Opinión

La “batalla cultural”

Sesión en la Cámara de los Lores. Foto: AP.

Hace una semana, la Cámara de los Lores, símbolo de las célebres tradiciones británicas, validó una ley que permite el aborto hasta el momento mismo del parto (sí, tal cual). El hecho es inédito a nivel global e ilustra a la perfección las tensiones inherentes a este debate. En concreto, los detractores del aborto solemos afirmar que al abrir la puerta a la eliminación directa e intencional del niño o niña que está por nacer —cuyo día se conmemora hoy—, uno sencillamente no sabe dónde termina. El caso inglés muestra que no se trata de una mera “pendiente resbaladiza”, sino de una consecuencia verosímil cuando se desconoce que todo individuo humano, con independencia de su raza, sexo o etapa de desarrollo, es valioso por el solo hecho de ser tal.

Este episodio también confirma la necesidad de reflexionar con real apertura de mente sobre las corrientes subterráneas que subyacen a la llamada “batalla cultural”, y sus posibles derivadas. Por mencionar un ejemplo, distintos intelectuales han empleado la categoría de “neopaganismo” para describir algunas tendencias culturales de las últimas décadas. Y en el caso inglés, que implica avalar de facto el infanticidio, efectivamente resuenan prácticas del mundo precristiano. Pues bien, como explica con agudeza Manfred Svensson en su reciente libro “El lugar de lo sagrado” (IES, 2026), eso no debería dejar indiferente a quien se interesa de modo genuino por la situación de las mujeres. Después de todo, las lógicas imperantes en el mundo antiguo no eran precisamente auspiciosas para ellas.

Todo esto, además, invita a poner paños fríos respecto del persistente intento de cierto establishment en denunciar cualquier iniciativa contraria a sus agendas como “retroceso civilizatorio” (una dinámica que ya observamos en candidatos presidenciales a diestra y siniestra el año pasado). No se requiere demasiada sofisticación para advertir que en las discusiones morales y culturales más álgidas no existe una sola posición en disputa, sino un debate abierto entre diversas visiones de mundo. Luego, algo será considerado avance o retroceso a partir de un determinado criterio. Volviendo al ejemplo británico, para muchos de nosotros es bastante claro que la autorización de asesinar a un niño ad portas de nacer —y que es idéntico a una guagua recién nacida—, es un auténtico regreso a la barbarie.

Aunque lo señalado es bastante obvio —en política no existe la neutralidad y debe argumentarse racionalmente a favor o en contra de tal o cual posición—, en nuestro medio se ha instalado de forma más o menos velada que únicamente ciertos sectores estarían legitimados para avanzar en sus agendas (basta leer a más de un columnista de este diario para notar ese sesgo). Si gobierna Gabriel Boric, puede presentar sin decir agua va un proyecto de ley que busca legalizar el aborto sin causales; si gobierna José Antonio Kast, sería un “retroceso” inaceptable que La Moneda se abstenga —repito: que se abstenga— de suscribir una declaración promovida por algunos círculos LGBT. Vaya tolerancia al disenso.

Nada de esto es trivial. La expresión “batalla cultural” admite al menos dos significados. Uno de ellos reconoce la ineludible disputa entre diferentes cosmovisiones. El otro implica una excesiva hostilidad y antagonismo con los adversarios; la incapacidad de tomarse en serio sus argumentos y de reconocer que quien discrepa tiene algo que decir. Más allá de la retórica, aquí reside el mayor punto ciego del progresismo hoy.

Por Claudio Alvarado Rojas, director ejecutivo del IES.

Más sobre:KastBatalla culturalBoric

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera

Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE