Monserrat Risco

Monserrat Risco

Investigadora Centro de Estudios Bicentenario

Opinión

Forjadoras de un Chile más justo


Al celebrar hoy un nuevo Día Internacional de la Mujer me parece necesario recordar a algunas próceres del movimiento femenino en Chile, así como otras que no son mencionadas con tanta regularidad y con la justicia que merecen.

Conocidas son las biografías de Elena Caffarena y Olga Poblete. La primera, sindicada como la gran fundadora del Movimiento Pro-Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCh) en 1935, había nacido en Santiago en 1906 y fue la decimoquinta mujer en obtener el título de abogado en nuestro país, luego de cursar sus estudios en la Universidad de Chile. Olga Poblete, por su parte, se integró años más tarde al MEMCh, teniendo una participación destacada. Era oriunda de Tacna, nacida en 1908 e hija de madre soltera; estudió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, donde obtuvo su título de profesora.

La formación de este Movimiento es uno de los más relevantes para las mujeres chilenas. A través de él las mujeres integraron por primera vez una coalición política, cuando decidieron incorporarse al Frente Popular, en 1936. Esto es sumamente interesante, ya que constituye una de las primeras actuaciones políticas de las mujeres como grupo social, con una misión y visión en conjunto, que tenía la pretensión de ser extensiva a todas y cada una de las mujeres chilenas: no era una cuestión de pensamiento político o credo, era sobre la verdadera inclusión de todos los ciudadanos en la sociedad. Fue una inclusión sincera, promovida por el deseo de la ampliación y mejoramiento de la democracia. Las mujeres del MEMCh se convirtieron en verdaderos sujetos políticos, entraron en la escena nacional, siendo voceras y líderes de una idea de país. Una vez que las mujeres entramos a la escena política en los años ’30, con derecho a voto en las elecciones municipales, no hubo vuelta atrás. Una nueva mirada diferente a la tradicional de lo que fue este proceso la otorgan Claudia Rojas Mira y Ximena Jiles Moreno a través de su estudio Epistolario Emancipador del MEMCh. Catálogo histórico comentado (1935-1949), publicado por una gran iniciativa de la DIBAM y el Archivo Nacional en diciembre de 2017.

Existen, además, otras mujeres importantes en la historia de Chile, que no suelen nombrarse en efemérides como esta, sino que solo circunstancialmente y a raíz de los más diversos temas, pero casi nunca en relación a su aporte a un Chile más justo.

Una de ellas es Margot Duhalde. Luego de su muerte el pasado 5 de febrero del presente año volvió a recordarse su figura. Incluso The Times, de Londres, le dedicó un obituario con una frase para el bronce: “era la primera mujer de Chile en obtener una licencia de piloto y la única que pensó en usarla para volar en la guerra”. Efectivamente, Margot Duhalde debiera ser un ejemplo para aquellas mujeres que hoy en día integran las Fuerzas Armadas, enorgulleciendo especialmente a aquellas de la Fuerza Aérea. La “Chilena”, como le llamaron durante la II Guerra Mundial quienes combatieron junto a ella, se graduó de piloto civil en 1938 con apenas 18 años (Margot Duhalde, Mujer alada. Autobiografía, Fundación Arturo Merino Benítez, 2006). Debemos mencionar que solo en el año 2000, más de seis décadas después de la obtención de su licencia, la Fuerza Área de Chile eliminó la restricción para el ingreso de mujeres a sus filas.

También podemos mencionar a Anita Lizana, nacida en Quinta Normal en 1915. Se destacó por ser la primera mujer latinoamericana en llegar al Nº 1 del tenis internacional. Lo logró en 1937 en el torneo de Forest Hill, hoy llamado US Open. La “Ratita”, como le apodaron por su pequeña estatura, había alcanzado los cuartos de final de Wimbledon el año anterior. Si bien luego de sus grandes triunfos sus apariciones profesionales fueron más bien esporádicas, es digno de destacar el empuje y la perseverancia que mostró para hacerse un espacio en el deporte, tanto nacional como internacional, en un momento donde los rankings de mujeres no existían, y eran únicamente registros de los periodistas deportivos que asistían a los partidos. El ejemplo de la “Senorita” (sin eñe, por la falta de esta letra en inglés) es aquel de una persona que muestra la satisfacción por el trabajo bien hecho, por los méritos logrados únicamente por quienes trabajan y se mueven por ellos.

Finalmente, no puedo dejar de lado a Aída Parada Hernández. Nacida en Linares en 1903, fue la mayor de siete hermanas y dos hermanos. Fue profesora normalista e integró el primer directorio del MEMCh, siendo una de las socias fundadoras del movimiento. La labor de Aída es sumamente relevante de recordar hoy en día: su razón de ser fueron la protección de la madre y la defensa de la niñez. Enfatizó la necesidad de una educación de calidad, puesto que en ella veía el progreso de Chile, tal como señala en uno de sus cuadernos durante sus estudios en la Escuela Normal de Talca (1919-1924), que aún se encuentra inédito. A través de las escuelas experimentales, logró una avanzada propuesta de educación sexual, un tema que, por cierto, debe haber sido escandaloso para su época, pero sin miedo ni vergüenza, lo llevó adelante. En el Chile del siglo XXI donde la infancia ha sido abandonada, Aída Parada Hernández se levanta como un ejemplo para recordarnos la necesidad de crear un Chile más justo para las mujeres, para los niños y jóvenes, para los adultos mayores, y ciertamente también para los hombres, puesto que todos juntos somos la sociedad chilena.

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