Una lección de Umberto Eco

Cuando el semiólogo Umberto Eco publicó en 1980 El nombre de la Rosa instaló una manera de abordar la literatura popular y de misterios y secretos ocultos que luego sería imitada -aunque jamás con tanta erudición- por autores que van desde Arturo Pérez Reverte hasta Dan Brown. Uno de los mayores aportes, sin embargo, del académico italiano fue el acompañamiento de un segundo documento, llamado Apostillas a El Nombre de la Rosa, que significa una lección sobre cómo abordar la escritura y una enseñanza para quienes quieren redactar novelas.


Umberto Eco fue antes que todo, un profesor.

A lo largo de su dilatada carrera escribió una serie de manuales que resultan clave para la formación de varias generaciones de estudiantes de las áreas que abordan las teorías del significado (como lingüistas o literatos) y las comunicaciones (como periodistas y comunicadores sociales). Obras como su Tratado de Semiótica General (1976), Signo (1973) y, sobre todo, Cómo se hace una tesis (1977) acompañaban a estos estudiantes tanto por su amplio despliegue de conocimientos, como por su frescura e ingenio que casi nunca dejaba de lado las relaciones con la cultura popular de masas. Eco se daba tiempo de citar a Peirce o los filósofos medievales, tanto como a Superman o a Sherlock Holmes, por lo que la lectura de sus libros, que en los ochenta y noventa en Chile poblaban los anaqueles de muchas librerías, transformándose en una suerte de best-sellers académicos.

A esa lista de libros orientadores pertenece una obra suya que se publicó luego de esta, su primera novela: Apostillas a El Nombre de la Rosa. En ella Eco documenta los recursos, métodos, decisiones que fue tomando mientras elaboraba la novela que lo lanzó a la fama, desde entonces también como literato. Aunque el autor indica que no tiene como intención aportar con interpretaciones de su novela, es más o menos evidente tras leer las Apostillas que Eco no quiere abandonar su papel de profesor tampoco en este caso.

El amplexo

Una de las secuencias más recordadas de El nombre de la rosa es el relato del encuentro sexual de Adso de Melk con la muchacha sin nombre, y más, particularmente en Chile porque en esa secuencia, en la película que llevó al cine el libro, el papel de la muchacha lo interpreta Valentina Vargas.

Eco llama a esta secuencia, “el amplexo”, que es una manera medieval de denominar un abrazo amoroso, y merece ser citada al menos en parte:

“¿Qué sentí? ¿Qué vi? Sólo recuerdo que las emociones del primer instante fueron indecibles, porque ni mi lengua ni mi mente habían sido educadas para nombrar ese tipo de sensaciones. Y así fue hasta que acudieron en mi ayuda otras palabras interiores, oídas en otro momento y en otros sitios, y dichas, sin duda, con otros fines, pero que me parecieron prodigiosamente adecuadas para describir el gozo que estaba sintiendo, como si hubiesen nacido con la única misión de expresarlo. Palabras que se habían ido acumulando en las cavernas de mi memoria y ahora subían a la superficie (muda) de mis labios, haciéndome olvidar que en las escrituras o en los libros de los santos habían servido para expresar realidades mucho más esplendorosas. Pero, ¿existía realmente una diferencia entre las delicias de que habían hablado los santos y las que mi ánimo conturbado experimentaba en aquel instante? En aquel instante se anuló mi capacidad de percibir con lucidez la diferencia. Anulación que, según creo, es el signo del naufragio en los abismos de la identidad” (El nombre de la rosa, “Tercer Día, después de completas”).

Umberto Eco.

La explicación de cómo Eco logró desarrollar esa escena -que se extiende por varias páginas luego de esta cita y que alcanza un nivel de lirismo que no se halla en ningún otro apartado de la novela-, encierra una enorme lección escritural. Dice Eco, en Apostillas, que: “Está claro que la escena del amplexo en la cocina está toda construida con citas de textos religiosos, partiendo del Cantar de los cantares hasta San Bernardo, Jean de Fécamp o Santa Hildegarda de Bingen. Por lo menos se ha dado cuenta de esto incluso quien no tiene práctica de mística medieval pero sí un poco de oído. Pero cuando ahora alguno me pregunta de quién son las citas, y dónde termina una y comienza la otra, ya no estoy en condiciones de decirlo”.

Y sigue Eco: “En efecto, yo tenía decenas de fichas con todos los textos y a veces de páginas del libro, y muchísimas fotocopias, muchas más de las que luego usé. Pero cuando escribí la escena la escribí de golpe (solo después la he limado, como pasándole por encima un barniz homogéneo, para que se vieran todavía menos las suturas). Mientras escribía tenía al lado todos los textos, tirados sin orden, y ponía el ojo sobre uno o sobre el otro, copiando un trozo y uniéndolo enseguida a otro. Es el capítulo que más rápidamente escribí en borrador. Después entendí que trataba de seguir con los dedos el ritmo del amplexo y entonces no podía detenerme para elegir la cita justa. Lo que hacía justa la cita colocada en ese punto era el ritmo con el que la colocaba, descartando con los ojos las que hubieran detenido el ritmo de los dedos. No puedo decir que la extensión del evento haya durado lo que el evento mismo (si bien hay amplexos bastante largos), pero traté de abreviar lo más posible la diferencia entre el tiempo del amplexo y el tiempo de la escritura. Y digo escritura no en sentido barthesiano sino en el sentido del dactilógrafo: estoy hablando de la escritura como acto material, físico”.

Se puede imaginar a Eco abrumado por la necesidad de demostrar su erudición y realizar citas precisas en un tejido textual con todos esos documentos sobre su escritorio. Luego, en un acto de osadía y de resolución, botando con los brazos todos esos documentos desde el escritorio hacia el suelo y lanzándose a escribir, en un acto en que las ideas, la puesta por escrito y lo narrado se hacen uno.

La lección es que muchas veces quienes escriben no se atreven a despegarse de sus fuentes, de su investigación, de sus documentos: pero hay un momento en que hay que asumir que todo esto está dentro de la persona que escribe; arrojarse temerariamente sobre el objeto de la escritura.

Quizá esta sea una solución al llamado bloqueo de la escritura o el fantasma de la página en blanco.

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