La reinvención de un antiguo colchonero
<P>Raúl Pérez lleva 64 años metido en las camas de los santiaguinos. Hoy se instaló en el barrio Italia para rescatar viejos colchones de lana. </P>

En calle Tegualda, entre Fresia y Caupolicán, hace poco más de un mes abrió un restaurante de comida chilena, llamado Colchón de Oveja. Ahí, las mesas son antiguas máquinas de coser a pedal, cubiertas por un vidrio, las mismas que se usaban en la Antigua Colchonería Marín hace 65 años. El local ocupa una casa remodelada y es, de hecho, propiedad de la familia Marín, dueña de la fábrica de colchones creada en 1945 y que llegó a tener varias sucursales en Santiago. Es la misma que en los 80 se anunciaba en El Festival de la Una, bajo el eslogan: "Donde duerme Fermín, en un colchón Marín".
En el restaurante, detrás del comedor y frente a la cocina, los dueños habilitaron una especie de showroom, donde se fabrican, arreglan y exhiben colchones de lana y algunos de resortes. Ahí, entre el olor a carbonada y la música ranchera, trabaja Raúl Pérez Cabezas (78), el maestro más antiguo de la empresa.
"Llevo 64 años haciendo colchones. Llegué como repartidor y aprendí mirando a los antiguos maestros. Trabajé con los dueños originales, luego con sus hijos y ahora con sus nietos", cuenta. Pese a que el espacio es reducido, alcanza para que sobre una mesa improvisada repose un colchón de dos plazas abierto de par en par, del que la lana de oveja sale a borbotones. No se trata de cualquier tipo de lana, sino de la de vellón, la del lomo del animal y que es más limpia y suave.
Raúl fue trasladado al barrio Italia hace un par de meses, desde la fábrica ubicada en el paradero 5 de Gran Avenida, con el fin de atender a los clientes tradicionales de la marca. Sin embargo, la mayor parte del tiempo está en casas de comunas como Las Condes y La Reina, reparando viejos colchones.
"La gente antigua prefiere los de lana, que es calentita en invierno, fresca en verano y eterna. Para repararlos los abro, los arreglo, les pongo un poco de lana nueva y ya está. Las personas que atendemos saben que un colchón arreglado es mucho más cómodo que uno nuevo", cuenta.
Pérez recuerda los tiempos en que sus clientes mandaban a reparar los colchones una vez al año. "Hoy lo hacen cada cinco o cada 10 años, cuando se rompe la tela", afirma. Pese a ello y aunque ya está jubilado, sigue trabajando "a voluntad". Hay algo de resistencia personal a dejar que una tradición muera en la ciudad.
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