Por Ignacio OlivaresEntre la guitarra y la pared
La nominación de Mariah Carey y Shakira al Salón de la Fama del Rock and Roll vuelve a inflamar el innecesario debate sobre qué pretende este lugar. Pero el sentido común llama a la flexibilidad: si está Marvin Gaye, Carole King, T-Rex, Dolly Parton y Jay-Z, es indudable que se trata de una acepción más amplia de la música popular. Lo que no es aceptable es su desconexión con el rock histórico y el trato despectivo que han recibido varias leyendas anteriores a la era de las redes sociales y la composición con algoritmos.

Llega marzo y comienza el cacareo inevitable por las nominaciones al Salón de la Fama del Rock and Roll. Esa entidad, que lleva 43 años cumpliendo una misión difusa -parte arqueología, parte museo de cera- se ha encargado de ser más polémica y provocadora que el mismo rock and roll que pretende resguardar. La cartilla de este año es la muestra evidente de lo que supone representar el salón: aparece Phil Collins, Shakira, Billy Idol, Wu Tang Clan, Mariah Carey, Jeff Buckley, INXS, Iron Maiden, Oasis, Sade y Joy Division/New Order. Algunos son primeros nominados y otros llevan años esperando el honor; algunos están vivos; otros ya tienen obituarios a su nombre. Nadie entiende cómo funciona esta institución y por qué sigue hablando en nombre del rock.
El mecanismo de nominación parte por un comité de “expertos” que presenta una lista corta de candidatos (que deben llevar 25 años de carrera). Esa plantilla pasa a la votación de 1200 delegados: hay músicos, miembros del Salón, productores y periodistas. La opción online para que el público se manifieste pesa, en total, lo mismo que el voto de un delegado: un 0,083%. Los disidentes han alegado que el proceso es sesgado y opaco: más cercano a vender boletos para la cena anual que a reconocer el mérito puro. Jann Wenner, editor histórico de Rolling Stone y fundador del Salón, fue defenestrado en 2023 por comentarios racistas y misóginos. No es casualidad que el criterio electivo del Salón de la Fama haya sido similar al de la revista que dirigía Wenner: exaltar la tendencia, minimizar al resto. Por eso se explica que el rock clásico aparezca entre los ninguneados del Salón y que la vieja guardia opine que, para ingresar a ese club, hay que entrar con los pies hacia adelante y olor a gladiolo. Iron Maiden va por tercera vez y siempre ha quedado entre la guitarra y la pared. El rock progresivo también brilla por su ausencia: King Crimson, Emerson, Lake and Palmer y Jethro Tull no han sido nominados; Yes recién fue elegido en 2017 y Rush en 2013. La presión de los fans fue clave para torcer la mano: de lo contrario, seguirían siendo ignorados, tal como lo fueron en la revista Rolling Stone. El pop también ha recibido un trato despectivo. Chic tiene 11 nominaciones y nunca fue elegido. Uno de sus cerebros, Nile Rodgers, tuvo que recibir un premio honorario para que no fuera tan notoria su exclusión. Ese mismo galardón secundario ha funcionado como placebo para incluir a Dionne Warwick, Jimmy Buffett, Chaka Khan, Billy Preston y Ringo Starr, entre otros.

La nominación de Mariah Carey y Shakira vuelve a inflamar el innecesario debate sobre qué pretende este Salón. Pero el sentido común llama a la flexibilidad: si está Marvin Gaye, Carole King, T-Rex, Dolly Parton y Jay-Z, es indudable que se trata de una acepción más amplia de la música popular. Lo que no es aceptable es su desconexión con el rock histórico y el trato despectivo que han recibido varias leyendas anteriores a la era de las redes sociales y la composición con algoritmos. Una anécdota de los Sex Pistols ilustra el sentimiento de varios nostálgicos. El grupo no llegó a su ceremonia de inclusión como parte de la “Clase de 2006”: en su lugar enviaron un papel manuscrito lleno de insultos que comparaba al museo con una “mancha de orina”.
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