Manifiesto: Jorge Awad, presidente de la Asociación de Bancos

En la comida, el producto base es lo que lo hace todo, las salsas y otros agregados son sólo eso: accesorio al lado de lo que realmente importa. A mí me gusta mucho la buena mesa. Por eso siempre quise ser un empresario gastronómico. Finalmente nunca se dio, me dediqué a otros rubros, pero me quedé con el gusto de comer comida rica. Siempre he tenido el ADN de buscar y conocer los lugares adonde voy o, estando en Chile, ir desde la picada hasta el restaurante de moda. Soy un comprador de delicatesen para llevar a mi casa, pero yo no cocino. Siempre he estado rodeado de mujeres: mi mamá, mis tres hijas, o sea, en definitiva, siempre he estado atendido. Soy un usuario de las cosas ricas. Los árabes tenemos esto de atender, expresar el cariño y el afecto a través de la comida. Antes iba más a las picadas, ahora último no tanto. En cada lugar sé lo que voy a comer, no veo el menú. Lo que voy a comer lo pienso antes de ir. ¿Y si no hay postre...? Si no hay postre, no hay almuerzo.
Relacionar el dinero con la riqueza o la pobreza es un poquito fatuo. No le doy otra atribución al dinero más de lo que es: una parte de los medios de pago que una persona tiene. Mi padre falleció cuando tenía seis años, por lo que me tocó asumir responsabilidades desde muy pequeño. Yo empecé a construir el patrimonio económico a través de un patrimonio intangible, un patrimonio familiar: mi madre y yo. Y eso costó. Salí construyendo desde niño una perspectiva de ser adulto, en un cuadro familiar de apariencia muy débil pero sólido en lo valórico. Y eso finalmente me dio el acceso a una educación pública que partió en el Instituto Nacional y siguió en la Escuela de Economía de la Universidad de Chile. Por eso, cuando me preguntan por dinero o patrimonio, yo digo que para llegar a eso primero es muy importante tener un patrimonio familiar y del conocimiento.
El secreto de la vida es que hay que tratar que el envase sea lo más parecido al contenido, eso se llama producto confiable y es mi lema. Todo se trata de ser confiable, eso me lo enseñaron desde muy chico y aplica para cualquier ámbito. A mis alumnos y a todos los que de alguna manera creo formar les transmito esto.
Tuve muy poca juventud y la verdad es que no me arrepiento, porque hice de todo. Mientras todos iban a fiestas, yo trabajaba o estudiaba. Vendí libros, enciclopedias, trabajé durante todos los años de la universidad, las vacaciones también porque sentía esa responsabilidad. Casi bato un récord de los más jóvenes en un cargo público, porque a los 22 años ya era director de Dirinco, que vendría siendo como el Sernac de hoy. Lo único malo es que algunos empresarios en las reuniones me decían: "Jorgito, yo te tuve en los brazos". Nunca supe si era verdad o no, sólo sé que a partir de entonces empecé una carrera ejecutiva fuerte.
En cualquier ranking que se haga de los presidentes de la república del último tiempo, Frei Montalva debiera estar entre los primeros. Es el político que más admiro en la historia. Yo me formé en mi etapa de juventud, en el ámbito de los valores, oyendo sus discursos. Respecto del tema de su muerte, he estado tan cerca de la familia, que les creo mucho más a ellos que a los dictámenes que han ido saliendo.
Mi primer cargo de representación popular fue ser delegado de tiza. En el Instituto Nacional se robaban la tiza, entonces los cursos tenían una persona que guardaba en los casilleros la tiza, para que cuando el profesor llegara se la entregara. Era como el chupamedias del profesor. Después fui vicepresidente del Centro de Alumnos de Ingeniería en la Chile y más tarde fui candidato a concejal por Ñuñoa. Empecé a trabajar a los 18 años, ahora tengo 68, así que creo que ya es tiempo para el descanso. En abril del próximo año cumplo cuatro años en la Asociación de Bancos y este es un período más que suficiente para decir que las próximas generaciones, por definición, son siempre mejores.
No sólo importa hacia dónde vamos, sino también de dónde venimos. A veces pienso que al país le falta aprender un poco de eso: en vez de pensar siempre en la meta, hay que saber disfrutar del recorrido. Tenemos que recordar de dónde venimos. Es bonito cuando uno llega de un viaje, después de mil kilómetros de travesía. Uno puede bajarse y preguntar cuándo partimos de nuevo. O puede disfrutar ese viaje. A mí me da la sensación de que hoy estamos en una instancia en que Chile debe pensar qué lindo fue el viaje. Cómo no va a ser atractivo un país que, independientemente de la velocidad con que se esté haciendo o de los cambios que todavía tenga pendiente, está preocupado de reformas tributaria y educacional, y no tiene que estar preocupado de que le renegocien una deuda, o que le abran un mercado, como otros.
Me tocó conocer de cerca al cardenal Raúl Silva Henríquez, en la Universidad Católica, cuando yo era vicerrector económico y él, Gran Canciller. Lo que más recuerdo de él es que nunca podía comer solo. Entonces, cuando no tenía con quién almorzar o comer, llamaba a su círculo de amigos más cercano para que lo acompañaran. Y te podía llamar un sábado, a las ocho de la noche, para que fueras a comer con él. Podía ser a cualquier hora. Me tocó varias veces dejar de hacer algo con mi familia por ir a comer con él. Su dicho final, después de comer, cuando se tomaba un bajativo, era: "Esto no da para más, se ha acabado la cebada". El me casó. Fui cercano a él, más de 20 años de su vida. Lo más admirable de él era su discurso, su personalidad fuerte y, a la vez, su sencillez.
Discusiones como la del lucro se resolverían si pasáramos de tener empresas económicas a tener empresas ciudadanas. En vez de andar debatiendo sobre si lucro a favor o lucro en contra, debiéramos avanzar en una nueva concepción de las empresas. Las empresas no tienen que dedicarse sólo al consumidor, sino a tener una relación con los ciudadanos. Esto significa que tú no te preocupas sólo de qué te van a comprar, sino que también dónde está el que te compra. La empresa no termina en la puerta física, sino que nace y termina en la sociedad.
Lo que ocurre con la Selección sirve para confirmar que el capital humano es hoy más fuerte que el capital económico. Hay 11 jugadores titulares en la selección chilena. Los 11 juegan fuera de Chile. Y los países donde juegan estos jugadores quedan eliminados del Mundial: España, Inglaterra, Italia. ¿Qué es lo que finalmente gana? El capital humano, los jugadores chilenos. El capital humano tiene tanta o más trascendencia que el económico. Porque si bastara eso, estos tres países saldrían campeones siempre. Por eso la reforma educacional es clave, porque nos permite que más jugadores chilenos compitan en las mejores ligas mundiales.
Para nadie es un misterio que la banca es una institución no querida, pero sí muy respetada y muy confiable. Obviamente, cuando la gente va a pedir un crédito va feliz, pero cuando tiene que ir a pagar no va tan feliz. Son gajes del oficio. Es lo mismo cuando vas a comer a un buen restaurante: disfrutas todo lo que te sirven, estás feliz, pero después, cuando te pasan la cuenta, alguien se podría deprimir. Esto pasa aquí y en la quebrada del ají. Eso es así nomás. La banca ahora está constantemente en escrutinio.
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