Por Teodoro RiberaChina y América Latina

La reciente publicación del tercer documento oficial de política de China hacia América Latina y el Caribe elimina cualquier duda: la región ha regresado al centro de la competencia estratégica global. Esto no es mera retórica diplomática. Tanto Beijing como Washington están concibiendo a América Latina —y a Chile— bajo una óptica de seguridad, poder e influencia.
El contraste con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos es elocuente. Mientras China se presenta como país del Sur Global y promueve una narrativa de multipolaridad, cooperación y no injerencia, Estados Unidos reafirma su primacía hemisférica y define al continente como espacio prioritario para su seguridad nacional. Es, en los hechos, una actualización del reflejo monroísta, más explícita y menos disimulada que en décadas anteriores.
El documento chino articula su propuesta en torno a desarrollo, gobernanza, cultura y seguridad, bajo la idea de una “comunidad de futuro compartido”. Su atractivo es evidente en una región con déficits estructurales de infraestructura, financiamiento y crecimiento. Pero sería ingenuo no advertir que, en materia de seguridad y cooperación militar, esta oferta colisiona directamente con los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Chile no observa este escenario desde la periferia. Nuestra ubicación en el Pacífico Sur, la proyección antártica, la estabilidad institucional y la posesión de recursos críticos —cobre, litio, energías limpias y cadenas logísticas ventajosas— nos convierten en un actor relevante, aun cuando no seamos una potencia militar. Precisamente por eso, nuestra vulnerabilidad no es menor: otros definen intereses sobre espacios, recursos y capacidades que son nuestros.
El riesgo está en dos respuestas igualmente equivocadas. La primera es la neutralidad pasiva, que confunde prudencia con inacción y termina reduciendo la autonomía real. La segunda es la alineación automática, ya sea con Beijing o con Washington, que implica delegar decisiones estratégicas que deben ser estrictamente nacionales.
Chile necesita una política exterior de autonomía estratégica activa. Esto supone profundizar la relación económica con China, pero con límites claros en sectores sensibles. Supone también fortalecer el vínculo con Estados Unidos desde la credibilidad institucional y no desde la subordinación. Y exige invertir en capacidades propias de análisis estratégico, inteligencia civil y coordinación política.
A ello se suma una tarea pendiente: construir consensos internos mínimos que den continuidad a esta estrategia más allá de los ciclos políticos. Sin esa base, cualquier diseño será frágil. También implica asumir que el desarrollo económico, la seguridad y la política exterior hoy están indisolublemente conectados.
El mundo ya es multipolar. La disyuntiva para Chile no es ideológica, sino estratégica: o definimos con claridad nuestros intereses nacionales, o aceptamos que otros los definan.
Por Teodoro Ribera, rector Universidad Autónoma de Chile y ex ministro de Relaciones Exteriores
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