Mi manifiesto: Carlos Ominami

El cuiquerío, el arribismo no me gusta. No me gusta la ostentación. La manera de hablar de los cuicos me carga: la papa en la boca, las mujeres tienen un pito, cómo se refieren a la gente modesta... Hay prejuicios, son machistas, homofóbicos. Incluso en la política de izquierda hay mucho de eso, pero tratan de mostrar otra cosa.
Nací, a mucha honra, en el Hospital de Carabineros, en la calle Antonio Varas. Y viví en la calle Coquimbo 870 por 10 años, cerca del Teatro Caupolicán. No tenía cama propia; dormía en el sofá-cama del living. Era un barrio duro, de clase media pobre. Me quedaba muy cerca del colegio, el Instituto Nacional. Después vivimos en el paradero 28 de la Gran Avenida, en una casa de la Fuerza Aérea, donde teníamos patio.
La Concertación era en un comienzo una joven buenamoza, pero con el tiempo se transformó en una vieja con un poco de Alzheimer.
Me fui del PS porque no había nada del partido al cual ingresé a mediados de los 80. Siempre pensé que podía ser la casa común de los partidos de izquierda, como en Francia. Eso pasó al principio, pero se fue perdiendo. El PS hoy es un partido conservador, que no hace un aporte sustancial para una transformación, y su convivencia interna me estaba haciendo mal para el alma y el corazón. El día en que renuncié al PS nadie dijo ni una réplica. Le hablé a las paredes. Camilo Escalona me miraba, no sé si me escuchó.
Soy socio de la "U" desde hace más de 50 años. Voy al estadio desde que tengo 10 años, mi papá me llevaba. Soy azul en las buenas y en las malas. Tengo camiseta, pero no voy con ella, soy un hincha sobrio.
Soy muy aplicado con el tenis. Juego tres veces a la semana. Juego en campeonatos de gente como uno, donde soy de la mitad para arriba, en el Sport Francés. Es uno de mis equilibrios más importantes: logro casi siempre sacarme de mis preocupaciones, me obliga a hacer despliegue energético, me ayuda a mantenerme en el peso, algo que me importa mucho. No quiero ser un viejo guatón pelado. Juego con amigos de la política, como Jorge Burgos.
No tuve más hijos porque sentí que con Marco (Enríquez-Ominami) me bastaba y sobraba. Sí se me pasó por la cabeza tener un hijo biológico, lo intentamos con la Manuela (Gumucio, su esposa), pero no resultó.
Lo mejor que he hecho en mi vida es Marco. Yo tuve que construirme como padre. Marco tiene un papá muerto, pero con una imagen muy fuerte. Tuve que ganar el espacio en la competencia con uno de los héroes de la izquierda chilena. Yo le planteé a Marco legalizar la adopción cuando él era grande, tenía más de 20 años. Yo le di mucha vuelta a formalizar las cosas, no quería ponerlo a él en una situación compleja, no quería que sintiera que le estaba sacando una parte de Enríquez.
Tengo gusto de empleada: me gusta la música mexicana, Marco Antonio Solís, los boleros, Juan Gabriel. De los antiguos, me gusta Feliciano. Fui a ver a Cat Stevens y a Paul McCartney. También tengo un lado más serio y me gusta la ópera.
Me gusta mucho el barrio República. Me encantaría que la ciudad estuviera hecha para que uno pudiera vivir ahí, pero desgraciadamente la mayor parte de las personas que uno conoce vive de Plaza Italia para arriba, entonces irse a vivir a esos barrios es irse contra la corriente. El barrio República tiene historia de verdad. No es de esos pedazos de tierra arrasada. Cuando voy a La Dehesa me pierdo, es un barrio sin personalidad, una copia de Beverly Hills.
A Sebastián Piñera le tengo aprecio, porque lo conozco personalmente por cosas familiares. La Manuela es amiga de la familia de Piñera. Con Sebastián, al menos una vez al año, uno visita la casa del otro. Le tengo respeto por su capacidad de trabajo e inteligencia, pero no es un buen presidente. Es un atarantado, que hizo algo complicado. No creo que él sea de derecha. El calza más con la Democracia Cristiana, pero terminó ahí porque en la derecha se puede saltar la fila y llegar primero.
Me he operado dos veces la columna. Me impide estar parado mucho rato, se me acalambra toda la pierna. Tengo 10 fierros en la parte lumbar, soy como el hombre biónico.
Me preocupo de la pinta, controlo mi peso. Ya no tomo alcohol, sólo vino. Cada vez que se me pasa la mano comiendo, busco compensarlo al día siguiente. Hago dietas brutales. La única vez que he sido gordo fue a los 12 años y lo pasé mal. Me mata la imagen del gordo parrillero.
He viajado por lo menos 15 veces a Japón. Me gusta la cultura japonesa, leo a autores como Yukio Mishima, pero todavía no puedo leer ni hablar en japonés. Me encanta la comida japonesa. Cada vez me acerco más a Japón, incluso tengo primas lejanas que viven allá. Lo que tengo de la cultura japonesa es el orgullo, que no me pasen por encima. También me parezco en que son sobrios en la expresión de sentimientos: los japoneses no se tocan, no se saludan de mano.
Voy mucho a restaurantes peruanos y mexicanos, para mí son las mejores cocinas latinoamericanas. La cocina chilena es modesta, casi nada es propio, todo es heredado.
Con mi clóset soy maniático. Ordeno todas las cosas por color, de claro a oscuro. Soy preocupado de cómo me veo, pero fome para vestirme. Me cuesta ponerme ropa clara, funciono entre el negro y azul. Tengo un walk in closet sólo para mí. Lo que más tengo son chaquetas, aunque termino siempre usando una azul con botones dorados. Tengo más de 100 corbatas: todas de un solo color, porque no me gustan con rayas o monitos.
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