Memorias de una peluquería
<P>El salón de belleza Look, rebautizado así hace una década, cumplió cincuenta años. Por sus puertas pasaron divas del teatro de antaño como María Cánepa y Silvia Piñeiro. Con el transcurso del tiempo, llegaron nuevos clientes: el público masculino. </P>

Corría el año 1962. Mientras el país palpitaba con el Mundial de Fútbol, Filomena Teran Cruz, conocida por todos como Menita, vibraba con la apertura de su peluquería en el centro de Santiago.
"Las calles estaban repletas de gente, todo era efervescencia y entusiasmo y la peluquería también estaba llena, porque ahí teníamos un televisor para ver los partidos", recuerda hoy la dueña del negocio que cumple 50 años.
Estudió un año y trabajó en varios salones -incluyendo el que tenía el Hotel Carrera en calle Carmen- antes de lograr una fiel clientela que la animó a poner su primer local en Agustinas con Mac Iver.
"Partí a los 16. Empecé de abajo, lavando el pelo y luego mirando y practicando. Ya cuando sabía peinar, pusimos la peluquería con una amiga", dice. Y de ahí no ha parado de trabajar.
Obviamente siempre bien peinada, evoca con nostalgia los tiempos en que las damas de sociedad iban siempre arregladas. "La gente se peinaba mucho en esa época, cada semana y siempre con un peinado diferente. Ahí uno tenía que ingeniárselas. Hacía peinados con horquillas, porque antes no estaban todos los productos que hay ahora. Podía hacer los moños nido, gatito y alcachofa. Tenía clientas que podían tener 15 días el moño hecho y no se les desarmaba", detalla.
Entre las mujeres que ha atendido en estas cinco décadas se cuentan las legendarias actrices María Cánepa, Kerry Keller y Silvia Piñeiro. También a Inés del Solar Rosenberg y sus hijas Mariana y Fabiola (madre y hermanas del ex canciller Orlando Letelier), varias esposas de diplomáticos, entre ellas la mujer de Hernán Santa Cruz, embajador de Salvador Allende, y emergentes empresarias del centro.
De esa época, en que tenía clientas que hacían fila desde las ocho de la mañana para ser atendidas, permanecen los gruesos espejos, el mostrador de la caja y un secador de pie que la acompañó por 40 años y que sólo hace un par de semanas dejó de funcionar.
Por trabajar en el centro le tocó ser testigo una y otra vez de la historia. Como cuando vio peleas callejeras con piedrazos durante la Unidad Popular o cuando junto a sus empleadas sacaron las sillas de la peluquería a calle Merced para observar de cerca la caravana de Juan Pablo II en 1987.
Pese a estos eventos, pocas veces han cerrado las puertas. "Si hasta atendí días después del golpe", recuerda Filomena. Su asistente Paola Olivares replica "incluso una señora quiso venir a peinarse igual el día después del terremoto, pero ahí no abrimos".
Con el paso de los años llegaron los nuevos productos de belleza y también los nuevos clientes: el público masculino.
"Antes las peluquerías eran sólo para damas, el unisex es sólo de hace unos pocos años, si antes hasta se usaban camarines separados con cortina para que las mujeres que se hacían tintura no pudieran verse", señala la dueña.
Hoy, por la puerta del local que desde hace 11 años se ubica en calle José Miguel de La Barra, entran oficinistas, médicos y abogados.
Al cruzar el letrero de neón con una gran tijera roja, se escuchan los secadores y el constante murmullo de la clientela.
Mari, Tatiana, Anita y Paola cortan, lavan, peinan y maquillan. Se mueven de un lado para otro entre cepillos, tijeras, tinturas y cajoneras llenas de tubos.
"Desde hace unos años la mayoría de nuestros clientes son varones, que son más fieles que las damas. Hay algunos que junto con cortarse el pelo se hacen la permanente, se alisan el cabello o toman un tratamiento de simulación de canas", revela Paola Olivares.
Sin embargo, para Filomena estos tiempos no tienen mayor desafío. "Antes armaba peinados de acuerdo al rostro de cada persona. Ahora, el peinar no tiene ningún arte, porque todas sólo quieren tener el pelo liso", cuenta con algo de decepción.
Por eso, ella sólo se queda con las antiguas clientas. Las pocas que sobreviven y que tiene anotadas en una gorda y vieja agenda del año 79. "Se han muerto tantas... Otras se fueron a Providencia y Vitacura y les piden a sus hijas que las traigan, porque ya no pueden andar solas. La mayor que tenía, Sarita Topenberg, una israleita de 96 años, murió hace unos meses", confiesa.
Atrás quedaron los premios y un viaje a un mundial de peinados en Francia. Ahora están sus peluqueras que le siguen el paso y la fiesta de los 50 años. "Es la primera vez que vamos a celebrar", remata.
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