Alquimia democrática



Por Carlos Meléndez, académico UDP Y COES

La decisión de un ciudadano insatisfecho de salir a la calle a manifestar su encono, puede tener un impacto político si, como él, se suman miles, millones al mismo tenor. Una protesta social multitudinaria puede quedar registrada en las portadas de los diarios como un hecho sin mayor trascendencia, o puede convertirse en una presión tan sostenida que lleve a la clase política a convocar a grandes reformas para enmendar lo que se entiende como causa de la insatisfacción colectiva.

Incluso una convocatoria a una asamblea constituyente puede ser una oportunidad perdida, si los partidos tradicionales ganan la apuesta en las urnas; aunque también puede significar un giro histórico, si se renueva la representación nacional por fuera de las opciones que ofrece el establishment. Desde las movilizaciones de octubre de 2019 hasta las elecciones del fin de semana, una suerte de alquimia democrática ha operado en Chile. Se ha convertido ese impulso múltiple y sincronizado de protestar contra el gobierno en una Convención Constituyente con ingredientes tan novedosos como imprevistos: la emergencia de varios colectivos de “independientes”, conviviendo con un duopolio partidario histórico disminuido y un “renovado” frente de izquierda inestable.

A diferencia de otros procesos constituyentes -relativamente recientes- en el vecindario, el chileno carece de un único alquimista. No estamos ante el arrebato de un populista en construcción, que quiere forjarse una vasta mayoría (como los ejemplos bolivarianos), sino ante una presión social autónoma de partidos (tanto del establishment como de los “renovados”). El país está en un proceso constituyente sin caudillo y esa es una buena noticia.

La victoria de los “independientes” debería ser materia de celebración tanto como de preocupación. Si bien representan una suerte de renovación social de parte de la clase política, se enfrentan a serios desafíos de articulación de demandas sociales. Aunque ciertos rasgos pueden fungir de atajos ideológicos (como el ecologista, por ejemplo), ¿cuál es la sintonía programática que los articula más allá de atractivos anti-establishment? Todo parece indicar que buena parte de los “independientes” convencionales son personalidades que sintonizan con articulaciones territoriales parciales -con átomos aislados del tejido social-, pero que carecen de una red mayor y funcional para agregar los intereses en propuestas concretas para la futura Carta Fundamental. Tienen en frente una paradoja: requieren formar un partido (o un sustituto funcional) que no parezca lo que las mayorías entienden por él.

¿Cómo puede un colectivo de personalidades inconexas, lidiar con la desafección política en pleno desafío constituyente? ¿Pueden los cabildos ciudadanos, u otros mecanismos de democracia directa, fortalecer los déficits de representación? Así como en la Edad Media la alquimia no pudo convertir en oro todos los metales, hoy la alquimia democrática tampoco puede resolver la crisis de representación por arte de magia.

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