Por qué la música del ayer es el refugio del presente

¿Hubo mejor música antes? ¿Por qué, según los resultados que ha mostrado Spotify, escuchamos viejas canciones para sobrellevar la pandemia? Constanza Michelson, Manuel García, Juan Pablo González y Ricardo Martínez dan pistas ante la fuerte oleada revivalista.


El grupo de Facebook Clásicos AM creado el 4 de junio ya suma 2.200 miembros. Bajo la administración de Ricardo Martínez, especialista en música popular y autor del libro homónimo, es una vorágine de información sobre la era dorada del cancionero romántico en español. Día a día oscila entre 3.000 y 5.000 publicaciones, comentarios y reacciones convirtiéndose en una galería hacia el pasado musical que desempolva títulos a kilómetros de profundidad en la memoria como Marcio Greyck cantando Yo te agradezco en Viña 1983, o Era en abril, de Juan Carlos Baglietto. A la vez datos de Spotify reportan el viraje de las audiencias locales en la pandemia hacia viejos éxitos entre los años 50 y la primera década del milenio, desde Jailhouse rock, de Elvis Presley, hasta Llueve sobre la ciudad, de Los Bunkers. Es un fenómeno global por supuesto. Argentinos y españoles atraviesan la misma frecuencia.

La pregunta es por qué frente al escenario global de crisis recordar se convierte en una especie de refugio, una zona de confort ante el presente incierto. La psicóloga y magíster en psicoanálisis Constanza Michelson cree que se trata de un mecanismo de defensa. “Cuando algo nos angustia, regresionamos a un estado anterior, como cuando nace un bebé y el hermanito se vuelve a chupar el dedo”. La psicóloga deriva en la melancolía que asoma por primera vez en la adolescencia cuando se comprende la mortalidad. “Implica una nostalgia de lo perdido. Es un tiempo anterior que suponemos un paraíso, la infancia, cuando aún no tenemos conciencia de la muerte”.

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En el caso de la música de los años 50 que parece tan lejana y sin embargo destaca en listas de Spotify con clásicos como Put your head on my shoulder, de Paul Anka, los links conectan con recuerdos enraizados al espacio hogareño, que en aquel entonces por primera vez asume características multimedia en medio de un protagonismo creciente de la juventud. “Se empezó a bailar con discos y la radio en la casa”, apunta Juan Pablo González, musicólogo y académico de la universidad Alberto Hurtado. “Se da esa relación en esa época, la infancia, la familia y el hogar, el espacio doméstico. Y con EE.UU. muy a la vanguardia con electrodomésticos, equipamiento, alta fidelidad y televisión para transformar la casa en un lugar de esparcimiento, algo que se extiende hasta hoy”.

Búscalo en el baúl

El músico Manuel García también ha estado mirando hacia atrás cuando rastrea canciones en estos días de reclusión sanitaria. Cocina escuchando Kraftwerk y siempre tiene a mano el repertorio de Leonard Cohen, Joni Mitchell y Judy Collins, entre otros. Dice que Los Prisioneros son gusto transversal en la familia y que hace poco le dio por Alberto Cortés y los primeros éxitos de Juan Luis Guerra de hace 30 años. Manuel habla “del baúl de los recuerdos antes de internet”, un mundo análogo y físico hecho de vinilos, cedés y casetes. “Esa combinación en el recuerdo genera un ícono que es como una representación concreta a la hora de ir a buscar canciones. Las músicas de una época previa no llegaban a través de una oferta difusa como sucede en Internet, sino tangible. La gente se aferró a ciertas músicas y no renuevan el baúl de sus vidas. Hay un telón de fondo musical para ordenar, limpiar o poner canciones en una reunión familiar. Hay otro más existencial, enraizado en historias más personales, músicas que te ayudan a reflexionar”.

Ricardo Martínez, que además es académico en la universidad Diego Portales, cree que esta vuelta a las canciones del ayer en Spotify en medio de la pandemia responde a un cambio en la demografía de los consumidores, con padres y abuelos visitando el sitio en la casa y con las melodías acompañando las labores domésticas. Dada su experiencia con el nostálgico grupo de Facebook, Martínez cree que el pasado se idealiza. “Se regresa a una época donde las cosas parecían ser mejores. La mayor parte de la gente, sus recuerdos más vívidos, están entre los 15 y los 25 años. Después la vida se hace más plana. Y eso está asociado a nivel social, no individual. Una persona de 50 años te dirá que Pelé es el mejor jugador de la historia, uno de 40 Maradona y uno de 20 dirá Messi. Se busca un calorcito vital para pasar los tiempos malos”.

Todo tiempo pasado

El lugar común proclama todo-tiempo-pasado-fue-mejor y es una máxima con registros funestos como observa Constanza Michelson, ejemplificando con el origen del nazismo y su siembra en una nación derrotada y humillada idealizando una época pretérita. “Tras la I Guerra se engancharon con una nostalgia, la invención de un mito de origen. Es un mecanismo normal que se puede usar perversamente como sucedió allí y también creativamente”. El renacentismo, que se inspiraba en la antigua Grecia y Roma, funciona como ejemplo.

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En el caso puntual de la combinación entre música y baile, se provoca una marca de por vida al ingresar a la adolescencia. “Es una experiencia muy fuerte y conformadora de tu identidad de género, nacionalidad, generacional y territorio”, explica Juan Pablo González. “Eso te hace considerar que tu música, tus bandas, tus discos y cantantes son los mejores porque te emocionan”. Así cada generación tiene sus propias nostalgias y juicios categóricos para definir periodos de gloria. Desde hace años en la música urbana se habla y evoca con eventos lo que se denomina “reguetón antiguo”, como hay gente que habla de “Metallica antiguo”.

A su vez el paso del tiempo suele provocar desinterés por nuevos artistas y estilos porque hay una pérdida de sensibilidad ante las características estéticas de la nueva música. “Sientes que todo suena igual, no logras hacer distinciones finas”, apunta Ricardo Martínez. “Para un tipo de 50 Ozuna y Pablo Chill-E son indistinguibles. Tiene que ver con una desensibilización respecto de los nuevos valores de producción y la sonoridad de los instrumentos”.

En la experiencia profesional de Constanza Michelson los adultos se ponen al día con los títulos de moda cuando enfrentan un quiebre de pareja y comienzan a salir en modo soltero. “Si vas a fiestas de amigos son las mismas canciones de siempre. Pero a los separados les gusta la música nueva porque a veces es un nacimiento, partir otra vez”.

¿Y si efectivamente en el pasado hubo mejor música que hoy? No estuvo fácil para los especialistas rememorar grandes obras al momento de los recuentos musicales de la última década. Es sencillo citar artistas, canciones y álbumes imprescindibles entre los 60 y los 90. Ahora cuesta.

“Dices eso porque lo que importa hoy es la música urbana”, ataja Juan Pablo González. “Seguramente sí, pero los que no hacen esa música son muchos y están muy creativos también. No estoy tan atento a la actualidad musical, pero parece que hay una gran sofisticación en la grabación del trap y la música urbana en general. Y la gente escucha esos detalles, el sonido, la producción. Cómo llega Paloma Mami con apenas cuatro canciones a Lollapalooza, eso es arte. No bajaría el perfil sobre ese aspecto”. Es cierto. Hay arte y también marketing.

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Por otro lado, el acceso a producir y grabar música con gran estándar es mucho más democrático y accesible en la actualidad y en ese sentido no todo tiempo pasado fue mejor. “Un cabro en La Pintana puede hacer un trap y mezclarlo con tango a nivel internacional”, dice Ricardo Martínez. “La disponibilidad para hacer la música que se te ocurra, la diversidad de la paleta de sonidos es más amplia que nunca, pero eso no significa que la composición sea más innovadora”.

Manuel García cree que llegamos a lo que llama “un fenómeno de saturación de estilos sobreexplotados” sometidos a una lógica de cadena industrial. “Las músicas que han sido rupturistas luego se convierten en fenómenos de industrias y las industrias funcionan con moldes y máquinas, y así se produce una saturación de la oferta y no encontramos sorpresas. Quizás hay que preguntarse por qué la música, de manera utilitaria, se convierte en un acompañamiento cuando hubo décadas en que entregó verdades y contenidos”.

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