Por Cristina VioLa derrota y el chivo expiatorio
Estados Unidos quedó eliminado del Mundial que organiza junto a México y Canadá tras caer 4-1 ante Bélgica en octavos de final. Era esperable que se discutiera sobre rendimiento. Menos esperable era el ángulo que asomó en parte de la cobertura: los convenios colectivos que la Federación de Fútbol de Estados Unidos firmó con las selecciones femenina y masculina en 2022. No faltaron titulares que señalaran que los jugadores “ganaron 16 millones de dólares en premios, pero tendrán que compartirlos”, junto con comentarios que asociaban el mal rendimiento a esa obligación de repartir, que les dejaría menos recursos para mejorar.
Estos convenios fueron el resultado de la demanda por discriminación salarial que la selección femenina presentó en 2019 y que se resolvió en 2022. El acuerdo igualó el pago por convocatorias y partidos, estableció un reparto equitativo de los ingresos comerciales y, por primera vez en el mundo, creó un fondo común para distribuir los premios de los Mundiales masculino y femenino. También equiparó beneficios, como el acceso a cuidado infantil durante las concentraciones.
Es cierto que buena parte de los recursos fluye desde la selección masculina hacia la femenina, pero eso no lo deciden las jugadoras ni los jugadores: es la FIFA la que entrega premios muy superiores en el Mundial masculino. Y el mecanismo, además, es bidireccional: cuando se dispute el Mundial femenino de 2027, ellas también compartirán sus premios. Son reglas aceptadas por ambas partes.
Cuesta sostener que estos acuerdos hayan perjudicado el rendimiento masculino. La selección femenina de Estados Unidos ha ganado cuatro Copas del Mundo y cinco medallas de oro olímpicas. La masculina no ha tenido un desempeño comparable. Incluso antes de estos convenios, fueron ellas quienes sostuvieron la presencia de Estados Unidos en el fútbol mundial.
Lo que estos convenios reconocen no es el éxito ni el fracaso, sino que ambas selecciones forman parte de un mismo proyecto deportivo, y que los ingresos que ese proyecto genera deben distribuirse bajo reglas comunes. No resulta razonable atacar esas reglas cuando el resultado deportivo no fue el esperado.
Esto no es un fenómeno exclusivo del fútbol. Con frecuencia, cuando las mujeres avanzan, ese avance deja de verse como un reconocimiento a sus méritos y pasa a presentarse como un regalo o como la causa de problemas ajenos. Ocurre con las cuotas, con la corresponsabilidad, con las políticas de conciliación y, ahora, con un convenio colectivo que nació para corregir una discriminación reconocida. La igualdad no explica una derrota deportiva; pero la facilidad con que se le culpe sí dice mucho sobre la resistencia que aún generan más mujeres en todos los espacios.
La igualdad no puede convertirse en blanco cada vez que algo sale mal. Este reflejo de atacar desconoce que los resultados se explican en el juego, no fuera de él, y que las mujeres siguen jugando en una cancha desigual.
Por Cristina Vio, directora ejecutiva de ComunidadMujer
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