Rattle y la Sinfónica de Londres, rozando la perfección

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Por primera vez en Chile, Rattle y la orquesta inglesa ofrecieron dos programas distintos que llevaron al éxtasis y se movieron, con una ductilidad pocas veces escuchada, por el folclor eslavo, el romanticismo puro, el misterio religioso o el dramatismo mahleriano.



Hemos tenido en Chile conciertos memorables… y éstos. Los dos que, en noches consecutivas, Simon Rattle y la Sinfónica de Londres brindaron en la Sala CorpArtes; donde las palabras quedan cortas para describir la musicalidad rayana en la perfección, la versatilidad, la expresividad o la emoción que prodigaron.

Por primera vez en Chile, Rattle y la orquesta inglesa ofrecieron dos programas distintos que llevaron al éxtasis y se movieron, con una ductilidad pocas veces escuchada, por el folclor eslavo, el romanticismo puro, el misterio religioso o el dramatismo mahleriano. Y qué decir de la interpretación, la sonoridad, la elocuencia, el carácter musical y el sentido estilístico que desplegaron. Con ellos se fue capaz de escuchar todo el espectro musical, instrumental e interpretativo.

Simon Rattle es un director con mayúsculas, preocupado por los detalles, que provoca y transfiere atmósferas, pero por sobre todo, expresivo. Y la Sinfónica de Londres, con familias instrumentales privilegiadas y solistas prodigiosos, entrega la paleta de colores, la brillantez, la tersura y el poderío. Y juntos viven cada obra y las llevan a una dimensión magistral.

El primer concierto abrió con cinco de las Danzas eslavas Op. 46 de Dvořak, en las que delinearon delicadamente, y con nítidos cambios de acentuación, su mundo pictórico, su ritmo contagioso y atractivo carácter, taciturno o grácil, donde, entre otros, contrastaron la energía de la orquesta en pleno con las sentidas cuerdas. Pero fue en la Sinfonía Fantástica de Berlioz donde descollaron.

Compuesta como una apasionada protesta de amor hacia Henriette Smithson, la obra de romanticismo puro es un auténtico programa literario. La batuta del director inglés describió no sólo la idea guía o letmotiv -la imagen de la amada- con exactitud, además de producir momentos de expectación, de misterio y crear ambientes por medio del silencio, sino que condujo con tal expresividad al grupo -que derrochó riqueza de matices y emocionalidad, con solistas incomparables- que el aire se impregnó de melancolía, de melodías apasionadas, de la vigorosidad del vals, de lo pastoral, del brío de la marcha y la culminación demoníaca del Sueño del Sabbat. Ante tantos vítores, vino un encore, la ingeniosa fuga de la Guía de orquesta para jóvenes, de Britten.

Pero si se pensó que la pieza de Berlioz era insuperable, la segunda función, más introspectiva y con dos autores disímiles y dos formas totalmente distintas, rompió récords. En la Sinfonía de Réquiem Op. 20 de Britten, en la que el compositor relaciona la obra con la ceremonia católica de manera más emocional que litúrgica, nuevamente los músicos llevaron a cabo eximias interpretaciones y Rattle manejó las culminaciones dramáticas de manera lacerantes. Pero lo mejor vino con la Sinfonía Nº 5 en Do sostenido menor de Mahler, que dejó sin respiración y donde terminaron de elevarse hacia la cúspide. Con nitidez emergió el tormento, el scherzo viril; la gracia, sencillez y serenidad del adagietto con su tejido en contrapunto, y el rondó, con su triple fuga como centro, en una entrega intensa, minuciosa, poética, con una batuta equilibrada y comunicativa y filas instrumentales delicadas, vigorosas y punzantes.

Como nunca, el público estalló. Y el carismático Rattle decidió premiar con el final del Pájaro de fuego de Stravinsky, en otra notable ejecución.

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