Eliminator: cuando el viejo rock tejano de ZZ Top abrazó los sintetizadores

En 1983 el trío de Billy Gibbons, Frank Beard y el recientemente fallecido Dusty Hill sumó máquinas y baterías programadas a su tradicional rock blusero, en el que a la larga sería su disco más exitoso y popular. Un encuentro con los británicos OMD fue el impulso que marcó el coqueteo de ZZ Top con la new wave y un sonido que a ratos recuerda a Electric Light Orchestra, en uno de los mejores experimentos rockeros que dejó la década del 80.



El enchulado y personalizado viejo Ford 1933 de Billy Gibbons, que ilustra la carátula y le da el título al octavo disco de ZZ Top, es la mejor metáfora para ilustrar el giro estilístico que el trío de Texas ensayaba a inicios de los años 80.

Tras darse a conocer la década anterior con su contundente y exitosa mezcla de rock sureño, boogie tejano y blues eléctrico, el grupo comandado por Gibbons en voz y guitarra, el baterista Frank Beard -cuyo apellido en español se traduciría como “barba”, aunque curiosamente fue el único integrante de la banda que nunca se dejó crecer el vello facial- y el recientemente fallecido bajista Joseph “Dusty” Hill, transitaban por esos años hacia nuevas rutas musicales, luego de un quiebre de dos años sin tocar y buscando fórmulas para darle un cambio a su propuesta.

La inspiración llegó durante la primera gira por Europa del grupo. En abril de 1980, ZZ Top llegó hasta Alemania para presentarse en el programa de televisión musical alemán Rockpalast y posteriormente en el legendario show de la BBC The Old Grey Whistle Test, donde compartieron estudio con la banda electrónica inglesa Orchestral Maneuvers in the Dark (OMD). Fue un flashazo instantáneo para el trío, quienes acostumbrados a la guitarra eléctrica y al sonido polvoriento y con dejo a whisky de sus raíces tejanas, se maravillaron con las posibilidades que brindaban los sintetizadores y las baterías programadas con la que los británicos de Enola Gay experimentaban por esos días.

Así fue como ZZ Top comenzó a trabajar con máquinas y secuencias para un puñado de canciones que luego entrarían en El loco (1981), el álbum con el que iniciaron la década de los 80 y el primero en el que los tres integrantes grabaron algunos temas por separado y no todos juntos en vivo en el estudio, como había sido la tónica hasta entonces.

Pero la fórmula se expandió y terminó de cuajar en su sucesor, Eliminator (1983), disco ilustrado y bautizado en honor al antiguo Ford que Gibbons pintó de rojo y personalizó con el motor de un Corvette. Tal como el vehículo del vocalista, que terminaría siendo la marca registrada en los videoclips del grupo, ZZ Top remozaba su viejo sonido agregando sintetizadores y llevando su boogie tejano a algo similar al electropop y la new wave. Una apuesta que también ensayarían con éxito clásicos como los Ramones en la década del 80.

La jugada, resistida inicialmente por los puristas del rock y el blues, terminó funcionando y Eliminator se transformó en el álbum más vendedor del trío en su historia, con cerca de 10 millones de copias despachadas sólo en Estados Unidos. Escucharlo hoy confirma lo bien que envejeció el material: cualquiera de sus once canciones podría ser un single y los sencillos escogidos del LP fueron éxitos instántaneos en radios y en la era MTV, acercando a los tejanos al público juvenil de la era de la videomúsica y volviendo su iconografía y look de añosos motoqueros de chaqueta y lentes de sol en una postal reconocible para nuevas generaciones.

Foto: AFP

Partiendo con Gimme all your lovin’, un hit de marcado riff de guitarra eléctrica sobre un pulso bailable y eléctrico que a ratos recuerda a algunos éxitos de Electric Light Orchestra, como Don’t bring me down. Lo mismo otros himnos del disco como Got me under pressure, Sharp dressed man y Legs, que perfectamente podría bailarse en una discoteca y a nadie haría demasiado ruido.

Si bien, debido a la nueva dinámica de trabajo de trío en esos años, Eliminator limitó en parte el aporte de Beard y Hill, siendo mayormente grabado por Gibbons acompañado por instrumentación electrónica, el disco aún perdura como uno de los trabajos más interesantes del trío y una prueba de que, a veces, borrar con las tradiciones y dar el salto trae recompensa al final. Como consignan las diversas reseñas que han acompañado las reediciones del álbum a lo largo de los años, ZZ Top nunca sonó tanto como una banda de su tiempo como lo hizo en 1983.

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