Por Andrés GómezPaolo Bortolameolli: “Siempre pensé la música clásica como rock: música liberadora, rebelde, urgente”
En enero asume como director titular de la Orquesta Filarmónica del Teatro Municipal, con un proyecto que mezcla innovación, repertorios inesperados, experiencias inmersivas y una visión formadora del arte. La próxima semana dirigirá dos conciertos para celebrar los 70 años de la orquesta que lo inspiró a dedicarse a la música.

Camina con energía entre los pasillos del Teatro Municipal de Santiago. La cámara sigue a Paolo Bortolameolli y el director se dirige directamente a ella. Entra a la gran sala, baja al foso de la orquesta, sube al escenario. Habla con los músicos y con los encargados de la escenografía giratoria de Salomé, la ópera de Richard Strauss basada en la obra de Oscar Wilde. La grabación es un pequeño viaje guiado detrás de escena de la última ópera de la temporada. Y más tarde, convertida en una cápsula para redes sociales, abrirá la intimidad del teatro para el gran público: en pocas horas registrará más de 25 mil visionados.
Carismático y audaz, Paolo Bortolameolli (Viña del Mar, 1982) siempre ha tenido la convicción de que la música clásica es cercana. Y parte de sus esfuerzos como director tienen ese sentido: acercarse a la audiencia, entusiasmar al público con un género históricamente vinculado a la solemnidad.
—Yo siempre sentí la música clásica cercana, dialogante, entusiasta —dice ahora, ya sentado en su camarín—. Siempre pensé la música clásica como rock. ¿Cómo no va a ser rockero esto?
Bortolameolli salta de su asiento hacia un piano negro de pared y toca un par de acordes electrizantes.
—¡Esto es puro heavy metal! Beethoven, Salomé o Shostakovich son puro rock: música liberadora, rebelde, urgente.
Ciertamente, es el espíritu que quiere transmitir como director titular de la Orquesta Filarmónica, cargo para el que fue nombrado en febrero y que asumirá oficialmente en enero de 2026.
—No me voy a cansar nunca de decir que, para mí, estar liderando una orquesta que me inspiró es como una especie de sueño. Literal.
Paolo Bortolameolli tenía siete años cuando su padre lo llevó a escuchar la Quinta Sinfonía de Beethoven en el Teatro Municipal, con la Orquesta Filarmónica. Aquel fue el momento en que se enamoró de la música clásica. Al finalizar el concierto, padre e hijo fueron a saludar al director, Michelangelo Veltri, al mismo camarín que ahora ocupa él.
—Fue en esta misma puerta. Mi papá golpeó, Michelangelo abrió, yo lo vi y me puse a llorar de la emoción. Él me abrazó y me dijo: “Por esto hacemos lo que hacemos”.

En 2013, cuando aún estudiaba dirección musical en Estados Unidos, Paolo Bortolameolli fue invitado a dirigir la orquesta por primera vez. Era un momento especial: la Filarmónica volvía a tocar después del grave incendio que afectó al teatro. El concierto se celebró en el Teatro Caupolicán y presentó La consagración de la primavera, de Stravinsky. Desde entonces ha estado en numerosas ocasiones al frente de la orquesta y, a inicios de este año, los músicos fueron partícipes de su elección como director titular.
—Yo tengo una admiración enorme por ellos, y vengo con esa visión: respeto absoluto. Me siento muy cómodo con la Filarmónica. Ahora que estoy nombrado, siento que la relación será fructífera, porque la comunicación fluye en lo humano y en lo artístico.
Fundada en 1955, la Orquesta Filarmónica cumplió 70 años y lo celebrará con un concierto de aniversario el 5 y 6 de diciembre. Tendrá el ánimo de una fiesta y el estilo de dirección de Bortolameolli: una alfombra roja recibirá al público; el repertorio será una sorpresa, y al final se proyectará un mapping con imágenes de la historia de la agrupación.
—Queremos que este concierto sea un puntapié para lo que se viene en formas de programar, ideas, repertorios, formatos. Tiene esa frescura. La gente va a venir sin saber a qué viene, y eso nunca se ha hecho. Vamos a jugar con sus expectativas, pero sobre la base de la fidelidad del público que sabe que la Filarmónica entrega un gran espectáculo.
Bortolameolli agrega:
—Vamos a celebrar a la Filarmónica, que es el alma del Teatro Municipal: está en el ballet, en la ópera, en la temporada de conciertos. La música respira a través de la Filarmónica.
El concierto buscará ser representativo y tendrá fragmentos de todo tipo de piezas, además de invitados y momentos emotivos. “Con Carmen Gloria (Larenas, la directora general del teatro) nos propusimos ser inventivos, aventureros. Que esto no sea solo un concierto, sino un evento”, dice.

¿Este es el sello que busca desarrollar como director titular de la orquesta?
Desde lo musical, vengo a sumar a una gran orquesta. Me interesa abrir el repertorio menos común, no de forma extravagante, sino explorando obras menos tocadas de compositores célebres, u obras nunca tocadas, que merecen ser escuchadas. Por ejemplo, este año hicimos El anillo sin palabras, de Wagner, que nunca se había dado, y terminó siendo un acierto. Y desde lo extramusical, que para mí es súper importante, habrá innovaciones: vamos a presentar tres proyectos pensados para generar esta sensación de que en el Teatro Municipal “está todo pasando”.
Uno de esos proyectos, detalla, se titula Living Filarmónico y es un encuentro donde el público será invitado a escuchar el proceso de ensayo de una obra. “Va a estar ambientado como un living, con alfombras, ojalá puedas sentarte sin zapatos. Y la idea es escuchar el proceso de ensayo, no el ensayo general, sino ese proceso de parar, corregir, arreglar, eso que la gente nunca escucha”.
“La tradición es el destilado de la herencia; no es ser anacrónico. No creo que una programación acorde a 2026 vaya en contra de la tradición”.
Experiencia sub 30 se titula otra de sus ideas. Con ese nombre ofrecerán funciones de ópera o ballet exclusivamente para público menor de 30 años. Y con entradas adecuadas para ellos. “Será una experiencia completa, incluso con la posibilidad de terminar en una fiesta con DJ”, dice.
La tercera iniciativa está dirigida a promover jóvenes compositores y se titula Tinta Fresca: un concurso de composición donde los seleccionados tendrán la posibilidad de trabajar dos obras durante meses, supervisados por compositores guías, músicos de la Filarmónica y directores de orquesta. “Tendrá una revisión permanente desde distintos ángulos para que, cuando lleguemos al resultado, no sea solo presentar y ganar, sino un proceso completo”, apunta.

¿Cómo armonizará el repertorio más tradicional con su vocación por obras menos populares?
El Teatro Municipal siempre va a tener un pie en lo que la gente espera ver. Por ejemplo, sería impensado no tener el maravilloso Cascanueces, el espectáculo más esperado del año. Apenas se liberan las entradas se acaban todas: es muy bello que pase eso. Lo mismo con Madama Butterfly o La traviata, dos obras muy queridas. Este año tuvimos que agregar dos funciones de Madama Butterfly, que tuvo una puesta en escena nueva de Verónica Villarroel y Pablo Núñez. Eso habla de un público que quiere ver esos espectáculos. Ese respeto el teatro siempre lo va a tener. Pero en paralelo está la idea de presentar títulos menos esperados. Por ejemplo, estoy feliz de haber dirigido Salomé, de Richard Strauss, una ópera que no se hacía 23 años.
Eventualmente, Salomé puede leerse como un adelanto del nuevo ciclo liderado por Bortolameolli: una obra de aliento sinfónico, pero con giros rupturistas, una historia pasional y oscura que se presenta con una puesta en escena sofisticada, donde conviven lo clásico, lo moderno y lo provocador.
Al momento de definir repertorio o el modo de abordarlo, ¿le pesa la historia del teatro?
Para nada. Porque la historia del teatro tiene que ver con los momentos históricos. No estamos en los 80, ni en los 90, ni en el 2000. Estamos en 2025, tirando para 2026. La tradición es el destilado de la herencia; no es ser anacrónico. No creo que una programación acorde a 2026 vaya en contra de la tradición. La tradición es hacerse cargo de la herencia y cómo esta se manifiesta en el presente. Esa es la diferencia.
El círculo virtuoso
La vocación comunicativa y formadora de Paolo Bortolameolli se multiplica en otros proyectos y formatos: es el director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil, con la que tiene programados dos conciertos de fin de año, el miércoles en CorpArtes y el jueves en Viña del Mar; dirige Clásica No Convencional (CNC), un exitoso ciclo de conciertos en espacios no convencionales que tendrá una nueva presentación el 20 de diciembre, y estrenó también el podcast Música para Masas, junto al periodista Rainiero Guerrero.
¿Cómo influyó en su visión de la música clásica su paso como director asistente de la Filarmónica de Los Ángeles junto a Gustavo Dudamel?
Mucho. Mi paso por la Filarmónica de Los Ángeles fue un eslabón crucial para cerrar algo que yo intuía o quería, y que tenía que ver con mi forma de entender la música clásica y cómo eso se materializó en una visión. Siempre pensé la música desde el entusiasmo, desde conectar: “Ven conmigo, escucha esto, fíjate aquí”. A veces se piensa en un mundo más rígido, conservador, contenido, pero yo nunca lo vi así. Cuando llegué a Los Ángeles, sentí que llegaba a la nave madre. Todo tenía sentido: llevar la música desde la energía, ser innovadores, programas distintos, estrenos, artistas jóvenes.
Y acá en el teatro veo lo mismo: un equipo profesional increíble, todos con esta energía de que “la gente se tiene que enterar, la gente tiene que venir, conectarse con esta energía”.
“(A Jorge González y Beethoven) Los une lo contestatario, lo rebelde, no tener miedo a decir lo que se siente y piensa”.
De este modo, agrega, “siento que estoy aportando a una energía ebullente. El Teatro Municipal es eso: todos aman con pasión, locura y rock and roll lo que están haciendo. Todos estamos en la misma: acá adentro está todo pasando”.
Las cifras confirman su impresión: hasta noviembre, el Teatro Municipal de Santiago contabiliza 95 mil personas de público, cuando aún resta las presentaciones de diciembre, entre ellas Cascanueces a sala llena.

En el último episodio de su podcast hablaron de Jorge González y Beethoven. ¿Qué los une?
Los une lo contestatario, lo rebelde, no tener miedo a decir lo que se siente y piensa. Beethoven, cuando arranca la primera página de la Eroica indignado porque Napoleón se autoproclama emperador y traicionó los principios de la Revolución Francesa, estaba haciendo un acto político-artístico. Jorge González, cuando escribe El baile de los que sobran, hace lo mismo: la música con un mensaje necesario para él.
Y en este sentido, ¿cómo ve la relación entre arte y política?
Siempre se dice que el arte es político, y creo que tienen razón. Pero para mí tiene más que ver con la filosofía de la política y el arte como mensaje, más que con la contingencia. Siempre voy a pensar que las políticas de Estado deben defender la cultura como un bien mayor, por sobre qué partido gobierne. El arte es parte de la salud de una sociedad. Una persona es más sana si hace deporte y si consume arte. Nunca he dudado de eso.
La educación artística es fundamental: genera niños sensibles, empáticos, colaborativos, atentos. Y tiene que ver con cómo se plantean las mallas curriculares: eso viene de un entendimiento superior de cómo queremos que crezca nuestra sociedad. La educación artística debe entenderse como un bien común.
¿Y cómo se conecta eso con el Teatro Municipal?
El Teatro Municipal aporta muchísimo: programas formativos, orquesta de cámara, Crecer Cantando, el programa de la Fundación Ibáñez Atkinson, la escuela de ballet. El arte no es solo espectáculo a consumir: es un puente de aprendizaje, sensibilidad, conexión, transformación social. Un teatro es un faro.
¿Qué piensa cuando se discute el presupuesto y cultura aparece como la primera afectada?
El arte es una expresión imprescindible del ser humano. Es importante que la gente lo constate históricamente: desde las pinturas en las cuevas, desde los tambores en una tribu, desde la danza. Es como el aire que respiramos. Un libro, una música, una película son esenciales para nuestra existencia. Y cuando uno entiende eso, entiende que no se puede prescindir del arte: es parte de la salud de una sociedad.
La Fundación de Orquestas Juveniles tiene casi 25 años. ¿Qué ha significado su aporte?
La FOJI es fundamental para Chile. Imagínate la cantidad de vidas transformadas a través de ese programa: orquestas en todo Chile. Hay dos fenómenos que se producen. Uno social: las clases de instrumento generan sensibilidad, disciplina, trabajo en equipo, empatía, escucha. Solo por entregarle un instrumento a un niño ya ocurre eso. Y eso permea a la familia, a los vecinos, al colegio. Y segundo, es el semillero más grande de músicos profesionales. En todas las orquestas del país hay músicos que pasaron por la FOJI. En la Filarmónica hay exmiembros de la Juvenil, y músicos de la Filarmónica son instructores de nuevas generaciones.
En paralelo dirige CNC, un ciclo de Conciertos No Convencionales. ¿Cómo ha sido esa experiencia?
El CNC ha sido maravilloso: descubrir este formato junto a colaboradores que aportaron ideas locas, y de repente brotó una cosa que se convirtió en fenómeno cultural. Todo el mundo quería participar de un CNC. Y me encanta. Pero lo que más destaco es la relación virtuosa con todo lo que estamos hablando. Todo converge. Hay gente que nunca había escuchado un concierto de música clásica. Fueron a un CNC porque les llamó la atención el concepto —y además terminaba en una fiesta electrónica— y luego vinieron al Teatro Municipal. Y se dieron cuenta de que había un diálogo virtuoso. Con la Nacional Juvenil pasa lo mismo: los jóvenes miran a la Filarmónica y al teatro, y en el teatro hay formadores de la Juvenil. Todo confluye.
Paolo Bortolameolli sonríe, mira su entorno y agrega:
—Por eso, para mí, estar con la Filarmónica de Santiago es un privilegio enorme: articula tendencias, generaciones, movimientos coherentes entre sí. Cada vez que entro a este camarín siento que esta historia se escribió para mí.
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