Diario Impreso

Si no lee este artículo tendrá siete años de mala suerte

<P>Nadie está a salvo de la superstición. Por algo usted siguió leyendo. Lo bueno es que hoy los científicos entienden cómo y por qué funciona: creer en un amuleto o cábala provoca un efecto placebo. Y el origen es evolutivo.</P>

En la película Conocerás al hombre de tus sueños, un coro de personajes racionales vive dando palos de ciego en busca de la felicidad. Y, paradoja, el destino sólo parece sonreír a una mujer que se vuelve adicta a los consejos de una adivina, una especie de Yolanda Sultana que atiende en Manhattan.

Woody Allen aborda, muy en su estilo, un tema tan universal como la superstición. Porque, nos guste o no, en algún momento de nuestras vidas todos creemos en que un evento sobrenatural nos traerá buena o mala suerte.

Lo curioso es que la inmensa mayoría de las veces el talismán no funciona y hasta puede que estorbe. Piense en cuántos kilómetros camina en su vida -en su afán por evitarlos- alguien que cree a pie juntillas en que los gatos negros traen mala suerte.

Así mirada, la superstición aparece como una conducta desadaptativa. ¿Pero cómo se explica entonces que una especie exitosa -el homo sapiens- sea la que conserve la mayor cantidad de ritos relacionados con la fortuna? ¿O cómo se entiende que funcione sin problemas el guión de Conocerás al hombre de tus sueños, donde el personaje con un mejor final es el que desperdicia una fortuna en la consulta de una bruja?

Los científicos encontraron una explicación: conductas como llevar un amuleto o practicar una cábala provocan en las mentes un efecto placebo y, al mismo tiempo, constituyen un vestigio evolutivo de nuestra temprana capacidad para aprender de la experiencia.

Un ejemplo, un tótem que en un momento imprimió valor a nuestros antepasados cada vez que debían abandonar la caverna en busca de alimentos y enfrentar la muerte, quedó en nuestro repertorio de conductas como una especie de "muela del juicio" cognitiva.

Veamos por qué.

Palomas con fe

La superstición es una rareza evolutiva. Continúa grabada en nuestros genes, a pesar de que ya no representaría ninguna ventaja y, al revés, podría redundar en pérdida de energía y oportunidades (en el caso del personaje de Allen de mucho dinero). Pero es omnipresente, incluso en otros animales.

Un artículo publicado por Physorg.com recuerda un estudio pionero realizado en 1948 por B.F. Skinner. El sicólogo puso en una jaula a un grupo de palomas medio hambrientas, a las que se les ofrecía comida en intervalos regulares de tiempo, pero muy cortos. Fue así como los pájaros comenzaron a desarrollar conductas estrafalarias, como girar sobre sí mismos o moverse de lado a lado, como si existiera una relación entre sus "danzas-ofrendas" y la llegada de comida. Claro, el alimento era escaso y las palomas "rogaban" con estas conductas su aparición. Lo curioso es que una vez que el problema fue resuelto y los granos estaban allí por largos períodos, las aves mantuvieron sus movimientos rituales, supersticiosos.

¿Y acaso nuestros antepasados no danzaban para que lloviera y así obtener alimentos? Según un estudio publicado en Animal Behaviour, por los biólogos de la U. University (Ottawa), Kevin Abbott y Thomas Sherratt, lo que tanto las palomas como los primeros humanos hicieron fue desplegar una serie de acciones para aprender de la experiencia.

Al no contar con toda la información necesaria para enfrentar un escenario determinado, animales y personas se ven en la necesidad de hacer una "apuesta" y actuar de una determinada forma, a pesar de que no existan evidencias de una relación causa-efecto entre su acción y lo que se proponen. Un ejemplo: si la primera vez que se sembró a la luz de la Luna dio una buena cosecha, más vale perpetuar esa acción en el futuro que arriesgarse a fracasar, a menos que alguien demuestre lo contrario, algo muy difícil.

La superstición tendría, entonces, su origen en los mecanismos propios del aprendizaje, del ensayo-error. Ahora, para explicar su efecto placebo podemos observar el fenómeno de las pulseras mágicas, esas que ofrecen un supuesto equilibrio electromagnético y la obtención de todo lo bueno de este mundo.

¿Por qué si no existe ninguna prueba a favor de las pulseras, miles de personas educadas de todo el mundo continúan comprándolas? La respuesta es que el mentado amuleto, al igual que los placebos que se usan en medicina, produce en quienes creen un efecto relajante, que les infunde confianza y seguridad. La explicación fisiológica es que tanto una pastillita como una pata de conejo actúan estimulando el núcleo accumbens, un conjunto de neuronas identificadas como el centro del placer.

Y si ahora le decimos que para evitar siete años de mala suerte debe volver a leer este artículo, ¿lo haría?

Más sobre:Diario Impreso

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Lo más leído

Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera

Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE