Confesiones de Pedro Araya, el Garrincha chileno

Fue ídolo del Ballet Azul y objeto de deseo de Pelé en la década de los 60. Jugó el Mundial de Inglaterra y tras su figura se han construido mitos imperdibles. Un jugador irrepetible que no todo el mundo recuerda.

Dicen que el día en que Garrincha murió en Brasil, el fútbol se volvió más serio. Y probablemente sucedió lo mismo aquí el día en que el hincha se olvidó de Pedro Araya, el irrepetible Garrincha chileno. Un hombre nacido hace 75 años “cerro arriba”, en una población llamada La Ermita, rodeado de caballos y de piedra. Muy cerca del lugar en donde se encuentra ahora su casa, a la que ha vuelto tras más de cuatro décadas de residencia en México y a la que invita a entrar a La Tercera. Sentado a la sombra de un exuberante durazno, el ex futbolista comienza a relatar su vida, la del menudo jugador que Pelé quiso en su equipo, la del octavo hijo del arriero.

“¿Empezar por el principio? Sí, sí, cómo no”, masculla entre dientes, acomodándose en su silla. Son las 11 de la mañana en la comuna de Lo Barnechea cuando el Chico Araya gira levemente el cuello para clavar los ojos en las faldas del desaliñado Cerro Dieciocho, que se erige a su espalda, como si acabase de escuchar un misterioso sonido o como si tratase de encontrar allí algunos pedazos sueltos de su historia. Arriba, más arriba, el paisaje de su infancia permanece intacto. “A mí siempre me gustó el fútbol, pero yo de chiquito pasaba más en el campo que en la casa. Somos 12 hermanos, bueno, éramos 12, y mi papá, como tenía caballos, nos llevaba siempre al campo. Yo venía los sábados o los domingos a jugar la pichanga nomás, porque también me gustaba correr en Cuasimodo, hacer competencias, pero al final pudo más el fútbol que los caballos”, explica, con palabras lentas, el rapidísimo ex puntero derecho de la U y la selección chilena, mientras el viento sacude con parsimonia las ramas del durazno.

Fue Don Washington Urrutia, inagotable formador de jugadores en la cantera de Universidad de Chile, el responsable de la llegada al cuadro estudiantil del talentoso futbolista, en los albores de la década de los 60. “Él vino con una juvenil de la U a un campo que había aquí, a las orillas del río, donde ahora construyeron departamentos y edificios. Ahí fue donde me formé yo como jugador, en un campo que no era ni un potrero, en una cancha de vil piedra. Y les ganamos, porque también teníamos buen equipo nosotros. Al final del partido, Don Washington me dijo: ‘La semana que viene tienes que estar allí abajo’. Y me llevaron a una pensión. Así fue como yo llegué a la U”, rememora.

Pero Pedro Damián Araya Toro no acababa de ser reclutado por un equipo convencional, sino por un Ballet de leyenda; uno de los mejores planteles de fútbol que ha dado el balompié chileno a lo largo de toda su historia. Aunque entonces, claro, todavía no podía saberlo.

Cuando Araya realizó su debut profesional con el plantel adulto de la U, en julio de 1963, aquel equipo, dirigido por Luis Álamos, ya se había granjeado buena parte de la fama que todavía ostenta. Había sido campeón del torneo nacional en el 59 y en el 62, había aportado más de una decena de jugadores a la Roja que se había alzado con el bronce en su Mundial y había logrado derrotar incluso al Santos de Pelé en un partido amistoso, una escuadra, en aquella época, de dimensiones casi mitológicas. Costaba esfuerzo pensar que aquel plantel ganador podía reinventarse todavía.

Pero Pedro Araya era un jugador diferente, un 7 clásico de los de antes; veloz, descarado, habilidoso, habilitador y certero en el remate. Una fuente de electricidad, osadía y recursos inagotables. “Don Lucho Álamos siempre me decía: ‘Tú haz lo que tú sabes, pero que sirva al equipo. No te centres sólo en tu juego. En vez de quitarte uno y luego otro y luego otro, quítate uno o dos y empieza a tocar el balón’”, confiesa, incorporándose sobre su silla al hacerlo, como si se dispusiese a pedir la pelota para iniciar un nuevo gambeteo.

Junto a Carlos Campos y Leonel Sánchez, Araya, el mejor bailarín del Ballet Azul, conformó uno de los tridentes ofensivos más recordados de todos los tiempos en el balompié chileno. Su sintonía con el Tanque es, en ese sentido, la más recordada. “Yo con el que más me entendía era con Carlos Campos, porque él conocía mi manera de jugar, sabía la jugada que iba a hacer. Yo tenía que dársela a él, él tenía que esperarme para donde yo le picara regresármela y él ir a su posición de remate. Era una pared larga. Hubo un partido en que con esa jugada, él hizo seis goles. Y en el segundo tiempo nada más”, rememora riendo.

Aquel inmortal conjunto, en el que figuraban también “Roberto Hodge, Alfonso Sepúlveda, Ernesto Álvarez, Óscar Coll, por nombrar sólo los que teníamos de mitad de cancha para arriba” -acota Araya-, logró proclamarse campeón del torneo nacional cuatro veces más a lo largo de aquella década, en 1964, 1965, 1967 y 1969. Una gesta que el ex delantero de los 162 centímetros de estatura y la capacidad inventiva gigantesca, resume de la siguiente manera: “Hay mucho de leyenda y también de realidad en el Ballet Azul, pero yo diría que fue un equipo muy querido, sobre todo por los hinchas, que ganó muchos torneos aquí en Chile. Porque si hay algo con lo que nunca quedé conforme es con no haber podido lograr con el Ballet Azul un campeonato internacional. De eso no estoy orgulloso. Porque éramos un equipo que tenía jugadores extraordinarios y que casi jugaba de memoria. Pero bueno, al menos tuve la fortuna de jugar en ese equipo”.

Mitos y leyendas

En 1966, Araya formó parte de la delegación chilena que disputó el Mundial de Inglaterra. “Haber sido mundialista yo creo que fue el mayor hito de mi carrera, porque son muy pocos los que llegan”, confiesa, pero fue sin embargo un año más tarde, en el Campeonato Sudamericano celebrado en Uruguay, en 1967, donde su virtuosismo a la hora de jugar se ganó el reconocimiento de todos, llegando a ser equiparado estilísticamente con el del mismísimo Garrincha. Y por más que ahora se apresure, en esta soleada tarde precordillerana, a sentenciar que “las comparaciones son siempre odiosas”, lo cierto es que aquella en particular jamás llegó a importunarlo. “Fueron los medios uruguayos los que sacaron eso del Garrincha chileno, pero yo feliz de que me compararan con él, porque para mí fue el mejor jugador que he conocido, por sus gambetas, por su dribbling, por su velocidad, porque no sabías nunca lo que iba a hacer con el balón”, manifiesta.

pedro-araya-4

Pero si hay otro futbolista con el que han comparado hasta la saciedad a Araya, ése es, sin ninguna duda, Alexis Sánchez. Y el símil con el tocopillano, admite el ex jugador, resulta más que legítimo. Aunque con algunos matices. “Cuando empezó Alexis Sánchez era muy similar a mí, yo me veía en él. Un jugador con mucha picardía, con mucho dribbling, pero lo malo es que cuando llegó al Barcelona lo perdió. Yo creo que Guardiola le quitó esa picardía, porque jugaba el equipo mucho más en conjunto que a través de individualidades. Ahora sí que vuelve a ser el Alexis que conocemos todos, y sí, tenemos muchas similitudes a la hora de jugar. Muchas”, reconoce.

Tal fue el impacto causado en aquella justa continental de 1967 por el irreverente estilo del Chico Araya, que el Santos brasileño, por petición expresa de su máxima figura, Pelé, trató sin éxito de hacerse con sus servicios cuando agonizaban los 60. Y aunque en más de una ocasión se dijo que fue la madre del propio futbolista chileno la que frustró su desembarco en las filas del Peixe, el verdadero motivo del desencuentro, apunta el protagonista, fue de índole exclusivamente económica: “No se llegó a un acuerdo nunca con el Santos por los tira y afloja del dinero. El Santos no pagó lo que pidió la U porque a parte de darles a Dorval, un futbolista extraordinario, la U pidió en ese tiempo 400.000 dólares por mí. Y eso era muchísimo dinero. No fue cosa de que mi mamá no me dejó ir ni fue cosa de nada. Cómo no iba a querer yo jugar al lado del Rei Pelé”.

Ataviado con una polera amarilla con cuello, pantalones color café y zapatos, Araya realiza una breve pausa antes de abordar otro de los grandes mitos que rodean su historia, la particular cábala que presuntamente conseguía sacar su mejor versión en los partidos. “No, no recuerdo ninguna cábala en particular”, se excusa inicialmente, un tanto ruborizado, pero tras unos segundos de reflexión, agrega: “Se habló mucho de que yo, Eyzaguirre y Rubén Marcos, antes de los partidos salíamos en la noche, pero es mentira. No, no es verdad. Imagínate salir todas las noches de carrete y después ir a jugar en la mañana. Esas son puras mentiras”.

Pero al ser interrogado una segunda vez, de manera más específica, sobre si el sexo precompetitivo -tal y como llegaron a manifestar en más de una ocasión diferentes ex compañeros del jugador- conseguía desatar su imaginación dentro de la cancha, Araya, simplemente, rompe a reír. “No, no, eso no es verdad, no, no, no, no, no. No soy un superdotado para hacer una cosa así”, sentencia, desmontando al hacerlo otra de las leyendas asociadas a su figura.

En 1971, tras frustrarse su venta al Santos brasileño, primero, y al Nacional de Montevideo, más tarde, Pedro Araya fue vendido al modesto San Luis de Potosí, de México, “por apenas 30.000 dólares”. “Y no te lo vas a creer, pero a Quintano lo vendieron por 40.000, y yo creo que valíamos más que eso”, lamenta.

Pero era su último tren para dar el salto al fútbol extranjero y el Garrincha de Lo Barnechea decidió tomarlo. Hodge, Reinoso y Pata Bendita, otros tres fantásticos futbolistas criollos “exiliados” en tierras aztecas, lo fueron a recibir al aeropuerto. Tardó más de 40 años en regresar a Chile.

Pedro Araya
Araya marca uno de los seis goles que le anotó a Colo Colo en toda su historia de Superclásicos con la U. Foto: Archivo.

Amnesia colectiva

El 20 de enero de 1983, es decir, el día en que Mané Garrincha murió en Brasil, arruinado y devorado por el alcoholismo, miles de personas tomaron las calles de Río para brindarle un último adiós. No era para menos, acababa de morirse la Alegría del Pueblo.

A Pedro Araya, en cambio, que por suerte sigue vivo (se diría que más vivo que nunca, volcado por completo en sus proyectos deportivos), apenas lo reconocerían en las calles del centro. “Aquí, en Lo Barnechea, sí que me conocen todos, se acuerdan bien de mí, pero voy al centro y ahí no, nadie, soy un ciudadano más”, confiesa el legendario ex puntero del Ballet Azul, quien toma aire antes de revelar su tesis (compartida, por cierto, con otros ex futbolistas de renombre con los que continúa reuniéndose y con los que -dice- no suele hablar de fútbol) sobre la amnesia colectiva de la hinchada chilena. “Casi nadie conoce, por ejemplo, la historia del Pata (Bendita). Yo creo que, por ejemplo, el hincha argentino se acuerda de todos los jugadores, de todos sus ídolos y siempre está alabándolos, pero el hincha chileno tiene menos memoria, vive el momento del jugador, nada más. Después se olvidan del que fue figura”, sentencia.

En la casa que el Chico Araya comparte hoy con su hermana, apenas sobreviven algunos recuerdos. Una gran foto enmarcada de su época como jugador de la U, presidiendo una de las piezas; algunos recortes de periódico colgados junto a un cuadro en el que figura todo el árbol genealógico de la familia Araya Toro; y una vieja pelota de fútbol, que el hombre de 75 años se obstina ahora en dominar como lo hacía antes, en el jardín de la vivienda.

Pero aunque el fútbol chileno haya olvidado a Pedro Araya -quien rara vez acapara portadas de diarios o posa ante los focos-, el Garrincha chileno del acento marcadamente mexicano, sigue con detalle cuanto ocurre en el medio nacional, actualizándose constantemente. “Es una lástima ver jugar a los equipos en el torneo nacional con 700 ó 1.000 personas en los estadios. Es traumatizante, es una pena. El nivel futbolístico tampoco me convence”, proclama, en relación al campeonato doméstico. “El jugador chileno que va a México hoy día, va por plata. Por plata y por subir un escalón más”, dice, él que jugó y vivió media vida en Chile y otra media en México. “En la Selección apareció una generación de jugadores muy buena, que ojalá nos duré un poco más, y la aprovecharon muy bien. Fue un gran acierto haber traído a Bielsa en su momento. Él revolucionó el fútbol chileno”, reflexiona, antes de manifestar que “Vidal podría estar ya entre los mejores jugadores de la historia del país”.

Hace un año y medio, Pedro Araya decidió volver a su país natal por motivos familiares y hoy dirige con éxito una pequeña escuela de fútbol (la Academia Pedro Araya) situada en la población Nebraska de la comuna de Lo Barnechea, en la que participan unos 50 jóvenes. Y pese a que acaba de cumplir tres cuartos de siglo, su desafío inminente es progresar en la dirección técnica. “Yo hice el curso de entrenador en México y a lo mejor me animo a algo más. Me encantaría dirigir”, confiesa, “pero no a la U, es un equipo muy difícil y tendría que ir poco a poco. Yo no, que lo tome otro que se atreva”.

Y los últimos minutos de su larga disertación, de su necesario compendio de confesiones, el primer bailarín del Ballet Azul se los dedica, claro, al equipo de sus amores. Al que no augura, por cierto, un futuro demasiado halagüeño. “He estado viendo a la U últimamente y no sé, yo pienso que ese equipo no lo va a levantar nadie por el momento. Tendrían que contratar un entrenador que sea bien tirano, que se imponga, porque yo pienso que ahí hay muchos que mandan, hay muchos en ese equipo que se sienten que son los que mandan, que dicen: ‘Si no se hace esto, no se hace’. Y hablo en general, no de nadie en particular. Pero pienso que es así”, dispara. “En el Ballet Azul no era así, todos tiraban para la misma causa, y en este camarín parece que es una batalla interna cada partido”, finaliza.

Rebasado el mediodía, la conversación concluye y la sombra del Garrincha chileno se desvanece. A la sombra del durazno, permanece sentado Pedro Araya, el octavo hijo del arriero.

Seguir leyendo