20-21

Una mujer en una calle en Wellington, Nueva Zelandia, durante el confinamiento, el 3 de abril pasado. Foto: Anadolu Agency




Si bien el hambre, la peste y las guerras son recurrentes en la historia, creíamos haberlas superado. Al decir de Yuval Harari, había “buenas razones para pensar que en la carrera armamentística entre los médicos y los gérmenes”, los médicos corrían más rápido. En el fondo, el ser humano era capaz de controlar todo. En nuestro caso, la “fértil provincia” de Chile nos permitía crecer en una tierra generosa y en un país que aspiraba al desarrollo.

La inesperada aparición del coronavirus trastocó nuestros planes. Nos enseñó nuestra fragilidad. La experiencia existencial, sustituida por la ciencia y la tecnología que nos ofrecían un confortable terreno seguro, cedía ante nuestros pies. Súbitamente chocamos con la realidad. En duras palabras de Emil Cioran, la educación y la cobardía nos habituaron a ver solo lo que querríamos ser, y no lo que éramos.

Sin embargo, el embate del virus ha sido insuficiente. No aprendimos la lección. Ahora todas las esperanzas están depositadas en la aparición de una vacuna. Es decir, la epidemia es solo un tropiezo en la infinita capacidad humana de moldear el mundo a su antojo. Nuevamente olvidamos la humildad y se apodera de nosotros la arrogancia y la soberbia. Nos aferramos a la medieval cuarentena pues creemos que el confinamiento será limitado en el tiempo. Esperamos la cura a la peste, la mágica vacuna proveniente de Oxford, Israel o China. Pero ¿y si la vacuna no llega o no llega con la prontitud que anhelamos?

Debemos pensar en un futuro “con pandemia” y no “pospandemia”. La experiencia de países que creían haber controlado el virus y que ahora retroceden ante nuevos brotes nos alerta a pensar en un 2021 con pandemia. ¿Insistiremos en el teletrabajo y estudio a distancia? ¿Qué haremos con la salud de tantos, postergada por priorizar la pandemia? ¿Aplicaremos modelos de retorno laboral parcial y escalonado con jornadas de cuatro días hábiles y 10 de cuarentena, como proponen los científicos Uri Alon y Ron Milo en el Instituto Weizmann de Israel? ¿Tendremos una democracia virtual? ¿Asumiremos un 2021 sin actividades masivas, sin público en el fútbol, sin recitales, maratones ni festivales en vivo?

Las preguntas son muchas y las respuestas difíciles. Como en el poema 20 de Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Quizás los entusiastas del dataísmo, tan apegados al ritual de contar muertos y contagios, y aplicar curvas y big data para constatar gravedad de la epidemia, podrían destinar su esfuerzo en pensar un mañana con pandemia. Es hora que nuestra política e intelectuales se hagan cargo de la realidad sin la arrogancia de quien conoce o cree conocer los datos, sino con la fortaleza de quien sabe que no los conoce, que no conoce el camino y por cierto no conoce el futuro, y con la entereza de aquel que quiere pensar en ese futuro.

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