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Un “mago” contra el realismo: la vigencia de Juan Emar, el “Kafka chileno”

Diez, el único volumen de cuentos del escritor nacional vuelve a las librerías para confirmar la vigencia de un autor que rompió los moldes de su época. Especialistas repasan la arquitectura geométrica y la magia de una prosa que desafió al realismo tradicional. "Emar se dio el lujo de ir a la suya. En su literatura hay una mirada extraña, desconcertante que le regresa a su vez un papel activo a las y los lectores: nos despereza", dicen. 📌 Puedes leer la nota yendo al link de nuestra biografía.

Fue Pablo Neruda quien definió a Juan Emar, siempre muy a su manera: “Era un hombre callado, socarrón, singular. Fue un gran ocioso que trabajó toda su vida. Andaba de país en país, sin entusiasmo, sin orgullo ni rebelión, desterrándose por sus propios decretos”. En rigor, era el seudónimo de Álvaro Yáñez Bianchi, un inquieto escritor chileno que no solo fue columnista del diario La Nación (fundado por su padre, Eliodoro Yáñez) sino que fue un vanguardista nato. Su escritura se alejaba de los terrenos del criollismo y el realismo de sus contemporáneos, para adentrarse en la experimentación.

En esa línea, Emar publicó arrojadas novelas como Ayer (1935), Un año (1935) o Miltín 1934 (1935), pero también incursionó en el formato cuento. Su único volumen de relatos fue Diez (1937), que acaba de ser reeditado por la casa Alfaguara. Se trata de un libro que reúne diez cuentos y que tienen una singular estructura: cuatro cuentos de animales; tres sobre mujeres; dos de sitios y 1 sobre vicios. Una pirámide invertida literaria. El prólogo corrió por cuenta de su amigo Pablo Neruda, ahí fue cuando lo describió, y fiel a su estilo épico lo bautizó como el “Kafka chileno”, acaso por su vocación por lo extraño.

Diez ha sido revisitado de manera permanente en el mundo editorial chileno. En noviembre de 1978, La Tercera lo reseñó: “Juan Emar que nos da lo mejor de sí mismo en los cuatro relatos sobre animales. El Unicornio es el más logrado. En él la fantasía y la locura corren parejas”. El diario La Prensa, en 1971, señaló: “Juan Emar habla justamente de lo que otros escritores eluden, posee una recia personalidad, no acaba de sorprendernos. En El Pájaro Verde, que así se titula el primer relato, entra en detalles increíbles y regocijantes. Es una historia de loros. El lector se preguntará casi con indignación: ¡Por qué no haber conocido antes a este Juan Emar, a este maravilloso mago! Con esta edición de su libro se le hace algo de justicia y, como dice sobre él Neruda se le da ‘lo que aquí no se mezquina: lo póstumo’“.

Juan Emar, hacia 1925.

¿Cómo se lee a Diez y a Juan Emar hoy? La editora Eloísa Nava comenta a Culto: “Es natural que preexista la idea de que Emar es un autor difícil, pues basta comprender el marco histórico en el que se desarrolló su propuesta literaria. Fue contemporáneo de Neruda, Rojas, Brunet, de Huidobro, aunque con éste tiene más cercanía en tanto agentes clave para el cambio de paradigma literario en Chile. Un lector de hoy debería acercarse a Diez con la disposición de hacer a un lado las expectativas de una narración lineal o realista, y más bien aceptar el juego que propone Emar, donde la imaginación, la paradoja y la experimentación son parte esencial de la experiencia total de lectura”.

“Emar se dio el lujo de ir a la suya. En su literatura hay una mirada extraña, desconcertante que le regresa a su vez un papel activo a las y los lectores: nos despereza, nos recuerda el lugar conductual que tiene el lenguaje; es decir, que nos traslada, ya sabrá cada quién a dónde. Juan Emar hizo una obra tan singular, incluidas sus novelas, que releerlo nos haría muy bien en estos tiempos automatizados”, agrega.

El escritor Pablo Brodsky es un conocedor cabal de la obra de Juan Emar. “Pienso que los textos de Emar siguen siendo difíciles para los lectores que solo buscan entretención y pasar un rato agradable, porque ellos no tratan solo de literatura sino, también, de una búsqueda por contactarse con otras realidades, menos relacionadas con el realismo, como son aquellas afines al ocultismo y a la teosofía”.

“De los cuatro libros que Emar publicó en vida, Diez fue el que más eco produjo en la crítica de la época”, señala Brodsky, y aborda las principales claves para entender estos cuentos: “Algunas de las reseñas que se publicaron hablaron de cuentos surrealistas, relacionados con el absurdo; para otras primaba el carácter onírico, estableciéndose en ellos un orden distinto al racional. Diez contiene ambas consideraciones, aunque la gran mayoría vio en él una narrativa incomprensible, ajena completamente a los cánones literarios a los que estaban acostumbrados”.

“Solo a partir de los 90 surgió una lectura renovada sobre la obra, donde se habla de la presencia del cubismo detrás de la poética emariana, así como de una concepción arquitectónica de la literatura y del arte, y de una relación de la obra con la numerología pitagórica y el esoterismo. Diez contempla un orden y una distribución piramidal o triangular que se propone indagar en una forma distinta de conocimiento, recurriendo a las referencias y relaciones geométricas y matemáticas, para, así, crear un espacio a través del cual sea posible acceder a una realidad diferente. Porque esa es, finalmente, la búsqueda de Emar: acceder a una realidad que no forme parte de la que podemos captar con nuestra razón ni nuestros sentidos”.

Para Eloísa Nava, la escritura de Emar en Diez es “experimental y disruptiva”, porque “hace un desmontaje del realismo tradicional, incluso una literatura que desplaza las complacencias de la vanguardia, y crea una realidad propia donde se mezclan la imaginación, el absurdo, el humor y la reflexión sobre la literatura misma. Desde el punto de vista más narrativo, hay que decir que en Diez persiste una mirada obsesiva; quien narra afecta todo lo que observa y, a su vez, lo que es observado lleva un compás de inercia propio que se rebela o coopera con el enrarecido ambiente”.

“Una de las principales claves del libro es su estructura alrededor del número diez, organizada en los apartados de Cuatro animales, Tres mujeres, Dos sitios y Un vicio, lo que nos revela la concepción de este andamiaje narrativo. Esta misma arquitectura abreva de las convenciones de la pintura y, por tanto, de la geometría que subyace en ella. Leer estos diez relatos es enfrentarse a giros de tuerca, uno dentro de otro, a cambios insospechados en la trama, a personajes excéntricos e impredecibles; en suma, a lo insólito. Para mí, leer a Emar es como pasar las hojas de un folioscopio, donde el movimiento y el tiempo tienen un papel revelador”.

A modo de epílogo, a Brodsky uno de los relatos le llama mucho la atención: “El cuento Maldito gato, se inicia con una sobresaturación de descripciones de tipo sensorial e intelectual, creando un hiperrealismo que caricaturiza la vigencia naturalista de la prosa chilena de la época. El cuento se adentra en territorios ajenos a la lógica realista y a las cuantificaciones corrientes del tiempo y del espacio. En ese sentido, Maldito gato representa una nueva sensibilidad para la interpretación de la realidad, como lo fueron los textos de Macedonio Fernández y de Felisberto Hernández”.

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