El último sueño de Fellini
<P><span style="text-transform:uppercase">[aniversario]</span> A 20 años de la muerte del director de <I>8½</I>, se conoce uno de sus proyectos inacabados: un filme sobre un policía de Roma. Ciclos y homenajes recuerdan al cineasta, ganador de cinco premios Oscar. </P>

Federico Fellini dejó muchos sueños guardados en el cajón. La muerte del prolífico director italiano, hace exactamente 20 años, cerró con llave varios proyectos esbozados y nunca realizados. Por curioso, impetuoso, voraz de rostros, expresiones, atmósferas e historias, Fellini (1920-1993) amontonaba ideas, sugestiones, dibujos, notas. Pero por las mismas razones -y porque era muy detallista- muchas se le quedaban en el aire, sin final feliz.
Uno de sus guiones sin película, quizás el más completo y misterioso, es La mala vida, su único policíaco, inspirado en la vida del agente y amigo Nicola Longo. Aquel texto, deseo sin realizar, sale ahora en las librerías italianas. Il poliziotto (Castelvecchi editores) puede ser una biografía del "poeta con la pistola", como el director definió a Longo, célebre por sus empresas rocambolescas. Sin embargo, el retrato feroz de una Roma oscura y violenta acaba siendo una metáfora del país entero, en aquellos años acribillado por el terrorismo y la criminalidad organizada.
El creador de 8½ (1963) y Amarcord (1973) intentó rodar su crime story dos veces. La primera vez fue a finales de la década de los 70. Sin embargo, peleó con el productor Renzo Rossellini (hijo de Roberto, el director de Roma, ciudad abierta). La manzana de la discordia era el dinero. Fellini quería trabajar en Cinecittà, reconstruyendo la mayoría de las calles y barrios que servían de escenario a las hazañas del protagonista. Rossellini insistía en llevar la cámara al exterior y rodar directamente en los lugares de la capital donde habían ocurrido los hechos. La primera opción resultaba mucho más costosa; la segunda miraba al bolsillo. El acuerdo saltó. El maestro del cine no tiró la toalla.
Si el material contenido en el primer esbozo pertenecía a Rossellini, había que encontrar otro distinto. La vida de su joven y estimado amigo era una olla sin fondo. Así que en el verano de 1983, el maestro y el policía se encierran en el mítico estudio de Fellini en el Corso Italia; la canícula que acechaba tras las persianas entreabiertas, en la penumbra. El director, armado de boli y papel, se sentaba tras el escritorio; el agente, moreno, atlético, musculoso y comedido, se le sentaba en frente, en un sillón Luis XVI que Federico dejaba a sus huéspedes de honor. Uno hablaba. El otro tomaba notas y dibujos, casi sin interrumpir. Quedaba hechizado por aquel cuento frío, destacado, reconstruido con el tono monótono de la actas oficiales, de las muchas que el policía tendría que preparar en su trabajo.
Fellini llegó a orquestar su proyecto en varios episodios. Hurtos, persecuciones, peligrosas operaciones de infiltración entre los narcotraficantes: cada cosa contada sin presunción, sin retórica, demorándose en los rostros, en las personas, a la manera de Fellini, donde la realidad nunca luce un solo nivel, sino que siempre llama a una atmósfera onírica, una verdad metafórica que trasciende los hechos. Escribe en su introducción: "El género policíaco me parece hoy el registro más adecuado para una interpretación y, aún más, una descripción, de la sociedad, de la ciudad, de la dimensión de violencia en la que vivimos".
El héroe era Longo: "Un agente de policía capaz, valiente e inteligente. Como en las más clásicas crime stories, el mundo analizado será el de la criminalidad y de la policía, las dos caras de un mismo fenómeno, el negativo y el positivo de un inagotable cuerpo a cuerpo".
Lo que le gusta a Fellini, le hechiza, le atrapa de su personaje en carne y hueso, es la manera de contar esta guerra entre bien y mal con vehemencia, con amargura por la naturaleza humana, pero sin excesos, sin superioridad. Si Fellini hubiera rodado la película, Longo hubiera sido el Frank Serpico italiano, el honesto, obstinado y solo policía que inspiró la película de 1973 de Sidney Lumet.
Anécdota tras anécdota, personaje tras personaje, el cuento de Longo -escueto "como el relato de un espeleólogo", lo definió Fellini- pintaba una Roma opuesta a la frívola y bellísima retratada en La dolce vita. Las miserias, la droga, las armas son el contrario de la Fuente de Trevi sumergida en la noche, del escote de Anita Ekberg, y del gatito blanco y frágil que ella recoge. Lo entendió perfectamente el productor Alfredo Bini, que tras leer el sujeto llamó al cineasta entusiasta: "Magnífico, óptimo. Debes hacerlo. Empezamos mañana. ¡Te mando el contrato! Ya tengo el lema publicitario: '1960: Fellini hace La dolce vita. 1980: Fellini hace La mala vida'. ¡Será un éxito mundial!". Tanto calor, inesperadamente, enfrió al director. Cuando todo parecía encarrillado, anunció que abandonaba el proyecto.
Fellini vivió 10 años más. En el mismo 1983 filmó E la nave va; dos años más tarde, Ginger y Fred. Siguió Entrevista, en 1987, y su adiós a la gran pantalla con La voz de la luna, en 1990. Tres años después retiró el último -el quinto- Oscar, el para su trayectoria. A finales de su 74º verano, se atragantó con un trozo de mozzarella y sufrió el enésimo derrame cerebral. Le fue fatal. El 30 de octubre celebraba los 50 años de matrimonio con la compañera, esposa y amiga Giulietta Masina. Su funeral de Estado fue uno de los primeros eventos masivos que los italianos pudieron seguir en directo en la televisión.
Antonello Sarno recuerda aquel día con el documental Federico degli spiriti-L'ultimo Fellini, con testimonios de Woody Allen, Giuseppe Tornatore, Dante Ferretti, Ettore Scola, entre otros. Será proyectado en el Festival de Cine de Roma, la semana que viene, como homenaje al director de la pipa y bufanda roja.
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