Por Martín CifuentesUn nuevo pulpo encontrado en las costas chilenas revela aspectos desconocidos del océano
El hallazgo, identificación y descripción de un ejemplar octópodo –bautizado como Graneledone sellanesi– es resultado de más de dos décadas de trabajo científico liderado por investigadores de la Universidad Andrés Bello. Un hito que ha permitido dimensionar cuánto desconocemos aún de los ecosistemas profundos y cuán rápido los estamos alterando, al punto de que muchas especies desaparecerán antes de que siquiera las conozcamos.

“No fue solamente describirlo: aquí lo que se hizo fue descubrir una nueva especie”, dice la bióloga evolutiva de la Universidad Andrés Bello (UNAB) María Cecilia Pardo.
Para el común de las personas, el océano profundo aún es un concepto. Una abstracción. Probablemente, un chileno se lo imagina como un espacio oscuro, frío y distante, totalmente desconectado de lo cotidiano.
Sin embargo, en esos mismos ambientes, donde no llega la luz solar y la presión es extrema, también suceden procesos ecológicos y evolutivos que son clave para el funcionamiento del planeta y que aún restan por descubrir.

Fue específicamente en el Pacífico Suroriental, frente a las costas de Chile, donde acaba de ocurrir uno de estos hitos: la identificación de una nueva especie de pulpo, el Graneledone sellanesi, un cefalópodo de tamaño mediano, sin saco de tinta, que durante mucho tiempo pasó desapercibido para la ciencia a pesar de que algunos ejemplares ya estaban resguardados en colecciones científicas.
Su descubrimiento y descripción no es sólo una curiosidad taxonómica, sino que también es una señal sobre cuánto nos queda por investigar bajo la superficie, “porque no nos podemos basar en un ejemplar solamente”, enfatiza María Cecilia Pardo. “También hay variación dentro de una especie. No todos somos iguales y esa variabilidad tiene que contemplarse”.

En el ojo mediático, los descubrimientos científicos suelen plantearse como eventos puntuales. Un suceso con causa y efecto. Pero, en la práctica, se trata de procesos largos y acumulativos.
Así lo explica la científica chilena y académica de la UNAB. “Esto involucró muchos años para poder ver que ciertas características no coincidían con otras especies que ya estaban identificadas”, describe.
Un largo camino para su descubrimiento
El hallazgo del Graneledone sellanesi, realizado junto al investigador Christian Ibáñez -ambos académicos del Departamento de Ecología y Biodiversidad de la Universidad Andrés Bello- comenzó en el año 2000 a partir de ejemplares recolectados como fauna acompañante en faenas de pesca de profundidad. “El tiempo es relativo, porque todo depende de la facilidad de adquisición de las muestras: como estos son animales de profundidad, cuesta más obtenerlos”, señala.
Los organismos se pueden encontrar entre los 436 y los 1.482 metros de profundidad, lo que limita drásticamente el acceso a nuevos especímenes. Por ello, la confirmación de la especie se realizó mediante taxonomía integrativa, que es un enfoque que combina análisis morfológicos detallados con herramientas genéticas.
En este caso, se contaron entre 43 y 45 ventosas en el brazo hectocotilizado de los machos, se describió un órgano del embudo con forma de “VV” y se identificaron entre seis y siete laminillas por hemibranquia.

A ello se sumó el análisis de marcadores mitocondriales (16S, COIII y COI). “La parte molecular tiene un peso primordial, pero la taxonómica también, porque no se anulan, se complementan”, explica Pardo.
Al hacer uno de estos trabajos, añade, deben presentar un holotipo que va a ser el representante de la especie. Además de eso, existe todo un protocolo cuando el trabajo se publica, puesto que deben ingresarlo en una base de datos para indicar que esta es una especie nueva.
Desde fuera del ámbito científico, puede parecer irrelevante la existencia de una especie más o una menos en las profundidades marinas, pero la relevancia va mucho más allá del número.
“Las especies que existen hoy cumplen una función dentro de un ecosistema del que nosotros también formamos parte, porque nada está ahí por azar”, advierte la investigadora.
La biodiversidad actual se produjo durante cientos de millones de años de procesos evolutivos. Alterar el equilibrio puede traer consecuencias directas en ciertos fenómenos, así como la regulación climática, la producción de oxígeno o la estabilidad de los ecosistemas marinos.
El problema, explica la bióloga, es el desfase entre los tiempos naturales y la velocidad del impacto humano. La crisis climática, la acidificación de los océanos y la presión extractiva están cambiando tan rápido estos ambientes que su comprensión y manejo se vuelve cada vez más difícil.
“Cuando se va reduciendo la biodiversidad, finalmente es un síntoma de que estamos causando algo grave”, afirma. “El objetivo hoy no es mejorarla, sino al menos mantenerla”.
Conocer para proteger
Uno de los principales riesgos en los ecosistemas profundos es que su deterioro pase desapercibido. Debido al descuido del ser humano, podría suceder que especies y comunidades enteras desaparezcan antes de ser descritas.
En ese contexto, la investigación cumple un rol central en la conservación. “Cuando tú quieres conservar algo, primero que todo, necesitas saber lo que tienes”, resume María Cecilia Pardo. Sin información sobre distribución, profundidad, reproducción o abundancia, cualquier medida de protección va a adolecer de base científica.
En el caso de Graneledone sellanesi, los datos indican que podría habitar incluso hasta los 2.454 metros de profundidad. Esto sirve para crear políticas públicas, áreas marinas protegidas o regulaciones pesqueras, porque continuar explotando y explorando sin conocer esos parámetros puede llevar a puntos de no retorno, como ya sucede con otras especies marinas.

Pardo es cuidadosa en no sobredimensionar el hallazgo. “No es un indicativo de cómo están los ecosistemas profundos”, aclara, “pero sí es indicativo de que nos falta mucho por conocer”.
El estudio también es resultado de una amplia colaboración internacional. El nombre de la especie rinde homenaje al oceanógrafo Javier Sellanes, académico de la Universidad Católica del Norte que ha liderado numerosas expediciones de profundidad en la región. Además, tuvieron que contrastar material genético y ejemplares con colecciones de museos en Alemania, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Chile.
“Los museos no son bodegas de especies sin nombre; los ejemplares llegan porque investigadores los aportan”, subraya la científica, tomando cierta distancia con esa narrativa frecuente en la cobertura mediática. “Abrevian tanto que finalmente cambian el contexto del trabajo”, añade.
“La investigación colaborativa es fundamental”, afirma Pardo. Hoy, el equipo chileno, además, trabaja junto a especialistas de India, Rusia, Argentina, Brasil, Perú y Nueva Zelanda en un proyecto que busca modelar el impacto del cambio climático en cerca de 800 especies de cefalópodos a nivel global.
Más allá de los métodos y datos, la investigadora identifica una motivación común en este tipo de trabajos. “El asombro es lo más importanta para un científico y hay que mirarlo con humildad, porque finalmente lo que se busca es aportar”, dice.
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