Rachel Louise Snyder: “Las víctimas de violencia de género siempre salen perdiendo en los gobiernos populistas”

Según un informe de Naciones Unidas, 50 mil mujeres mueren anualmente asesinadas por su pareja o miembros de su familia. En su libro Sin marcas visibles, la autora investiga un problema de rasgos epidémicos, que se extiende a la violencia que no deja rastros: el control, la coerción y el abuso emocional.



Michelle acababa de dar la cena a los niños cuando Rocky llegó a casa. Ella era una chica inteligente, determinada y responsable. A veces un poco terca y orgullosa. Él era un hombre de complexión fuerte que solía hacerla reír cuando se conocieron y que parecía lleno de vida. A Rocky le gustaba salir de campamento y les enseñó a sus hijos cómo hacer una carpa. También era controlador y agresivo: no le gustaba que Michelle se maquillara, trabajara o saliera sin él. Silenciosamente, Michelle toleró su agresividad, que se hizo cada vez más asfixiante. Muy discretamente, también, comenzó a prepararse para dejarlo. Pero él no estaba dispuesto a dejarla ir.

En noviembre de 2001, poco antes del Día de Acción de Gracias, Rocky Mosure compró un arma calibre 45. Al llegar a casa, en Billings, Montana, disparó a Michelle y a los niños. Prendió fuego a todo y se suicidó. Ella tenía 23 años y sus hijos, seis y siete: estaban aprendiendo a leer y escribir.

La historia de Michelle y Rocky Mosure es uno de los hilos narrativos de Sin marcas visibles, una exhaustiva investigación de la periodista Rachel Louise Snyder en torno a la violencia de género. Si bien el libro se concentra en Estados Unidos, la autora entrega datos consistentes a nivel mundial sobre un tema que la OMS describió como “un problema global de salud de proporciones epidémicas”.

Distinguido con numerosos premios, entre ellos el Hillman Prize de periodismo, Sin marcas visibles proporciona información e historias que explican por qué Naciones Unidas definió que el hogar “es el lugar más peligroso para las mujeres”. De acuerdo a cifras de la ONU, alrededor de 50 mil mujeres mueren al año en el mundo asesinadas por su pareja o miembros de su familia. Entre 2000 y 2006, Estados Unidos perdió 3.200 soldados en combate; en el mismo período, la violencia de género acabó con más de 10 mil vidas en ese país.

Colaboradora en The New Yorker y The New York Times Magazine, Rachel Louise Snyder trabajó siete años en el libro. Articulado en tres partes, construye un relato que busca iluminar las causas de la violencia de género, a través de historias de víctimas, testimonios de familiares, abogados y activistas, así como da voz a los victimarios y al sistema judicial.

“En su alcance y seriedad, su palpable deseo de impulsar el cambio, este libro invita a la reflexión no solo sobre la violencia, sino sobre la escritura misma. ¿Qué tipo de reportajes realmente mueven la política?”, anotó The New York Times, que lo consideró “un libro extraordinario”.

En un sentido, la historia de Michelle Mosure concentra rasgos que suelen ser comunes en las víctimas de violencia de género, argumenta la autora: la determinación de “salvar la familia”, de que los niños no crezcan en un “hogar roto”, aun cuando deban soportar la violencia de los padres, o la idea de que sería más riesgoso para ellas y sus hijos salir de casa. “Conviven con sus maltratadores porque comprenden algo que la mayoría de nosotros no acaba de entender, algo que tiene que ver con su vivencia íntima y que parece desafiar a la lógica: por peligrosos que sean sus hogares, es mucho más peligroso abandonarlos”, escribe.

A menudo, la violencia de género se asocia a sectores pobres o con menos educación, ¿qué incidencia tiene en los sectores con más recursos?

Esa es una pregunta interesante, porque en términos demográficos, la gente pobre no tiene tasas de violencia más altas que las personas más ricas, pero tienden a interactuar más con los sistemas, es decir, los sistemas legales, policiales, de servicios para niños. Entonces existe la apariencia de la pobreza engendrando violencia doméstica. Por otro lado, sabemos que el desempleo crónico es uno de los principales estresores que contribuye a situaciones peligrosas. No es una causa en sí misma, pero es un factor de estrés. Las personas ricas también tienen más recursos, por lo que una víctima puede salir y no preocuparse por la falta de vivienda, por ejemplo. En mi experiencia, las víctimas adineradas no llaman a la policía porque sienten que no son la víctima “típica” y porque sienten que deben cuidar las apariencias en su comunidad o mantener su posición social. Pero la verdad es que no existe una víctima típica.

Los feminicidios y la violencia física son delitos visibles, pero su libro también habla de otros tipos de violencia que no dejan rastro. ¿Cómo reconocerlos?

¡Hay una razón por la que mi libro se llama Sin marcas visibles! Hay una serie de signos, y aunque algunos de ellos pueden ser benignos por sí solos, tomados junto con otras pruebas deben ser considerados con cautela. Por ejemplo, noviazgos muy cortos. O un amigo o familiar que se aleja repentinamente de su vida. Cualquier forma de control (sobre los horarios, la vida social, la apariencia, el dinero) debería ser una señal de alerta gigante. En mi libro, hablo de Michelle, que nunca tuvo ninguna herida visible, pero fue asesinada junto con sus dos hijos. Él estuvo controlándola, aprovechando a los niños, amenazando con quitárselos o llevárselos y desapareciendo por la noche. Ella estaría aterrorizada. Y de esta manera la controló.

Lo más simple es preguntarle a la víctima por qué no abandona la relación abusiva, ¿qué respuestas encontró?

Este es el único crimen en el que puedo pensar que el ímpetu para el cambio está en la víctima. Piensa en alguien que roba tu casa y luego eres tú el que tiene que irse. Eso es lo que les pedimos a las víctimas cada vez que presentamos esta pregunta. Además, numerosas fuerzas mantienen a las víctimas en su lugar. No puede borrar el nombre de su cónyuge de su cuenta bancaria sin interactuar con esa persona. No puede inscribir a sus hijos en la escuela sin la participación de ambos padres. Los sistemas burocráticos que hemos creado en torno a las familias, la crianza de los hijos y las asociaciones son, con mucha frecuencia, las mismas cosas que mantienen a las víctimas en su lugar. Y luego, por supuesto, ya he hablado sobre los comportamientos de control, retener dinero es muy, muy común. ¿Dónde puedes ir sin dinero?

Hablar de violencia doméstica solía ser un tabú. ¿Ha cambiado?

Es menos tabú de lo que solía ser, pero todavía hay niveles extraordinarios de vergüenza en el abuso doméstico. Los abusadores a menudo se avergüenzan de su comportamiento más adelante y, paradó- jicamente, esta vergüenza a menudo los hace atacar más a las víctimas. Al mismo tiempo, las víctimas se culpan a sí mismas, pensando que es su culpa que el abusador las trate como las tratan a ellas. Y en mi experiencia, las víctimas a menudo ni siquiera reconocen que son víctimas de violencia doméstica. No ven el control del dinero como un abuso financiero, por ejemplo. O no comprenden que el abuso emocional sigue siendo abuso.

¿Qué efecto tuvo la pandemia en los niveles de violencia doméstica?

El Covid ha sido devastador para las víctimas de la violencia de pareja íntima. En todo el mundo, las cifras se han disparado. China reportó incrementos dramáticos. India también y el mundo occidental vio cómo las tasas aumentaron entre un 25% y un 50%. Al mismo tiempo, aquí en los Estados Unidos, desde donde escribo, las tasas de homicidio han aumentado en todas las ciudades mayores y menores, de hecho, en más de 300 ciudades. Así que ha sido muy, muy malo. Francamente, debe ser una prioridad para todos los países del mundo.

¿Hay más violencia doméstica hoy o las mujeres se atreven a denunciar más?

Esa es una pregunta delicada. En Estados Unidos, las tasas generales de violencia doméstica son más bajas ahora que hace 30 años. Y en muchos países, como Sudáfrica, por ejemplo, o España o Francia, las tasas pueden haber sido constantes, pero hay una conciencia cada vez mayor de la necesidad de un cambio, y cada vez más personas están expresando su opinión sobre esto. Sin embargo, el movimiento global hacia el populismo me tiene preocupada. Las víctimas de violencia doméstica siempre salen perdiendo en los gobiernos populistas, como lo hicieron durante la presidencia de Donald Trump en los Estados Unidos. La violencia contra las mujeres era una prioridad tan baja para él que ni siquiera se molestó en nombrar a alguien para que encabezara la Oficina de Violencia contra las Mujeres.

Las víctimas a menudo parecen no confiar en el sistema judicial. ¿Se justifica esa desconfianza?

Francamente, sí. Con demasiada frecuencia, el sistema judicial no comprende la dinámica de la violencia doméstica y puede empeorar la situación de las víctimas. Por ejemplo, hacer que una víctima testifique contra un abusador puede ser increíblemente peligroso. Cuando las víctimas no se presentan a renovar las órdenes de protección, el sistema judicial lo interpreta como el problema que se está resolviendo, cuando muy a menudo esos resultan ser los casos letales en los que una víctima luego acaba muerta. El sistema judicial quiere víctimas perfectas. Víctimas que hablan bien, que no tienen problemas propios, que no se defienden, y si una víctima no se ajusta a este marco limitado, a menudo no reciben ninguna ayuda de los jueces y fiscales.

¿Qué efectos ha tenido el movimiento #MeToo en esta esfera? ¿Ha habido una reacción por parte de hombres abusivos?

Ojalá el movimiento #MeToo hubiera hecho más para incluir a las víctimas de la violencia doméstica. Siento que nos ha brindado un marco en el que hablar sobre estos temas muy difíciles e íntimos, pero simplemente todavía no estamos allí como comunidad global. Las Naciones Unidas o la Organización Mundial de la Salud publican un informe que dice que la violencia doméstica es una epidemia y la gente se retuerce las manos, pero no parece transformar las políticas ni aumentar los recursos de manera significativa.

¿En cuanto a una reacción violenta? Creo que todo el tiempo de Donald Trump en el cargo fue una reacción violenta aquí en Estados Unidos. Creo que el auge del populismo es, en cierto sentido, una reacción violenta contra los impotentes que intentan disputar algo de poder y tratan de lograr un cambio significativo.

¿Puede reformarse un hombre abusivo?

Yo creo que sí. Pero es como cualquier cosa, como el alcoholismo o la adicción a las drogas. Esa persona tiene que querer cambiar. Y esa persona tiene que ver que habrá un beneficio para su vida si cambia.

¿Es la violencia de género un problema sistémico, como sostiene el feminismo?

Es un problema de personas. Pero los sistemas están formados por personas, así que en ese sentido, sí, definitivamente. Y es perpetuado por sistemas... de patriarcado, de religión, de tradicionalismo, de expectativas de género.

¿Cómo ha sido su experiencia personal con la violencia doméstica?

Cuando era niña, mi padre era violento de vez en cuando. Estoy escribiendo una memoria en este momento y revisando esos días, y es muy, muy difícil. Quizás sea emocionalmente la escritura más difícil que he hecho. Pero mi padre también era un hombre muy divertido y encantador, y en los últimos 20 años de su vida fue amable y cariñoso y nos cuidamos profundamente. Así que no creo que nadie sea la suma de lo peor que él o ella ha hecho en su vida. Todos tenemos defectos. Todos somos complicados. Todos somos dignos de amor.

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