En terapia

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Lejos de darme pudor, ir al analista me parece necesario para vivir, leer mejor los hechos, ponerles nombre a las sensaciones y dolores y, sobre todo, para entender lo que Eugenio Montale llamó "los trasiegos secretos" que nos ligan a los demás.



Voy a terapia una vez a la semana desde hace años. Durante períodos tuve que ir más seguido. Tomo pastillas recetadas y me analizo. Cuando cuento esta rutina, aparece alguien que me dice en tono irónico que pierdo el tiempo. Y no faltan los conocidos que me subrayan que en vez de mejorar estoy peor, así que la inversión ha sido mala. Son acotaciones típicas de los narcisos. Reniegan del inconsciente. Están conformes con sus temperamentos, aunque hagan sufrir a otros y padezcan de síntomas que no saben explicar. Confían en el control y en la voluntad que dicen tener sobre sí mismos. Sostienen que su futuro está determinado por sus esfuerzos. No se detienen en los sueños, ni en las zonas mudas, ni en lo que revela el habla cuando tropieza. Sospechan de la sicología y aún más del sicoanálisis. Con suerte creen en los siquiatras, porque estudiaron Medicina.

Lejos de darme pudor, ir al analista me parece necesario para vivir, leer mejor los hechos, ponerles nombre a las sensaciones y dolores y, sobre todo, para entender lo que Eugenio Montale llamó "los trasiegos secretos" que nos ligan a los demás. Extrañeza me dan, en cambio, los que se limitan a quejarse. También sé que tratarse es un lujo. Nunca tan caro como ir a recitales o salir fuera de Santiago algunos fines de semana. En un país lleno de personas que sufren depresiones y neurosis agudas no debiese ser un privilegio, no obstante, lo es. La salud mental está descuidada. Eso dicen los datos y los índices de consumo de sicotrópicos, que se han disparado desde el estallido social. La incertidumbre perturba, destruye los nervios.

Mi analista actual es mujer. Nada sé de su vida. Solo como se llama. La visito hace seis años. He aprendido que con los hombres no me siento cómodo. Un par de intentos fueron suficientes. Los encuentro predecibles y autoritarios. Ellas escuchan con otra actitud, reciben las palabras con escrúpulos y tejen asociaciones que no puedo intuir. Son dúctiles a la hora de especular y precisas en las distinciones. Deben tener una memoria rápida y un rostro acogedor. Los tipos que intentan poner cara de espejo solo ahuyentan a sus pacientes. Los ortodoxos, en ese sentido, me aburren. Siguen guiones que he leído. Verse aliviado o con una luz que abra la oscuridad es esencial. De ahí que adhiero a los que incorporan la mayor cantidad de saberes al momento de interpretar. Estoy seguro de que las mujeres cuentan con al menos un par de conocimientos ancestrales que ignoro y que requiero si deseo investigar qué me pasa.

La seducción, la confianza, la complicidad y la tensión son cruciales. Se pasa por ellas como por etapas. Es lo que Freud denomina "transferencia". Se ha discutido si esa palabra acaso no es un eufemismo de otras más complicadas, como amor, contención y sexualidad. Es una disputa teórica, que en la realidad es fácil de discernir. Son vínculos distintos, que si bien se pueden enredar por momentos, se aclaran con la rutina de visitas, con los temas insistentes y con las emociones encontradas. Incluso, hay fases de desilusión y rabia hacia el analista. Ir a terapia es mantener una relación pactada, impersonal y cercana. En esa paradoja se ampara el misterio que envuelve curarse a través del lenguaje, relatando lo mismo varias veces, confesando nimiedades y expresándose en un estado irracional. El paciente delira. Los traumas se asumen, se asemejan. Poco hay de lógico en ese proceso. El alcance de la sensibilidad es uno de los mejores instrumentos. Y la experiencia tiene un valor primordial.

Algunos van con urgencia a revisar sus heridas, otros consideran que es una forma de entrenar la mente y someterla a pruebas de resistencia. El sicoanálisis es una filosofía, una manera de pensar con atajos, hurgando en la memoria, en las relaciones entre el yo y la familia, el carácter y las fobias. Salir adolorido, no tener nada que decir y contar lo más profundo justo en el momento final son situaciones comunes. Darse cuenta de que, como animales, estamos condenados a la repetición, es tan decisivo como reconocer al Padre, indagar el principio del placer y detenerse en el cuerpo. Son ejercicios espirituales que ayudan a expandir la creatividad, sondear las ficciones íntimas y ponerse en duda.

En una sociedad cuya obsesión es el control, analizarse es una forma de desactivar la idea peregrina de que tenemos poder sobre nosotros. Las fuerzas trágicas del deseo nos derrotan. Escrutar ese fracaso es lo que hago semana a semana.

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