La tristeza de los obituarios

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Un obituario puede ser la forma en que el periodismo nos recuerda nuestra pequeñez, el minúsculo lugar que ocupamos en el mundo.




Esta semana, el New York Times publicó una nota sobre la muerte de Agustín Edwards. El primer tercio del artículo es la historia rutilante de una familia acaudalada de un pequeño país sudamericano. Un clan de raíces inglesas que, pese a su nacionalidad y a mantener sus principales intereses en Valparaíso, repartía su vida entre capitales europeas. Había muchos negocios que atender aquí y allá. El texto era, hasta ese punto, un relato de matrimonios, herederos y del modo en que una fortuna demanda la creación de tradiciones que la eleven al ámbito de la trascendencia.

El segundo tercio del obituario da un giro en el párrafo que describe el modo en que Richard Nixon le pidió al director de la oficina de inteligencia de su gobierno que se reuniera con un magnate chileno; lo hizo a sugerencia de Henry Kissinger, su consejero en asuntos de seguridad nacional. El objetivo era conversar sobre un posible golpe de Estado contra el gobierno de la Unidad Popular. El New York Times citaba, en ese punto, al encargado de desclasificar documentos de la CIA sobre nuestro país, quien añadía que además de impulsar un golpe, aquella reunión pretendía discutir el mejor momento para concretarlo y sondear a quienes podrían llevarlo a cabo. No se mencionaban los nombres de los que eventualmente se encargarían del asunto. Supongo que eso era lo de menos.

Cuando leí ese párrafo detallando la reunión, intenté imaginar la escena completa o más bien la génesis de la cita: Richard Helms -el director de la CIA- pidiéndole a su secretaria que lo contactara con una personalidad extranjera; el modo en que la visita fue fijada -¿mañana mismo? ¿a la semana siguiente?- y el saludo inicial una vez que se concretó. ¿Un placer de conocerlo? ¿Muy buenos días?; elucubré sobre el aspecto de la oficina Helms: ¿Sería como la de un funcionario cualquiera o como la de una autoridad? ¿Tendría el aire triste y gris del despacho de un burócrata o la decoración salpicada de brillos y bronces de los militares? ¿Habría un gran mapa mundial desplegado en el muro principal con chinches sobre Vietnam y Europa del Este? Pensé en un gran escritorio inglés de roble, en un sillón de cuero y un sofá Chesterfield; recordé, por último, que en esos años la gente fumaba y bebía alcohol en sus oficinas.

Busqué una foto de Richard Helms -delgado, rostro alargado, las cejas como dos pájaros que caen en picada- y divagué en el modo en que aquella charla concluyó. En ese apretón de manos que anunciaba el fin de una conversación; ese gesto sencillo y rutinario que sellaba un acuerdo. Aquella despedida entre Richard Helms y Agustín Edwards era el anuncio de que nuestra historia tomaría una curva cerrada que la desviaría del camino al que los chilenos estaban habituados.

A la gran mayoría nos enseñan que la historia con mayúscula aparece en las grandes batallas, en los discursos apasionados y en las contiendas políticas abiertas. Que los cambios surgen de elecciones que luego devienen en acaloradas discusiones parlamentarias en donde habrá triunfadores y derrotados. Rara vez se nos advierte que aquello que podría cambiar la vida de muchos puede tener un origen en un encuentro anodino en horario de oficina entre dos hombres que apenas se conocían, pero que representaban -cada uno a su modo- el poder necesario para remecer una nación. Una reunión privada que sólo quedaría registrada en los archivos de una potencia extranjera. Constatar eso, caer en cuenta que gran parte de lo que ha sucedido o sucederá comienza en esos sitios, de esa forma, ajena a todo rito que la consagre, provoca un desaliento profundo, porque nos acerca al sinsentido, a ver nuestro reflejo en la insignificancia.

En ocasiones, un obituario puede ser la forma en que el periodismo nos recuerda nuestra pequeñez, el minúsculo lugar que ocupamos en el mundo, el paupérrimo poder que tenemos sobre nuestra historia y nuestro destino.

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