Por Francisco AravenaClaudio Valenzuela: Solista, no solo (una historia de amistad)
Cuando Valenzuela decidió dar el salto en solitario tras el fin de Lucybell, tenía la paz que le daba otra certeza, una que tenía otro nombre y otro apellido: Javier Huerta.

Después de esa noche de octubre del año pasado en el Movistar Arena en que Claudio Valenzuela se despidió por última vez sobre el escenario de sus compañeros de banda y dejó atrás el nombre con el que definió su identidad pública por 35 años, Lucybell, volvió a su casa con la certeza de que tendría que construir un camino con poco más que su nombre y apellido. Es cierto, su carrera solista tenía ya unos años, con un debut formal en 2009, pero estando al frente de una de las bandas fundamentales del rock chileno nunca le iba a dar prioridad. Esta vez Valenzuela estaba decidido a dar el salto, sabiendo que perder no impide apostar; pero tenía la paz que le daba otra certeza, una que tenía otro nombre y otro apellido: Javier Huerta.

Se conocieron sobre escenarios pequeños, montando y desmontando equipos cuando Huerta -entonces estudiante de comunicación audiovisual- asistía en escena a un grupo llamado La Ley y Valenzuela comenzaba a tocar con Lucybell con la fe puesta en un debut discográfico para el que aún faltaban un par de años y que se llamaría Peces. La música y los cables dieron paso a asuntos más mundanos a medida que crecía su amistad, pero también les permitía recorrer otros caminos, como esas sesiones de lectura y escritura de poesía en vivo que durante un tiempo organizaron en el Tomm Pub, en Bellavista (“Hacíamos como una mini obra de teatro para introducir el tema”, recuerda hoy Huerta, entre las risas profundas de Valenzuela). Chile era otro, con una escena expectante, con los sellos discográficos invirtiendo fuerte en las bandas nacionales.
Luego, cuando la década del entusiasmo estaba terminando, La Ley se consagraba internacionalmente y Lucybell empezaba a viajar por radios y escenarios con esa sucesión impecable de discos que pavimentaron su despegue, cada uno siguió por su pista. Huerta había vuelto a estudiar, a trabajar en empresas, a vestir de camisa y corbata en horario de oficina; Valenzuela se había transformado en frontman y estrella de rock full time. Pero los socios creativos seguían encontrando espacios: formaron un grupo de música electrónica que llamaron Link y que tocaba una vez al año. Siguieron orbitándose cuando Valenzuela convenció a Huerta de ser el manager de un joven grupo penquista que él estaba produciendo, De Saloon (una función en la que terminaría quedándose por once años).
“Es culpa de Claudio”, dice Huerta cuando describe su derrotero posterior: armar un sello independiente, abrir una disquería, producir más bandas y terminar moviéndose en la escena de la cumbia local junto a Luis Lambis, en un circuito que ofrecía pocos puntos de contacto con su amigo.

Pero bien sabe Valenzuela que al final de mil caminos siempre habrá desvíos, y cuando esos desvíos volvieron a encontrarlos, con conversaciones entre los ensayos de la gira de despedida de Lucybell en que el músico contemplaba su nueva etapa, y con Huerta entreteniendo la idea de volver a ser manager, productor, socio. Y así, en un momento poco solemne que ninguno de los dos recuerda, acordaron que volverían a ser equipo.
“Estamos inventando de otra forma, estamos organizando todo de nuevo, y eso sólo puedo hacerlo con alguien como Javier, porque nos conocemos, porque somos socios”, dice Valenzuela.
Esta semana, días antes de presentar su nuevo single (Mi montaña) Claudio Valenzuela se reunió junto a Beto Cuevas en un “live” para hacer un anuncio: su participación en el próximo show del Ex La Ley junto a Aterciopelados el próximo 24 de abril en el Movistar Arena. Todo volvía a tener ese sabor a reinicio, con Claudio y Javier raptados del fin, llevados a empezar.
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