Por Ignacio OlivaresPasajera en trance
Como última exponente de una generación extinta, Mavis Staples aparece como un cordón de plata entre dos épocas y su obra es una reflexión ineludible para los tiempos que corren.

A sus 86 años, Mavis Staples sigue haciendo música desde una perspectiva de orfandad absoluta. Cuando recibió su Grammy como Mejor disco de ‘Americana’ por You are not alone, el mensaje de la cantante fue claro: “Papá, tú estableciste los cimientos, yo sigo construyendo el edificio”. Ella es la última de la estirpe que fundó Roebuck “Pops” Staples a principios de los cincuenta, cuando convirtió a su prole en la encarnación del góspel como colectivo familiar. Mavis apenas tenía 11 años y siguió los consejos de Mahalia Jackson para usar su voz como un vehículo de trascendencia. El paso del testimonio se produjo en 1969, cuando Mavis Staples escoltó a Mahalia en el Festival cultural de Harlem, documentado de manera magnífica en la película Summer of Soul de Ahmir ‘Questlove’ Thompson.
Con el tiempo, los Staple Singers hicieron la transición lógica a la música secular y recalaron en el sello Stax para llevar sus canciones a las listas de popularidad. La voz de Mavis ya era un sello de fábrica: quizás la más expresiva y desgarradora del soul, junto a Gladys Knight. Para entonces, combinaba el canto con el activismo político, marcaba la pauta y sufría en la lucha por los derechos civiles. Su imagen, magnética, atrajo a una serie de pretendientes improbables: hasta el propio Bob Dylan le pidió matrimonio, en un arrebato juvenil que -con los años- mutaría en una amistad platónica. Entre los momentos más entrañables de The Last Waltz, el concierto de despedida del grupo The Band que fue llevado al cine por Martin Scorsese, aparece Mavis Staples haciéndose cargo de The Weight. La cámara logra captar el estado de trance de la artista, que el propio Prince describió como “cuando ves a alguien poseído”.
La emancipación de Mavis Staples fue lenta y dolorosa. Tuvo que llegar el nuevo milenio para que formara sociedades que le dieran confianza y la invitaran a volver al estudio de grabación. Jeff Tweedy, líder de Wilco, se transformó en su productor y confidente y le escribió varias piezas que se adecuaron a su timbre tan característico. Una de ellas fue You are not alone, que la llevó a la cumbre de los Grammy en 2010 y la presentó frente a una nueva audiencia que poco o nada sabía de ella.
En noviembre pasado, Mavis reafirmó esa vocación de seguir grabando con urgencia y presentó Sad and beautiful world, un álbum que funciona como un viaje sentimental por el soul, folk, pop y americana en partes iguales. Producido por Brad Cook, el disco reúne canciones de Curtis Mayfield, Tom Waits, Leonard Cohen, Kevin Morby y Gillian Welch, entre otros autores, y suena como una reflexión del presente que vivimos. El corte que da el título al álbum es una versión de Sparklehorse, la banda del malogrado Mark Linkous, que parece menos depresiva y más resiliente en la voz de Mavis. Cada tema tiene un mensaje entre líneas que descifra el signo de los tiempos con un toque de esperanza. “Una grieta que deja pasar la luz”, como dice “Anthem”, la canción de Leonard Cohen.
Sad and beautiful world no sólo aplica como una banda sonora para un mundo convulso, sino como un testimonio de supervivencia. Acompañada de un abanico de socios (que incluye a Buddy Guy, Bonnie Raitt y al propio Jeff Tweedy), Mavis despliega una voz desgarrada por los años, que logra adaptar a cada interpretación. Como última exponente de una generación extinta, Mavis Staples aparece como un cordón de plata entre dos épocas y su obra es una reflexión ineludible para los tiempos que corren.
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