Por Daniel MatamalaCrueldad

Después del fallo que lo absolvió, Claudio Crespo publicó un meme en sus redes sociales. En él aparece haciendo el signo de la victoria, sonriente, frente a una lápida con una foto de Gustavo Gatica, ciego tras el disparo de su escopeta. “Q.E.P.D. octubrismo” es el texto.
¿De cuánta crueldad somos capaces? ¿Cuánta podemos fomentar, aplaudir, celebrar?
El fallo que Crespo festejaba confirmó judicialmente que fue él quien disparó y dejó ciego a Gustavo Gatica. Pero ni siquiera en ese momento fue capaz de algún gesto de empatía. De un mínimo de humanidad.
Imagine por un minuto, estimado lector, que usted, por una negligencia, por un accidente desafortunado o una mala decisión, provoca un daño así de espantoso a otra persona. ¿No sentiría un pesado remordimiento sobre sus hombros? ¿No trataría, dentro de lo posible, de hacer algún gesto de reparación? ¿De, al menos, empatizar con el dolor de otro ser humano?
Crespo, en cambio, habló de “victoria” y la celebró con un meme burlándose de su víctima. En los mismos días en que cegó a Gatica, Crespo dejó huellas de su comportamiento agresivo y poco profesional durante las protestas. Cuando las lesiones oculares se multiplicaban, Crespo amenazó a un detenido: “Cagaste, flaco, cagaste. Te vamos a sacar los ojos, culiao”.
A otro detenido le cortó un mechón de pelo, cuya foto luego envió, como un botín de guerra, al grupo de WhatsApp “La tijera”. Se le ve incitando a una violencia indiscriminada: agarra violentamente del cuello a un joven que no oponía resistencia, sentencia que “hay que matar a todos estos culiaos”, instruye a un carabinero a apuntar las lacrimógenas directamente al cuerpo de personas que lanzaban piedras. Ordena a otro que cruce hacia un quiosco y “agarre a palos a los culiaos que pasen”.
En otro momento, un carabinero le advierte que una persona se está quemando. La respuesta de Crespo hiela la sangre: “Que se queme el culiao, que se queme”. Luego reconviene al subalterno diciendo que no debe comunicar esos hechos por radio.
“No me arrepiento de nada” y “me importa un comino”, fue su respuesta al salir a la luz esos videos.
Pese a todo, Crespo fue levantado como un héroe por algunos sectores políticos. No solo se trató de contextualizar los hechos, o de discutir los límites de la acción policial ante una persona, como Gatica, que estaba tirando piedras. Fueron mucho más allá. Su crueldad fue festejada como un ejemplo a imitar por una barra brava que incluye a parlamentarios y al excandidato presidencial Johannes Kaiser, quien lo homenajeó en el acto de cierre de su campaña y prometió indultarlo si era condenado.
Pero Crespo no era un buen policía. De hecho, Carabineros lo sacó de sus filas por incumplir sus normas. No es un buen policía aquel que abusa de su poder e intenta no restablecer el orden ni hacer cumplir la ley, sino hacer daño a otras personas.
Por cierto, miles de carabineros estuvieron en esos días bajo una presión enorme, soportando violentas agresiones en su contra. Hubo problemas de armamento, de suministro y de reglamentos. Pero no todos fueron Crespo. No todos dispararon a la cara, sabiendo el espantoso daño que esos disparos estaban provocando. No todos dieron instrucciones de apalear y dañar. La mejor evidencia es el contraste entre el carabinero que advierte de una persona quemándose y la reprimenda de Crespo hacia ese subordinado que estaba mostrando una falla imperdonable: un poco de humanidad hacia una persona en peligro.
El festejo de esa crueldad hoy se extiende sobre nuestras sociedades. Líderes mundiales exhiben su impiedad como una demostración de poder. Trafican salvajismo como si fuera fuerza, confunden sadismo con autoridad, reemplazan los principios con atrocidad.
Este discurso público no es inocuo. Es una mancha que envenena la sociedad, deshumanizando al que es percibido como el otro, el ajeno, el enemigo.
Hace una semana, un oficial de la guardia migratoria, convertida en una milicia paramilitar trumpista, asesinó a Renee Good. Era un crimen complejo políticamente, porque a primera vista la víctima no era una de “los otros”: no era inmigrante, latina ni negra. Era una ciudadana estadounidense, mujer blanca y madre de tres hijos.
Inmediatamente el gobierno de Trump culpó a la víctima, acusándola de ser una “terrorista doméstica”. El vicepresidente JD Vance dijo que el crimen “es culpa de esta mujer y de todos los radicales”.
La prensa oficialista se aseguró de encabezar cada información enfatizando que la mujer era lesbiana, y los agentes federales recibieron la orden de investigar a su pareja en busca de algún trapo sucio (varios investigadores han renunciado en protesta).
El New York Post llevó la foto de la víctima en portada con el título: “Guerrera de la izquierda”. La página dedicada al tirador, en cambio, se titula “Hombre de familia”. Incluye una gran foto del agente con su esposa, y lo describe como “un cristiano comprometido, partidario de Trump, veterano de guerra y un tremendo padre y marido”.
Lo importante no son los hechos. Mucho menos la empatía humana con una persona. Lo urgente es establecer que la víctima, pese a ser blanca y estadounidense, es una de “los otros”: lesbiana, woke, izquierdista, por lo, tanto ¡terrorista! Mientras, el victimario es “de los nuestros”: heterosexual, trumpista, cristiano, veterano: ¡hombre de familia!
Renee Good también tenía familia: una pareja y tres hijos que ahora son huérfanos. Pero no califica para un titular que la presente como “mujer de familia”.
La deshumanización del otro es un arma política. La crueldad es una fortaleza para encerrarse en las propias certezas: no admite dudas, no acepta vacilaciones, no tiene resquicios.
Frente a tanta crueldad, la actitud de Gustavo Gatica da esperanza. “Yo no estoy satisfecho con el resultado, sin embargo, hay algo que tranquiliza mi corazón (…) No quería morirme en unas décadas más sin saber quién fue la persona que me disparó. Hoy eso me tranquiliza muchísimo”.
Al valorar que al menos se sepa la verdad, la de Gatica es una reacción que reconforta. No hay odio ni afán de venganza. Es, simplemente, la respuesta esperanzada de un ser humano frente a tanta, tanta crueldad.
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