, intentando imitar la misma forma con que los construían los indígenas. “Es evidente que los que hemos elaborado no son iguales a los que ellos construyeron. Aunque parecen sencillos, hemos podido advertir que se requiere una gran destreza y habilidad, que claramente ellos sí tenían”, dice Pizarro.

En la cultura selk’nam, por ejemplo, creaban muñecas a partir de un trozo de madera con forma de “Y” invertida, forrada con piel de guanaco y donde el personaje cargaba a su hijo con un toldo en la espalda. “En la literatura hay muchos detalles que explican cómo ellos tuvieron una dedicación importante y pensaron en el valor del juego para los niños”, indica Pizarro.

Usaban materiales como madera y vegetación de sus alrededores, conchitas, piedras, plumas, con gran maestría. Tenían pelotas hechas de estómago de animal y otras de cuero rellena con musgos y plumas.

Una de las entretenciones de las niñas selk’nam y kawéskar era la construcción de pequeñas viviendas como casas de juego en las que pasaban parte de su tiempo. “Jugando aprendían a construir su propia vivienda, en su interior también encendían una fogata y comían pequeños trocitos de carne. Era como un juego de roles”, dice la profesora.

“Hoy el juego ha cambiado notoriamente, y está siendo reemplazado por la tecnología. No se valora el juego ni el tiempo de ocio, hay cierto prejuicio frente a estas actividades”, critica Pizarro.

Estas culturas tenían preocupación por los niños más pequeños. A los lactantes, por ejemplo, los sentaban para que pudieran jugar con restos de madera, piedrecitas, plumas, lo que representa un trabajo de sensorialidad y percepción táctil con estos niños.

Las actividades que realizaban al aire libre también los preparaba para la vida adulta. “Lograban tener percepción y visión clara de la naturaleza, el paisaje y los cambios que se producían en las condiciones climáticas para poder desplazarse, navegar, etc.”, señala la investigadora.

El paso que sigue es tomar contacto con personas de las comunidades indígenas, para luego abordarlo en la realidad educativa de niños que asistan a centros educativos de nivel preescolar.

En este eBook también participaron los académicos Patricia Maldonado y Pedro Alberti, del Departamento de Computación e Informática de la U. de Magallanes, en su calidad de especialistas en recursos informáticos.

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