De empoderamiento, cabreamiento, efervescencia, etc...
<P>El caso del paradero es ilustrativo: los peatones que esperaban ese bus fantasmal carecían de poder para regular el Transantiago para transitar a su gusto, pero al menos tenían poder para perturbar el tránsito de los demás. </P>

Lo ocurrido en un paradero del Transantiago, el miércoles pasado, cuando alrededor de cien personas esperando por más de una hora un bus que nunca aparecía finalmente montaron en cólera, se manifestaron, entorpecieron el tránsito y debió comparecer el ministro del ramo para apaciguar los ánimos, ha sido, es o será considerado como otro ejemplo de lo que el lenguaje del cliché correcto y la moda verbal suele llamar, hoy día, "empoderamiento". El empoderamiento, se dice, está en la raíz de esta repentina facilidad del chileno y chilena, tradicionalmente quitados de bulla, para manifestar su indignación ante los atropellos de la autoridad pública o los intereses privados. El uso de esta palabra se inició probablemente por buenas razones, años ya de eso, pero, como sucede a menudo con conceptos que se hacen parte de la jerga popular y periodística, está usándose tan a menudo y para tantos fenómenos distintos y hasta opuestos que, a fin de cuentas, ya perdió todo significado. ¿De qué sirve un "empoderamiento" enarbolado para explicarlo todo? De nada.
Originalmente y conceptualmente "empoderamiento" significa el proceso en virtud del cual alguien que no tiene poder comienza a adquirirlo. Como es lógico, los que ya tienen algún grado sustantivo de poder no necesitan "empoderarse". Se hace referencia, entonces, a grupos, clases, estratos, géneros, cohortes demográficas, etc. que tradicionalmente han sido subordinados al dominio y a veces también el abuso de otros. Por consiguiente, el estar empoderándose implica no haberse tenido por largo tiempo ni una gota de poder. Y no tenerlo todavía, pues sólo se está en proceso de adquirirlo. Es, de existir, una situación híbrida y por lo mismo generosa fuente de frustraciones. No tener poder en absoluto es una condición a la cual, con el tiempo, el ciudadano o súbdito puede resignarse o acostumbrarse; no tenerlo pero estarse a medio camino de conseguirlo, de modo que los fines que se persiguen simultáneamente están acercándose, pero aun se hayan fuera del alcance de la mano, constituye una situación intolerable. En una condición como esa se está literalmente en el peor de los mundos psicológicos posibles.
¿Y qué sucede cuando el sujeto que presuntamente se está "empoderando" descubre o sospecha que ningún poder valioso se le ha conferido o ha ganado, sino sólo es víctima de una manipulación político-publicitaria? Después de todo el lenguaje del empoderamiento, del "empodérense" y sus variantes, ha venido siempre de arriba, no de abajo. Es de arriba que en un amable gesto de benevolencia y en ánimo de concesiones se le pide o permite a la gente que se empodere. Los de abajo, cuando llegan a la conciencia de sí, de sus derechos ya sean estos reales o ilusorios, nunca han hablado de empoderarse, sino lisa y llanamente de hacerse del poder. En política eso ha tomado muchas formas o giros idiomáticos, como "todo el poder a los Soviets", "poder popular", "el pueblo al poder", etc.
Para ser realistas, el poder que se presume tendrá el que se "empodera" suele ser casi siempre aquella módica porción de autoridad y derechos que no hiere ni lastima el sistema de poder y privilegios imperante, sino más bien lo perfecciona y consolida; se trata de un extra de autonomía y recursos para hacer más eficaz el rodaje de la sociedad, un poder funcional al PODER, uno que permite hacer más eficiente y barata la administración de los recursos; es el "poder" que en una empresa se da al bodeguero para que decida cuánto de mercaderías tener de reserva en vez de decidirse desde una lejana burocracia. Desde ese punto de vista, los tonos o insinuaciones de verdadero poder que se dan al concepto de empoderamiento son un cuento de hadas. No por nada un cínico repelente decía que la democracia era sencillamente un medio más barato de imponer el dominio de clase.
Pero esa no es toda la historia; tal es la complejidad y ambigüedad de los procesos sociales, que el asunto posee más aristas que ser meramente -el empoderamiento y la democracia- un recurso de manipulación, otro más a sumarse a tantos que han habido y en el que debemos incluir uno ya famoso, la "participación". ¡Pregúntenles a los vecinos de ciertas comunas si ha habido mucha "participación" cuando el asunto a resolver por las autoridades ha implicado un interés inmobiliario que implica una gruesa suma de dinero! No sería la primera vez que una elite se caza las manos en su propia trampa.
Volvamos al "empoderamiento". Si bien es cierto que la razón de la efervescencia existente NO ES resultado de una verdadera transferencia de poder hacia la gente común, tampoco podría decirse que el problema es el inverso, que la gente no tiene ningún poder en absoluto. ¡El poder también es atributo con muchas facetas! Su forma clásica es la de disponerse de medios para satisfacer nuestros propósitos, pero a falta de esta apetecida variedad también es poder la capacidad para al menos perturbar los propósitos de otros. El caso del paradero es ilustrativo: los peatones que esperaban ese bus fantasmal carecían de poder para regular el Transantiago para transitar a su gusto, pero al menos tenían poder para perturbar el tránsito de los demás. En otras palabras, entre la tenencia plena del poder y la carencia de él hay un estado intermedio que podemos bautizar, si así lo queremos, JODER, la capacidad de meter un palito en los engranajes, paralizar lo más que se puede la marcha normal de las cosas y de ese modo indirecto presionar por lo que realmente se quiere.
Esa es la clave del asunto: lo que sucede hoy en Chile no es tanto efecto de un empoderamiento general como más bien resultado de una resistencia activa, de un cabreamiento ante el hecho de no tener poder. Normalmente quien tiene poder no necesita quejarse y quien no tiene poder no puede o no se atreve a quejarse.... a menos que se convenza de que hacerlo no entraña costos serios. Y hoy los ciudadanos se han convencido de que no sufrirán daños intolerables por hacer ver su furia. Fuera de eso, tras años de prédicas en ese sentido, están convencidos de la validez de sus derechos; finalmente, observando que las conductas protestatarias ofrecen resultados o podrían darlos, imitan dicha conducta y de ese modo la multiplican. De ahí la efervescencia, que no es otra cosa sino la suma de una multitud de protestas y la facilidad con que se producen.
En resumen, tenemos imitación, tenemos irritación y tenemos indignación; lo que no tenemos es Poder y apenas tenemos "empoderamiento", entendiendo la palabra como indicativa de esa condición a medias que no es ni chicha ni limonada y/o sólo una frase apestando a manipulación o, a lo sumo, un proceso todavía lejos de cumplirse siquiera en los más modestos términos, uno que por lo demás nunca termina, asintótico, infinito, engañoso. Aun así, he ahí las paradojas de la vida social, ese modesto hecho es enorme en sus implicaciones. El despertar desde la insconciente humillación y/o subordinación al estado de furia o rechazo marca el momento cuando la mano bíblica está escribiendo en la pared la fatídica frase "Mene, Tekel, Uparsin", la cual significa "has sido pesado en la balanza y fuiste hallado en falta y tu reino será roto".
¿Qué está siendo hallado en falta? Simple: nuestro orden social pletórico de injusticias, abusos, discriminaciones, prepotencia, inequidad, falencias institucionales y culturales. Y bajo el peso de la noche de una oligarquía política que ha sido cegada, ensordecida, endurecida y entontecida.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE












