Por María José NaudonEl aguijón de la coherencia

En la vieja fábula del escorpión y la rana, este termina clavando su aguijón aun sabiendo que con ello se condena. No lo hace por cálculo ni por maldad, sino porque esa es su naturaleza. La historia suele usarse para explicar traiciones, pero también permite entender una tensión central de la política: la dificultad de gobernar la propia identidad. La misma condición que llevó a un líder al poder puede, si no se contiene, convertirse en veneno. El riesgo, como es evidente, no está en tener naturaleza —condición imprescindible y deseable—, sino en evitar que ella termine escribiendo el desenlace. Porque cuando el escorpión no reconoce ese límite, el aguijón deja de ser una defensa y se convierte en una forma de autodestrucción.
Todo proyecto político nace con una naturaleza: un conjunto de rasgos, convicciones, gestos y estilos que le dan coherencia y lo hacen reconocible. Esa identidad es muchas veces su principal activo. Sin ella no hay relato, no hay base electoral ni sentido de propósito. El problema aparece cuando esa naturaleza, que alguna vez abrió camino, empieza a cerrarlo.
Durante el gobierno de Gabriel Boric vivimos varios momentos en que esa tensión apareció con claridad. Los indultos de fines de 2022, la manera en que se organizó el poder en círculos muy estrechos de confianza, el manejo errático de episodios complejos —desde el caso Monsalve hasta la polémica por la casa de Allende— revelan algo más que errores puntuales. Muestran el peso de una identidad política forjada al calor de una generación que hizo de la crítica y la refundación su punto de partida. El Frente Amplio nació cuestionando los consensos de la transición, moralizando el conflicto político y desconfiando de instituciones que consideraba parte de un sistema injusto.
En el caso de José Antonio Kast, la naturaleza es distinta, pero la tensión es similar. Su liderazgo se ha construido sobre la claridad de convicciones, la disposición a confrontar —“con valentía y coherencia”— aquello que considera equivocado y la promesa de recuperar orden, corrección y rumbo. Esa coherencia ha sido su principal capital político frente a una derecha percibida como excesivamente transaccional. Pero el ejercicio del poder introduce una pregunta inevitable: ¿qué significa ser coherente cuando se gobierna? La política no solo exige convicción; también ampliar apoyos. Y ahí aparece el riesgo del escorpión: que la fidelidad a la propia identidad termine dificultando lo que gobernar exige.
Las señales iniciales sugieren una búsqueda de equilibrio, pero la tensión difícilmente desaparecerá. En ese escenario reaparecerán tentaciones conocidas: radicalizar el tono de las declaraciones, gobernar mirando la propia base, ceder a las presiones de una oposición situada a su derecha —siempre disponible para denunciar concesiones o moderaciones que considere excesivas— y caer en la ilusión de la certeza moral, olvidando que el respaldo electoral es, per se, provisional.
Esa tensión obliga además a una pregunta incómoda: ¿qué sería realmente un triunfo para un eventual gobierno de Kast? Si gobernar implica no quedar prisionero de la propia naturaleza, el éxito no se mediría solo en la fidelidad a las convicciones iniciales, sino en evitar que el resultado termine siendo un partido aún “más republicano”, pero un país, otra vez, gobernado por la izquierda.
Por María José Naudon, abogada.
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